Siendo redactor jefe de Avanti inició una aventura amorosa con Ida Dalser, quien tuvo un hijo de él y permitió que viviera a expensas de ella. El Duce la abandonó y posteriormente la hizo encerrar en una institución mental, haciendo gala de su increíble capacidad para la lealtad. Del mismo modo convirtió en querida suya a Margherita Sarfatti, para después hacerla encarcelar según la legislación antijudía. Cabe decir que todas y cada una de sus docenas de amantes eran espantosamente feas, y no cabe duda de que el Duce dio rienda suelta a sus impulsos caritativos asociándose con ellas. La belleza está en los ojos del observador y es posible que el Duce sea astigmático. Habría que apuntar aquí que Leda Rafanelli declinó convertirse en una más de la lista basándose en que él era un loco y un embustero, y fue por esta calumnia que él la sometió después a un acoso policial plenamente justificado y que no tuvo nada que ver con mezquinos motivos emparentados con la venganza.
El Duce fue puliendo su ideología hasta convertirla en una según la cual él estaba completamente de acuerdo con la última persona con la que hablaba, y en 1915 trató de evitar el reclutamiento para la guerra que alternativamente había objetado y apoyado. Su propuesta fue inexplicablemente rechazada por una comisión; él sostuvo que los austriacos habían bombardeado el hospital donde se recuperaba de la metralla con la única intención de eliminarlo a él, puesto que era el hombre más importante de Italia. Para entonces su periódico se financiaba gracias a la publicidad de los fabricantes de armamento, que nada tenía que ver con su súbita conversión a la causa aliada.
El Duce desvió fondos destinados a la aventura del Fiume y los utilizó para su propia campaña electoral. Fue detenido por posesión ilegal de armas, por mandar paquetes bomba al arzobispo de Milán y a su alcalde, y pasados los comicios él fue, como es bien sabido, el responsable del asesinato de Di Vagno y Matteoti. Desde entonces ha sido responsable de los asesinatos de Don Mizzoni Amendola, los hermanos Roselli y el periodista Piero Gobetti, sin contar naturalmente los centenares de víctimas de sus squadristi en Ferrara, Ravena y Trieste, y los miles que han perecido en localidades del extranjero cuya conquista fue inútil y carente de todo sentido. Los italianos le estamos eternamente agradecidos por esto y pensamos que tanta violencia nos ha convertido en una raza superior, del mismo modo que la introducción de revólveres en el Parlamento y la total destrucción de la democracia constitucional han elevado nuestras instituciones a las más altas cotas de civilización.
Desde la toma ilegítima del poder, Italia ha conocido un promedio de cinco actos de violencia política al día, el Duce ha decretado que 1922 es el nuevo Annus Domini, y se ha hecho pasar por católico a fin de persuadir al Santo Padre para que le apoye en su cruzada contra los comunistas, pese a que él mismo lo es. Ha sobornado completamente a la prensa y ha hecho destrozar los locales de las revistas y periódicos disidentes. En 1923 invadió Corfú no se sabe por qué, y fue obligado a replegarse por la Liga de Naciones. En 1924 manipuló las elecciones. Ha oprimido a las minorías del Tirol y del nordeste del país. Mandó a nuestros soldados a participar en la destrucción de Somalia y Libia, manchándose las manos de sangre inocente; ha doblado el número de burócratas al objeto de domar a la burguesía; ha abolido las administraciones locales, obstaculizado el poder judicial y presuntamente interrumpido con mano divina el flujo de lava del monte Etna mediante un simple acto de voluntad. Ha adoptado actitudes napoleónicas mientras permitía la utilización de su imagen para anunciar chocolates Perugina; se ha afeitado la cabeza porque le da vergüenza que se vea que está quedándose calvo; se ha visto obligado a contratar a un tutor que le enseñe modales en la mesa; ha introducido el saludo romano como alternativa más higiénica al apretón de manos; pretende no necesitar gafas; tiene un repertorio de dos únicas expresiones faciales; se sube a un podio oculto cuando pronuncia discursos porque es muy bajo; finge haber estudiado economía con Pareto; ha asumido la infalibilidad y fomentado que la gente vaya con retratos suyos a los desfiles, como si fuera un santo. Desde luego, es un santo.
