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– Su situación es realmente vulnerable -señaló él-, así que intente aparentar agradecimiento. -Empezó a estirar mechones, uno por uno, procurando no hacerle daño. Empezaban a dolerle los brazos de tenerlos tan estirados y en posición horizontal, y apoyó los codos en sus hombros-. Lo conseguí -dijo, satisfecho, y empezó a retroceder.

Ella agitó la cabeza, más tranquila, y cuando los labios del capitán pasaban a la altura de su mejilla, él la besó dulcemente junto a la oreja, donde había una suave y casi invisible pelusa.

Pelagia se tocó con la punta de los dedos el lugar donde la había besado y le dijo con tono de reproche:

– No debió hacerlo.

Él se sentó sobre los talones y le sostuvo la mirada:

– No pude evitarlo.

– Eso ha sido abusar.

– Lo siento. -Se miraron un buen rato el uno al otro y luego, por alguna razón que ni siquiera ella pudo comprender, Pelagia se echó a llorar.

– ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? -preguntó Corelli, ceñuda la cara de consternación. Las lágrimas de Pelagia resbalaban por sus mejillas yendo a parar al cubo, entre los caracoles-. Me los va a ahogar -dijo él, señalando al cubo-. ¿Qué pasa?

Pelagia sonrió lastimosamente y empezó a llorar otra vez. El capitán la tomó en sus brazos y le palmeó la espalda. Ella notó que la nariz le empezaba a moquear y se inquietó pensando que podía mancharle la charretera del uniforme. Sorbió fuerte a fin de excluir esta eventualidad y de pronto, le espetó:

– No puedo soportarlo más. Lo siento.

– Es verdad. Todo esto es una mierda -concedió el capitán, preguntándose si también él sucumbiría a la tentación de llorar.

Tomó dulcemente entre sus manos la cabeza de Pelagia y le rozó las lágrimas con sus labios. Ella le miró con curiosidad, y de repente se vieron los dos bajo los zarzales, en la puesta del sol, flanqueados por dos cubos de caracoles en fuga, con las rodillas arañadas y sucias e infinitamente fundidos en su primer beso antipatriótico y clandestino. Hambrientos y desesperados, ahítos de luz, no podían separarse el uno del otro, y cuando por fin regresaron a casa, al anochecer, la suma de sus respectivos botines no consiguió alcanzar, para su vergüenza, la cuota alcanzada por Lemoni con el suyo propio.

42. CUÁN PARECIDA A UNA MUJER ES UNA MANDOLINA

Cuán parecida a una mujer es una mandolina, qué elegancia y qué hermosura. Por las noches, cuando los perros aúllan y los grillos chirrían y la enorme luna cuelga sobre las colinas y los reflectores de Argostolion buscan falsas alarmas, yo tomo a mi dulce Antonia. Saco el polvo a las cuerdas con mucho cuidado y le digo «¿Cómo puedes ser de madera?», igual que cuando veo a Pelagia y en silencio le pregunto «¿Eres realmente de carne y hueso? ¿No hay ahí algún fuego, un rastro de ángeles, un algo que nada tiene que ver con la sangre?». Capto su mirada al pasar, esos ojos tan sinceros e inquisitivos, que me miran también. Vuelve la cabeza, esboza una sonrisa pícara y cómplice y se va. La veo ir en busca de agua y luego volver con una jarra al hombro, cual cariátide viviente, y al pasar se permite salpicarme las charreteras. Se disculpa entre risas, y yo le digo «Son cosas que pasan», y ella sabe que yo sé que no ha sido una casualidad. Lo ha hecho porque soy un soldado italiano, porque soy el enemigo, porque es ocurrente, porque le gustan las bromas, porque es un acto de resistencia, porque le gusto, porque es una forma de contacto, porque somos hermano y hermana antes que ella griega y yo invasor. Sus muñecas me recuerdan ahora el esbelto mástil de las mandolinas, y su mano se ensancha desde la muñeca como la pala del clavijero, y el sitio donde el talón aumenta para unirse a la caja de resonancia da el mismo perfil que la línea de su cuello y su barbilla y resplandece con el suave lustre de pino y juventud.

