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– ¡Oh, no! -exclamó-. Eso no. -Inclinó la cabeza hasta el suelo y gimió lastimeramente-: Piedad. Pégueme un tiro, flagéleme, pero no diga que me retirará la palabra. -Aferrado a las rodillas de ella, fingió echarse a llorar.

– Todo el pueblo nos mira -protestó Pelagia-. Basta ya. Es usted un incordio, déjeme en paz.

– Me destroza el corazón -gimoteó él, agarrándole una mano y empezando a cubrirla de besos.

– Está como una cabra.

– Lo que estoy es ardiendo, destrozado, acongojado, mis ojos chorrean de lágrimas. -Se echó hacia atrás y con los dedos ilustró poéticamente la extraordinaria cascada de lágrimas invisibles que trataba de hacerle imaginar a ella-. No se ría de mí -prosiguió, ensayando una nueva línea de acción-. Oh, luz de mis ojos, no se burle del pobre Antonio en su aflicción.

– ¿Borracho otra vez?

– Borracho de pena, sí, borracho de angustia. Hábleme.

– ¿Su batería ha ganado otro partido?

Corelli se puso en pie de un salto y extendió los brazos con cara de satisfacción:

– Sí. Ganamos a la compañía de Günter por cuatro goles a uno, y lesionamos a tres de ellos, y luego llega usted y me da un beso. Un día de gloria para Italia.

– Ha sido un error.

– Un significativo error.

– Un error insignificante. Lo siento mucho.

– Entre -dijo él-, he de enseñarle algo muy interesante.

Aliviada por el súbito cambio de tema, Pelagia entró detrás de él, pero al momento vio que volvía a salir. Él le cogió la cabeza con las dos manos, la besó ostentosa y persistentemente en la frente, exclamó «Mi scusi, creí que era el doctor, no se haga ilusiones» y luego ganó la calle huyendo a la carrera. Ella se llevó las manos a las caderas y lo miró asombrada, mientras meneaba la cabeza y se esforzaba por no reír o sonreír.

41. CARACOLES

El doctor echó un vistazo por la ventana y vio al capitán Corelli acercándose furtivamente a Lemoni para darle una sorpresa. En ese mismo instante Psipsina saltó sobre la página que estaba escribiendo acerca de la ocupación francesa, y esta combinación de circunstancias le inspiró una idea fantástica. Dejó la pipa y la pluma sobre la mesa y se aventuró a salir al sol incandescente de primera hora de la tarde.

– ¡Fischio! -exclamó el capitán, y Lemoni lanzó un chillido.

– Perdonadme, niños -dijo el doctor.

– Ah -dijo Corelli, irguiéndose dócilmente-, kalispera, iatre. Es que estaba…

– ¿Jugando? -El doctor miró a la pequeña-. Koritsimou, ¿recuerdas que cuando encontraste a Psipsina era muy pequeña y estaba colgando de una cerca? ¿Y que viniste a buscarme para que la salvara?

Lemoni asintió con la cabeza y el doctor le preguntó:

– ¿Todavía hay tantos caracoles?

– Sí -dijo ella-. Muchos. Y grandes. -Señaló a Corelli-. Más grandes que él.

– ¿Cuándo es el mejor momento para encontrar caracoles?

– Pronto y tarde.

– Ah, ya. ¿Por qué no vienes esta tarde y me enseñas otra vez donde están?

– Mejor por la noche.

– De noche no podemos salir. Hay toque de queda.

– Pues antes -concedió ella.

– ¿De qué hablaban? -preguntó el capitán cuando Lemoni se hubo marchado.

– Gracias a ustedes casi no hay comida -dijo el doctor, muy envarado-. Esta tarde iremos a buscar caracoles.

El capitán se picó:

– Son los británicos quienes han ordenado el bloqueo. Se les ha ocurrido que la mejor manera de ayudarles es matándolos de hambre. Usted sabe muy bien que he hecho todo lo posible por colaborar.

– Sus préstamos a expensas del ejército son muy bien recibidos, pero es una pena que la situación se agrave por momentos. Necesitamos proteínas. Ya ve usted a qué situación hemos llegado.

– En Italia los caracoles son un lujo para ricos.

