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Una voz magnífica retumbó a su espalda y el capitán Corelli, absorto en la lectura del panfleto, se quedó paralizado del susto.

– «Aquellos que buscan mi alma para destruirla irán a parar a lo más bajo de la tierra, morirán a espada, serán pasto de los zorros, Dios les disparará una flecha y de pronto estarán heridos.»

Corelli dio un salto y se vio frente a frente con la barba patriarcal del padre Arsenios, que le miraba con ojos llameantes desde la tapia, pues últimamente acostumbraba a sobresaltar a confiados soldados italianos mediante atronadoras improvisaciones sobre textos bíblicos en griego. Los dos hombres se miraron, Corelli con una mano en el corazón y Arsenios blandiendo su báculo de andar por casa.

– Kalispera, patir -dijo Corelli, que iba mejorando en etiqueta griega.

Arsenios escupió al suelo y declaró:

– «Tú los convertirás en un horno al rojo cuando llegue la hora de tu cólera, tú te los tragarás enteros en la hora de tu ira, y el fuego los devorará. Harás desaparecer sus frutos de la faz de la tierra, y su semilla de entre los hijos de los hombres, pues han ideado un pernicioso plan que son incapaces de llevar a cabo.»

El cura puso los ojos en blanco como un profeta, y para apaciguarlo Corelli dijo: «Cierto, cierto», pese a no haber entendido una sola palabra. Arsenios volvió a escupir, restregó la saliva contra el suelo y señaló al capitán para indicar que lo mismo le pasaría a él. «Cierto», repitió Corelli sonriendo educadamente, a lo que Arsenios respondió alejándose de un modo que pretendía transmitir repugnancia y certeza absoluta.

El capitán volvió a su lectura del panfleto, pero se vio interrumpido por el doctor y Pelagia que regresaban de una expedición médica, y por Carlo Guercio que llegaba en su jeep. Corelli ocultó rápidamente el documento en su guerrera, pero no pudo evitar que el doctor lo advirtiera.

– Ah -dijo el doctor-, veo que usted también tiene una copia. Gracioso, ¿no?

– Me cago en la guerra -dijo alegremente Carlo al entrar por la puerta del patio con su saludo habitual. Dio con la frente en una rama baja del olivo en que Mandras solía columpiarse y por un momento se quedó aturdido. Luego sonrió como un bobo-: Siempre me pasa lo mismo. A estas alturas ya debería saber dónde está la rama.

– Si no fuera usted tan alto… -apuntó el doctor-. Eso demuestra falta de previsión y sentido común. En Francia hubo un rey que murió de algo parecido.

– Creo que de momento estoy vivo -dijo Carlo, tocándose el incipiente chichón con el dedo índice-. ¿Han visto el panfleto?

Corelli le fulminó con la mirada, pero Pelagia repuso:

– Dicen que han aparecido esta noche en toda la isla.

– De hecho el capitán trata de esconder uno en estos momentos -dijo el doctor con júbilo.

– Propaganda británica -dijo el capitán, fingiendo un olímpico desinterés.

– Anoche no se oyó ningún avión -intervino Carlo-. Cuando vienen todo empieza a temblar, pero ayer no oímos nada de nada.

– Entonces no han sido los británicos -dijo alegremente el doctor-. Yo creo que aquí hay alguien que tiene acceso a una imprenta y cuenta además con un excelente servicio a domicilio. -Vio que Carlo se sonrojaba y le miraba enfadado y comprendió que era mejor no hablar-. Como usted dice, pura propaganda británica -agregó sin convicción, encogiéndose de hombros.

– Ha de ser alguien que sabe mucho -dijo Pelagia-, porque todo lo que pone es verdad.

Corelli enrojeció de ira y se levantó bruscamente. Ella temió por un momento que fuera a pegarle. Corelli extrajo el panfleto de su chaqueta y con gesto dramático lo rompió en dos y arrojó los papeles a la cabra.

– No es más que un montón de mierda -afirmó, y entró a grandes zancadas en la casa.

Los otros tres intercambiaron miradas, y Carlo hizo una mueca expresando miedo de mentirijillas. Luego se puso muy serio y dijo a Pelagia:

– Disculpe usted al capitán, y no le cuente que se lo he dicho yo, pero debe comprender su situación… al fin y al cabo, es un oficial.

– Lo comprendo, Carlo. No admitiría que es verdad aunque lo hubiera escrito él mismo. ¿Cree usted que puede haberlo escrito un griego?

– Qué estupidez -dijo el doctor, ceñudo.

– Bueno, yo pensaba…

– ¿Cuántos griegos podrían saber todas esas cosas, cuántos hay aquí que sepan escribir en italiano y cuántos que dispongan de transporte para repartir panfletos por toda la isla? No digas disparates.

