Un grito entusiasta, «Barba C'relli, Barba C'relli», interrumpió sus dilemas prácticos y éticos; Pelagia sonrió al reconocer la voz de Lemoni en un estado de extrema excitación. A la chiquilla le había dado por llamar «Viejo» al capitán y por ir a contarle cada tarde en un griego infantil y jadeante los acontecimientos del día. «Barba» Corelli escuchaba pacientemente sin comprender una palabra y luego le palmeaba la cabeza, la llamaba «koritsimou» y empezaba a lanzarla por los aires. Pelagia no entendía qué placer podían encontrar en todo aquello, pero ciertas cosas no tienen explicación, y los penetrantes chillidos de alegría de Lemoni eran un testimonio decisivo de lo improbable. Contenta de distraerse un rato, Pelagia salió al patio.
– He visto una gran pelota oxidada y con pinchos -informó Lemoni al capitán-, y me he subido encima.
– Dice que ha visto una gran pelota oxidada con pinchos y que se ha subido encima -tradujo Pelagia.
Carlo y Corelli intercambiaron miradas y palidecieron.
– Ha encontrado una mina -dijo Carlo.
– Pregúntale -pidió Corelli a Pelagia- si ha sido en la playa.
– ¿Ha sido en la playa?
– Sí, sí, sí -exclamó alegremente la chiquilla, y añadió-: Y he subido encima.
Corelli sabía suficiente griego para reconocer la palabra «sí». Entonces se levantó y, con la misma brusquedad, se volvió a sentar.
– Puttana -exclamó, cogiendo a Lemoni en brazos y estrechándola contra su pecho-, podía haber muerto.
Carlo fue más realista:
– Debería haber muerto. Ha sido un milagro. -Puso los ojos en blanco y añadió-: Porco Dio.
– Puttana, puttana, puttana -coreó Lemoni sin venir al caso, ahogada su voz en el pecho del capitán.
Pelagia dio un respingo.
– Antonio, ¿cuántas veces he de recordarte que no digas palabrotas delante de la niña? ¿Qué crees que dirá su padre cuando llegue a su casa hablando tan mal?
Corelli la miró fingiendo arrepentimiento y luego sonrió:
– Probablemente dirá «¿Qué figlio di puttana ha enseñado a mi hijita a decir puttana?».
Nadie en todo el pueblo fue capaz de resistir la tentación de sumarse a la procesión de curiosos que descendió serpenteando por los riscos hasta la playa. Cuando la vieron señalaron con el dedo, gritando «Ahí está, ahí está la mina», y desde luego que estaba, posada con un engañoso aire de oportunidad e inocencia al borde mismo de un mar azul pavo real. Era una esfera alta como un hombre, una esfera un poco más regordeta que alta, tachonada de púas romas que le daban un aspecto de erizo de mar cuyas púas acabaran de tener un encuentro con un barbero militar.
La gente se congregó en torno a la mina manteniendo las distancias, y el capitán y Carlo se acercaron para inspeccionarla.
– ¿Cuánto explosivo diría usted? -preguntó Carlo.
– Vete a saber -respondió el capitán-. El suficiente para levantar a un acorazado del agua. Habrá que acordonar la zona y explosionarla.
– Estupendo -exclamó Carlo, quien, pese a los horrores vividos en Albania, era un verdadero amante de las explosiones y no había perdido el placer adolescente por la destrucción inofensiva.
– Vuelve a la base y trae un poco de dinamita, cable para conectar el detonador y un deflagrador de ésos. Yo me quedo aquí organizando a los lugareños.
– Es turca -dijo Carlo, señalando los arremolinados caracteres apenas visibles todavía entre las escamas y los hoyos de la herrumbre-. Debe de haber estado flotando a la deriva durante veinte años al menos, desde la Gran Guerra.
– Merda, es increíble -dijo Corelli-. Una verdadera rareza. Confío en que a estas alturas el explosivo se habrá podrido.
– O sea que nos quedamos sin fuegos artificiales -dijo tristemente Carlo.