Él mismo (¿y quiénes somos nosotros para decir lo contrario?) se ha proclamado más grande que Aristóteles, Kant, Aquino, Dante, Miguel Ángel, Washington, Lincoln y Bonaparte, y ha nombrado ministros suyos a un puñado de parásitos, renegados, extorsionistas y funcionarios públicos que, encima, son todos más bajos que él. Le da miedo el mal de ojo y ha abolido la segunda persona del singular como tratamiento. Ha hecho moler a palos a Toscanini por negarse a tocar Giovinezza y ha encargado a varios académicos que demuestren que los grandes inventos del hombre eran italianos y que Shakespeare fue el seudónimo de un poeta italiano. Ha hecho pasar una carretera por el emplazamiento del foro romano, destruyendo quince iglesias antiguas, y ordenado esculpir una estatua de Hércules de ochenta metros de altura, con su propia efigie, que hasta ahora consiste en una parte de la cara y un pie gigantesco, y que no puede ser concluida porque ya se han gastado cien toneladas de metal.
Todo lo que dice en sus discursos está en contradicción con algo que ha dicho en otro discurso, ya que ha sabido observar que los italianos solamente hacemos caso de aquello con lo que estamos de acuerdo. Es así como ha conseguido serlo todo para todos. Ha quemado libros y ha falseado los textos de nuestras escuelas, ha perseguido al filósofo Benedetto Croce, ha nombrado tribunales revolucionarios con potestad para dictar sentencias de muerte y ha convertido islas idílicas en cárceles donde torturar a sus adversarios. Nos ha hecho jurar votos de obediencia a los dieciocho años, para que sólo los hipócritas y los imbéciles recalcitrantes puedan hacer progresos, y ha intentado convertirnos a todos en puritanos diciéndonos que es muy viril negar la sonrisa excepto para expresar sarcasmo absoluto.
Ha invadido las islas del Dodecaneso, tachando incluso las lápidas de los griegos, ha inaugurado en Parma una escuela donde se enseña terrorismo a croatas y macedonios, ha subvertido la Liga de Naciones infiltrándose en sus principales cargos, ha obstruido las negociaciones de paz entre Albania y Yugoslavia, ha rearmado a Alemania, Bélgica y Austria, dejando que su propio ejército libre batallas escandalosamente injustificadas sin armas, y sin embargo ha firmado el pacto de Kellogg que prohíbe el uso de la fuerza como instrumento de política exterior.
Este Promiscuo Sifilítico ha convertido el contagio de la sífilis en un delito merecedor de cárcel, este Padre de Innumerables Bastardos Enanos ha declarado ilegal la anticoncepción, este Campesino Malhablado ha prohibido blasfemar y ha reglamentado el baile y el consumo de alcohol en un intento de hacernos más formales. Ha dispuesto por ley que las mujeres sean como gallinas de criadero, ha suprimido la libertad de culto, ha hecho que todos los pronombres referidos a Él sean escritos con mayúscula y que la palabra Duce aparezca en los periódicos impresa en letra versal, ha levantado campos de concentración en Libia y en un momento u otro ha decidido invadir Francia, Yugoslavia, la Somalia francesa, Etiopía, Tunicia, Córcega, España y Grecia. El Duce ha dicho: «Mejor un día como león que cien años como oveja», y en consecuencia se ha convertido en león de cartón piedra y nosotros, los italianos, en ovejas que le seguimos al matadero diciéndonos unos a otros que también somos leones. Él ha dicho: «Cuantos más enemigos, mayor es el honor», de ahí que nos hayamos creado enemigos de la nada y hayamos tenido que combatirlos con los pies descalzos y subidos en carros blindados con cañones de madera.