– Pues aquí son una lamentable necesidad.

El capitán se enjugó el sudor de la frente y dijo:

– Permítame que venga a echarles una mano.

Así pues, al caer la tarde, una hora antes de ponerse el sol y poco después de que el día empezara a refrescar, Pelagia, su padre, Lemoni y el capitán se vieron metidos en aquella imposible maraña de zarzas y de veredas de animales tras haber trepado a la tapia medio desmoronada y cruzado bajo las ramas de vetustos y abandonados olivos.

El doctor reptaba detrás de Lemoni, la cual se detuvo de pronto, le miró y dijo con tono de reproche:

– Usted me dijo que si le pillaban buscando caracoles, le llevarían a no sé dónde y le encerrarían.

– Al Pireo -dijo el doctor-. Dije que me llevarían al Pireo. Además, hoy día estamos todos como encerrados.

Pese a la luz empañada empezaron a ver que en el envés de las hojas inferiores había una legión de obesos caracoles en dura competencia por el diseño más abigarrado. Los había leonados con marcas casi invisibles, los había de color claro con espiras rayadas, los había de color ocre y amarillo limón, y también con puntitos negros y lunares encarnados. En las ramas superiores meneaban la cabeza los mosquiteros sicilianos que revoloteaban oyendo los clacs y poings de los caracoles al caer en los cubos.

La niña y los tres adultos estaban tan absortos en la recogida que no se dieron cuenta de que se estaban separando. El doctor y Lemoni desaparecieron por un frondoso túnel, y el capitán y Pelagia por otro. En cierto momento el capitán advirtió que estaba solo y se detuvo un instante a reflexionar sobre el curioso hecho de que no recordaba haber estado nunca tan contento. Se lamentó por el estado de sus rodilleras y miró pestañeando al sol cada vez más rojo, cuya luz iba perdiendo fuerza entre el follaje. Respiró hondo y suspiró, relajando el peso sobre sus talones. Empujó con un dedo a un caracol que intentaba salirse del cubo. «Eres muy malo», dijo, y se alegró de que no hubiera nadie cerca oyéndole decir tonterías. A lo lejos sonó el chasquido de un arma antiaérea; el capitán se encogió de hombros, no sería nada importante.

– Ay, oh no -exclamó una voz a poca distancia, una voz que no podía ser más que la de Pelagia-. Vaya, válgame Dios.

Horrorizado, pensando que la metralla la había alcanzado, el capitán retrocedió a gatas por su túnel hacia el sitio del que procedían las exclamaciones.

Encontró a Pelagia aparentemente paralizada en una incómoda postura con el cuello torcido hacia atrás. Estaba a cuatro patas, un hilillo de sangre le goteaba en diagonal mejilla abajo, y se le notaba un estado de irritación extrema.

– Che succede? -preguntó él, arrastrándose hacia ella-. Che succede?

– Me he enganchado el pelo -contestó ella indignada-. Me he arañado la cara con una zarza, casi me tuerzo la cabeza, me he pillado el pelo en estos pinchos y no puedo soltarme. Y no se ría.

– Si no me río… -repuso él, riendo-. Tenía miedo de que la hubieran herido.

– Estoy herida. Me escuece la mejilla.

Corelli sacó un pañuelo de su bolsillo y le limpió el arañazo. Le enseñó la sangre y dijo en voz baja:

– Lo guardaré como oro en paño.

– Si no me libera de aquí, le mato. Y haga el favor de no reírse.

– Si no la libero, no podrá darme alcance ni matarme… Estése quieta.

El capitán tuvo que pasar las manos por encima de los hombros de ella y mirar detrás de su oreja para ver cómo lo hacía. Ella se encontró con la cara pegada al pecho del capitán, y aprovechó para aspirar el polvoriento aroma de su áspero uniforme.

– Me está aplastando la nariz -protestó.

Corelli olisqueó con cara de aprobación; Pelagia siempre olía a romero. Era un perfume joven, fresco, que le recordaba la comida de un día de fiesta en su casa.

– A lo mejor tendré que cortárselos -dijo, tirando inútilmente de los negros mechones enredados en la zarza.

– Uy, ay, deje de dar tirones, tenga cuidado. Y nada de cortar.