– No, si consigues dinamita suficiente, testa d'asino.
– Capto la indirecta -dijo Carlo, y echó a andar por la playa en dirección al pueblo.
Corelli se volvió hacia Pelagia, que seguía mirando con curiosidad aquel inmenso y vetusto artefacto bélico.
– Dile a Lemoni que si alguna vez donde sea, encuentra algo de metal y no sabe qué es, que no lo toque, ni rozarlo siquiera y que corra a contármelo. Y que se lo diga a los demás niños.
Corelli le pidió a Pelagia que tradujera sus palabras e indicó por señas a la gente que formasen corro.
– Primero de todo -les dijo-, vamos a hacer explotar este artefacto. Es posible que la explosión sea realmente grande, así que cuando llegue el momento quiero que todos suban a lo alto del risco para mirar desde allí, de lo contrario podría haber una masacre accidental. Mientras esperamos que llegue la dinamita, necesito unos cuantos hombres fuertes con palas para hacer una trinchera a cincuenta metros de esa cosa, allá, donde yo pueda estar a salvo mientras hago detonar la mina. Ha de tener más o menos las medidas de una tumba. ¿Algún voluntario? -Los miró de uno en uno, pero todos apartaban la vista. No estaba bien ayudar a un italiano y, aunque todos tenían ganas de ver la explosión, ser el primero en ofrecerse voluntario habría significado cubrirse de oprobio. Corelli percibió la belicosidad de aquellos rostros y se sonrojó-. Habrá un pollo para que os lo repartáis -anunció esperanzado.
Kokolios levantó dos dedos y dijo:
– Que sean dos pollos.
Corelli mostró su conformidad y Kokolios dijo:
– Lo haremos Stamatis y yo y queremos dos pollos por cabeza.
Pelagia tradujo el mensaje. El capitán hizo una mueca:
– ¿Por cabeza? -Exasperado, puso los ojos en blanco y murmuró por lo bajo-: Rompiscatole.
Y así fue como Kokolios y Stamatis, monárquico uno y comunista el otro pero al fin y al cabo viejos amigos, unidos por el hambre y la agudeza en los negocios, se fueron a sus casas y volvieron con sendas palas. En el sitio indicado por el capitán empezaron a cavar un agujero rectangular y fueron acumulando la arena del lado de la mina para formar un baluarte. Cuando el hoyo no tenía más de un metro y medio de hondo empezó a llenarse de agua, y el capitán miró aquel lodo ocre con cierto desánimo condenatorio.
– Se está llenando de agua -le comentó innecesariamente a Pelagia, que estaba allí de pie como los demás, contemplando cómo trabajaban los dos viejos. Pelagia le miró y le dijo riendo:
– Todo el mundo sabe que si haces un agujero en una playa se llena de agua.
Corelli frunció el ceño y empezó a dudar de la viabilidad de la idea, lo cual no hizo sino reafirmarlo en llevarla a cabo.
Llegó Carlo, no sólo con la dinamita y demás material sino con un camión lleno de soldados, todos fuertemente armados y prodigiosamente ansiosos de presenciar el espectáculo prometido. Corelli se enfadó:
– ¿Por qué no se lo has dicho también a Hitler e invitamos a todo el ejército alemán?
Desolado pero contumaz, Carlo repuso:
– Me han hecho traer a todos éstos porque va contra las normas transportar explosivos sin escolta. La culpa es de los partisanos, no mía.
– ¿Partisanos? ¿Qué partisanos? ¿Esos bandidos que saquean los pueblos cuando volvemos la espalda? No me hagas reír.
– Este agujero no está en su sitio -les interrumpió un tipo menudo con uniforme de ingenieros.
– ¡El agujero está donde a mí me da la gana! -gritó el capitán, cada vez más enfadado ante la perspectiva de que su travesura recreativa se le escapara de las manos.
– Está demasiado cerca -insistió el zapador-, la onda expansiva pasará por encima del agujero y le chupará los ojos y el cerebro, y entonces tendremos que sacarle del hoyo, a menos que su última voluntad sea descansar allí en paz.