De noche sueño con Pelagia. Pelagia se acerca desnuda y yo compruebo que sus pechos son como el fondo de las mandolinas que construyen en Napoli. Los tomo en mis manos, son fríos como la madera y tibios como carne tierna de madre, y al darse ella la vuelta cada nalga es una melodiosa mandolina piriforme que se dilata en segmentos ahusados, decorados con nácar y astillas de marfil. Yo estoy confuso porque me siento atrapado entre buscar las cuerdas y el dolor del hambre de sexo, y me despierto mojado en mi propia lujuria, agarrado a Antonia, sudando y pinchado por los extremos de las cuerdas. Dejo a Antonia a un lado y digo «Oh, Pelagia», y sigo un rato tumbado y pensando en ella forzándome a dormir porque así se hará de día más deprisa y veré a la verdadera Pelagia.

Pienso en ella en términos de acordes. Antonia tiene tres acordes que conviven en los tres primeros trastes, do, re y sol, y para cada uno de ellos se requiere pisar dos cuerdas diferentes. Toco un sol, lo traslado un espacio y lo convierto en un do; su sonido permanece en la secuela del otro como soprano y contralto en el mismo tono en una canción toscana. Toco el acorde re, girando la mano, dejando al aire las dos cuerdas de en medio, y armoniza con los otros dos acordes, pero es triste e incompleto, algo así como una virgen insatisfecha. Me implora «Llévame a donde pueda encontrar la paz», y yo regreso al sol completando el ciclo, y me siento como el propio Dios que creó a una mujer y comprobó que su mundo se perfeccionaba con un toque definitivo y totalizador.

Pelagia comparte estos sencillos y alegres acordes. Juega con un gato, se ríe, y es un sol. Levanta una ceja cuando me pilla observando y finge regañarme por el delito de admirarla, y es un do. Me pregunta «¿No tienes nada mejor que hacer?», y es como un re, que exige resolución. Yo digo «El Duce y yo nos vamos a conquistar Serbia», y ella se ríe para que todo vuelva a su sitio. Echa la cabeza hacia atrás y ríe, sus blancos dientes centellean, y ella sabe que es hermosa y que así lo creo yo. Me vienen a la memoria unas casas encaladas de blanco cegador en una lejana colina en Candia. Ella está alegre y ufana, todo ha completado su ciclo. Ha regresado al sol. Yo mismo me río; somos dos octavas distintas, pero reímos juntos en la misma octava, bandola y mandolina, y a lo lejos un cañón le ruge a un imaginario avión británico, hay un traqueteo espurio de ametralladoras y, ¡mirad!, ésos son nuestros timpani.

Pelagia oye los cañones y frunce el entrecejo. Somos felices en este balcón a la sombra de la buganvilla visitada por las abejas, pero ahora es la guerra; la guerra ha vuelto y Pelagia arruga la frente y se pone ceñuda. Tengo ganas de decir: «Lo siento Pelagia, no fue idea mía, no fui yo quien robó Jonia. No se me ocurrió a mí llevarme vuestras cabras y producir combustible quemando los olivos. Yo no soy un parásito nato.» Pero no puedo decir esas cosas, como ella sabe. Y Pelagia comprende por qué no puedo decir las, pero sigue culpándome por falta de voluntad. Me ha oído hablar de la nueva pax romana, la reorganización del antiguo imperio que trajo el orden y la paz para todos, el más largo período de civilización conocido por el hombre, y ella frunce el entrecejo.

Cuando Pelagia frunce el entrecejo al oír los cañones es como un acorde de mi menor séptima con la quinta disminuida; si se toca fuerte suena marcial y hosco, un acorde para guerrilleros y partisanos. Pero si se la acaricia es un acorde de infinita y anhelante melancolía. Pelagia está triste, yo toco un acorde de re menor. Ella me mira y dice:

– Así es como me siento ahora. ¿Cómo lo has sabido?

Y a mí me habría gustado decirle: «Pelagia, te quiero», pero en cambio digo:

– Porque estás pensativa y como a la espera.

– ¿A la espera de qué? -pregunta.

– Dímelo tú, Pelagia -replico, pero sé que nunca me dirá que está esperando un mundo nuevo donde una griega pueda amar a un italiano y no darle mayor importancia.

»Estoy componiendo una marcha para ti -digo-. Escucha. -Y toco re menor, uno dos, y luego do mayor, uno dos, y otra vez re menor, uno dos… y le digo: