Carlo le miró fijamente con ojos de infinita tristeza y empezó a cantar en voz baja un Ave María. No era la versión de Schubert ni la de Gounod, sino algo que brotaba paulatinamente de su alma, y era bello porque sonaba sereno y lírico. Los hombres abandonaron sus plegarias y escucharon. Algunos reconocieron notas de una nana que recordaban de la infancia, y otros oyeron retazos de una canción de amor. Carlo repitió dos veces «Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte», calló y se enjugó los ojos con la manga. Uno de los tenores de La Scala se puso a cantar el coro «a boca chiusa» de Madama Butterfly, y otros al punto se lo sumaron o abandonaron, según estuviera el nudo de sus gargantas. Aquella melodía tenía algo apaciguador y apropiado; era una música para hombres extenuados, para hombres sucios y harapientos a las puertas de la muerte, para hombres demasiado oprimidos por la desgracia como para mirar incluso las caras de unos camaradas a los que en breve iban a perder para siempre. Era sencillo tararear mientras uno pensaba en su madre, en su pueblo, en su adolescencia entre viñedos y campos, en el abrazo de un padre, en el primer beso de una novia, en la boda de una hermana. Era sencillo balancearse casi imperceptiblemente al son de aquella melodía y contemplar la isla, escenario de tantas noches de borrachera, tantos partidos de fútbol y tantas chicas. Era más sencillo canturrear que meditar sobre la muerte; así tenían el corazón ocupado.
Cuando el camión llegó a las paredes rosadas del burdel, a Günter Weber empezaron a fallarle las rodillas. Antes casi de que llegara, pareció que él ya sabía que el destino le había elegido para asesinar a sus amigos.
No se esperaba que llegaran cantando, tarareando precisamente la tonada que él y La Scala habían cantado juntos por la noche en casa del doctor, cuando estaban demasiado idos como para recordar o pronunciar la letra de ninguna otra. No se esperaba verlos saltar tan ágilmente del camión; pensaba que saldrían tambaleándose, empujados por las bayonetas. No se esperaba que el capitán Corelli lo reconociese y le saludara con la mano. Tal vez pensaba que a uno le cambia la cara cuando se convierte en verdugo. Designó a un sargento para que agrupase a sus amigos contra la pared, encendió otro cigarrillo y apartó el rostro. Vio cómo sus soldados se congregaban en silencio y decidió esperar un poco por si llegaban noticias de una suspensión. Sabía que no iba ser así, pero igualmente esperó.
Por último giró sobre sus talones, sabiendo que había que salvar una partícula de decencia, y se aproximó a los italianos. Más de la mitad estaban rezando, arrodillados en el suelo, y el resto lloraban como niños delante de un muerto. Antonio Corelli y Carlo Guercio estaban abrazados. Weber cogió su paquete de cigarrillos y se acercó a ellos.
– ¿Un cigarrillo? -preguntó.
Corelli cogió uno; Carlo lo rechazó con un gesto.
– El doctor me dijo que era malo para la salud -dijo.
Corelli miró a su antiguo protegido.
– Te tiemblan las manos -le dijo-, y las piernas.
– Lo siento, Antonio, he intentado…
– No me cabe duda, Günter. Sé cómo es esto. -Llenó los pulmones de humo y agregó-: vosotros siempre teníais el mejor tabaco. Al doctor le sacaba de quicio.
– Così fan tutte -dijo Weber, lanzando una breve y hueca carcajada. Luego tosió y bruscamente se llevó la mano a la boca.
– No nos pases el catarro -dijo Carlo.
A Weber le temblaba la cara de aguantarse las lágrimas y la desesperación.
– Os pido perdón -dijo de pronto.
– Nunca conseguirás el perdón -le espetó Carlo, pero Corelli levantó una mano para hacer callar a su amigo y dijo quedamente:
– Yo te perdono, Günter. Si no, ¿quién te va a perdonar?
Carlo hizo un ruido de asco con la garganta y Weber ofreció su mano.
– Adiós, Günter -dijo Corelli, estrechándosela. Dejó que su mano se demorara en la de su amigo de antaño, la estrechó brevemente por última vez y la soltó. Luego cogió del brazo a Carlo y le miró sonriente-. Vamos -dijo-, tú y yo hemos sido compañeros en vida. Entraremos juntos en el paraíso.