Pero Pelagia siguió en sus trece:

– Muchas erres estaban escritas como pes, un típico error griego; puede que un italiano le pasara toda la información a un griego, puede que los imprimieran entre los dos, y luego puede que el italiano los repartiera con una motocicleta o algo así. -Sonrió triunfante y levantó las manos para indicar cuán simple era-. Además, todo el mundo sabe que la gente escucha la BBC.

Estando Carlo allí, Pelagia juzgó poco prudente mencionar que los hombres del pueblo escuchaban esa emisora, fumando como posesos en un armario grande allá en la kapheneia, de donde salían tosiendo y farfullando para llevar las noticias a sus respectivas esposas, quienes a su vez las transmitían a otras mujeres en el pozo o en las cocinas. No podía saber que los soldados italianos hacían otro tanto en sus barracones y demás alojamientos, lo que habría explicado por qué en la isla todo el mundo sabía los mismos chistes sobre Mussolini.

Carlo y el doctor Iannis se miraron, temiendo que si Pelagia no lo descubría, tal vez otro sí.

– No te pases de lista -dijo el doctor-, o te saldrán los sesos por las orejas. -Era una frase que le decía de niña.

Pelagia advirtió la intranquilidad de los dos, recordó que antes de la guerra el partido comunista había regalado a Kokolios una pequeña impresora manual -para fabricar propaganda del partido- y recordó que Carlo tenía acceso a un jeep. Meneó la cabeza como para desechar aquellas conjeturas y entonces se le ocurrió preguntarse dónde habrían conseguido los tipos de letra para la composición. Su momentánea sensación de alivio se desvaneció al recordar que su padre tenía un convenio con el hipocondríaco oficial de intendencia, el de los callos incurables. Miró primero a Carlo y luego a su padre y notó que la ira le atenazaba la garganta; si habían sido ellos, y era una conspiración, entonces ¿cuántas estupideces más serían capaces de hacer? ¿Es que no tenían conciencia del peligro?

– Lo malo de los hombres… -empezó, y entró en la casa detrás del capitán sin completar la frase. Echó a Psipsina de la mesa de la cocina, como si hacerle mimos al animal pudiera haber templado su sentido del peligro.

Carlo y el doctor levantaron las manos para dejarlas caer otra vez, unidos en un momento de cohibido y elocuente silencio.

– Debería haberla criado tonta -dijo al fin el doctor-. Cuando la mujer adquiere el poder de la deducción, no sabe uno cómo pueden acabar las cosas.

38. EL ORIGEN DE LA MARCHA DE PELAGIA

Un día, el capitán Corelli decidió no trabajar porque su cabeza parecía vibrar con un seísmo. Tumbado en la cama de Pelagia, intentaba no abrir los ojos ni moverse; el menor rayo de luz le taladraba el cerebro como un puñetazo en el ojo, y cuando se movió tuvo la certeza de que el cerebelo se le había aflojado y se bamboleaba dentro de su cráneo. Tenía la garganta seca y correosa como el cuero, y no le cabía duda de que alguien la había utilizado para asentar navajas de afeitar. De vez en cuando le subía por el esófago una oleada de náuseas cuyos rizos se dirigían por igual hacia sus labios y hacia su estómago, y luchó con asco por reprimir los amargos torrentes de bilis que parecían decididos a buscar salida al exterior y decorarle la pechera. «Dios -gimió-. Oh, Dios, piedad.»

Abrió los ojos y procuró mantenerlos abiertos con ayuda de los dedos. Muy lentamente, como para que su cerebro no sufriera demasiado, miró en derredor y tuvo una inquietante alucinación. Parpadeó; sí, su uniforme estaba en el suelo y se movía solo. Comprobó medio atontado que su movimiento era independiente del movimiento circular de la habitación, y volvió a cerrar los ojos. Del interior de la guerrera surgió Psipsina, que saltó sobre la mesa a fin de ovillarse dentro de su gorra, su lugar de descanso favorito desde que había descubierto el placer del contorsionismo; se metió dentro, sobresaliendo de ella en una maraña de bigotes, orejas, cola y patas, y se durmió allí porque la gorra le recordaba regalos de salami y pieles de pollo. El capitán abrió los ojos, vio que su arrugado uniforme no estaba girando en armonía con el resto del mundo y se tranquilizó pensando que ya estaba mejor, hasta que un percusionista loco y metafísico se puso a tocar el timbal en sus sienes. Torció el gesto y se apretó los lados de la cabeza con la palma de las manos. Notó ganas de vaciar la vejiga, pero admitió con resignación que iba a ser una de esas veces en que necesitaría un punto de apoyo, en que se balancearía de mala manera, sería incapaz de ejecutar una emisión voluntaria y al final se encontraría inexplicablemente meándose encima a la vez que cayendo de bruces. Se sintió abrumado por la idea de la muerte y se preguntó si no sería preferible morir que sufrir. «Me quiero morir», gimió, como si al articular la idea ésta adquiriese mayor precisión y fuerza dramática.