Era un hermoso día para morir. Unas pocas nubes blandas holgaban sobre la cumbre del monte Aínos. Cerca de allí balaba un rebaño. Notó que a él también le temblaban las piernas y que no podía hacer nada para impedirlo. Pensó en Pelagia, en sus ojos oscuros, su carácter vehemente, su cabello negro. Pensó en ella enmarcada en el umbral de Casa Nostra, riéndose mientras él sacaba la fotografía. Una sucesión de imágenes: Pelagia peinando a Psipsina y hablándole con tono chillón; Pelagia picando cebolla, secándose las lágrimas y sonriendo; Pelagia pegándole cuando robaron la cabra (reparó en que no había cumplido la promesa de traerle otra: ¿y si pedía que aplazaran la ejecución?); Pelagia encantada al oírle tocar por primera vez la Marcha de Pelagia; Pelagia besando en la mejilla a Günter Weber cuando éste le ofreció el gramófono; Pelagia tejiendo una colcha que en realidad menguaba día a día; Pelagia molesta por la asimetría del bordado de su chaleco; Pelagia gritándole al oído cuando fallaron los frenos de la moto y se precipitaron ladera abajo a velocidad de vértigo, Pelagia del brazo de su padre, volviendo del mar. Pelagia, antes tan hermosa y vivaz, ahora tan pálida y delgada.
El sargento se aproximó al teniente. Era croata, uno de aquellos fanáticos rufianescos más nacionalsocialistas que el propio Goebbels, y bastante menos dotados de encanto. Weber no concebía cómo un sujeto así había podido llegar a granadero.
– Herr teniente -dijo-, van a llegar otros. No podemos retrasarlo más.
– Muy bien -dijo Weber. Cerró los ojos y rezó. Fue una oración sin palabras dirigida a un Dios apático.
La matanza no tenía la formalidad ritual que sugieren ciertos cuadros y películas. No se alineó a las víctimas contra la pared. No se les vendó los ojos, no se los hizo mirar al frente ni apartar la vista. Muchos quedaron de rodillas, rezando, llorando o suplicando. Unos yacían en la hierba como si ya hubiesen caído, arrancándola con sus manos de pura desesperación. Otros pugnaban por ponerse detrás de los demás. Otros, en fin, seguían fumando tranquilamente como si estuvieran en una fiesta. Carlo se puso firme junto a Corelli, satisfecho de morir por fin y resuelto a hacerlo como un soldado. Corelli se metió una mano en el bolsillo del pantalón a fin de parar el temblor de su pierna, se desabrochó la guerrera y aspiró hondo el aire cefalonio que a Pelagia quitaba el aliento. Notó olor a eucalipto, a excremento de cabra y a mar. Se le ocurrió de pronto que morir junto a un burdel tenía cierto matiz picaresco.
Los soldados alemanes oyeron la orden de disparar y dispararon sin convicción. Los que tenían los ojos abiertos apuntaron hacia un lado o hacia arriba, o apuntaron para no matar a nadie. Sus armas brincaron y crujieron en sus manos, y los brazos se les quedaron entumecidos por el miedo y la vibración. El sargento croata apuntó a matar y disparó cortas pero aplicadas ráfagas, absorto en su trabajo como cualquier carpintero, o como un carnicero trinchando carne.
A Weber la cabeza le daba vueltas. Sus viejos amigos gritaban en medio de la balacera que los hacía bailar y girar. Caían de rodillas y agitando las manos, llenos los pulmones de la fetidez de la cordita y la ropa chamuscada, en la boca el sabor árido y polvoriento de la sangre. Algunos volvían a levantarse, extendiendo los brazos como Cristo, descubriendo sus pechos con la esperanza de una muerte más rápida, un paso más fugaz por el dolor, una consumación. Lo que nadie vio, ni siquiera Weber, fue que Carlo, al oír la orden de disparar, dio un paso a un lado como un recluta formando filas. Antonio Corelli, anublado por la nostalgia y el despiste momentáneo, había visto delante suyo el titánico cuerpo de Carlo Guercio, había notado las muñecas dolorosamente sujetas por aquellas manos poderosas, y se había visto incapaz de moverse. Entonces miró con curiosidad la espalda de Carlo mientras de las entrañas de su cuerpo reventaban agujeros espantosos de los que brotaban fragmentos de carne destrozada y grumos de sangre carmesí.