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Ignorando que nadie le había oído, inflamado de furia apocalíptica, el padre Arsenios agarró su vara con ambas manos y rugió.

– ¡Descubriré vuestras desnudeces, sí, pública será vuestra vergüenza! ¡Me vengaré de vosotros, y mi venganza no será humana! ¡Tú has contaminado mi descendencia! -Y se lanzó al combate agitando el báculo y emprendiéndola a golpes con los soldados alemanes.

Resonaba un casco, hombros cansados se estremecían con los batacazos, se alzaban manos para proteger cabezas sin otro resultado que dedos aplastados. Hombres que habían masacrado con eficiencia a millares de enemigos parecían ahora totalmente desorientados. Se oían gritos de «¡Mierda, libradme de este tío de una vez!», y de los espectadores que se habían parado a mirar aliviados, comentarios como «¡Fijaos en el cura loco!». Se daban codazos y reían, regocijados con el desconcierto de los afligidos. En medio de aquel resplandor anaranjado Arsenios parecía un cadavérico murciélago desplegando su voluminoso hábito negro, con su barba de profeta, sus ojos echando chispas, y su alto y maltrecho sombrero con la copa plana que no hacía sino aumentar la impresión de que su locura procedía de otro mundo. Su pequeño perro danzaba y hacía cabriolas alrededor de él, ladrando de excitación y propinando dentelladas a las pantorrillas de los alemanes.

El episodio sólo acabó cuando todos estuvieron en el suelo, con el cráneo dolorido y las manos heridas. Un oficial de granaderos sacó su pistola automática, se acercó por detrás de Arsenios y le disparó en la nuca, reventándole los sesos y haciendo que le salieran por la parte frontal. Arsenios murió en medio de un destello de luz blanca que tomó por una revelación del rostro de Dios, y sus macilentos y esqueléticos restos fueron arrojados a la pira junto con los de los jóvenes cuyo destino había predicho sin saber que él también lo compartiría.

Su perro gimoteó, asustado de las llamas y de los desconocidos, e infructuosamente intentó acercarse a su dueño. Expresaba su incomprensión levantando primero una pata y luego otra, y allí se quedó hasta que partieron los soldados y llegaron los griegos, que, entre arcada y arcada, encontraron al perro aullando y medio chamuscado.

Hombres y mujeres, así como los pocos italianos que habían escapado, se acercaron a las hogueras. Sin consultarse empezaron a sacar los cuerpos más alejados del grueso de las llamas a medida que el viento cambiante lo permitía. Muchos de ellos yacían aún en posturas contorsionadas como muñecos de trapo, en sitios donde las llamas no habían llegado todavía. Todos los que allí se afanaban pensaron lo mismo: «¿Así van a ser las cosas con los alemanes? ¿Cuántos muchachos podía haber allí? ¿A cuántos conocía yo? ¿Me hago cargo del horror de su muerte? ¿Concibo acaso lo que es morir desangrándose lentamente? ¿Que una bala te destroce el hueso es como si un caballo te diera una coz?»

Parecía que a todos les temblaban las manos y les lagrimeaban los ojos. La gente hablaba lo menos posible a causa del repugnante humo de la carne chisporreante y de la angustiosa congoja. Llevaban los cuerpos a cuevas y aberturas, a tumbas colectivas apresuradamente excavadas, a agujeros donde antiguamente se ocultaban mercancías y monedas al olfato de recaudadores y aduaneros. Iban en grupos al lugar donde había tenido lugar una batalla y rescataban a los que los nazis no habían encontrado. Se rezaron apresuradas plegarias ortodoxas sobre almas católicas, y pudo apreciarse que ninguno llevaba anillos ni dinero en metálico. Los cadáveres habían sido presa del pillaje, sus dedos arrancados o cortados, extraídos sus dientes de oro, arrancadas sus cadenas de oro con crucifijo.

Al alba una nube negra y viscosa pendía sobre la tierra y emborronaba el sol, y la gente regresó a sus casas y cerró las puertas hasta el anochecer. Mezclado con el de sus soldados en el cielo de Cefalonia se elevaba el humo del general Gandin, uno de los primeros en morir, el honorable y caballeroso soldado de la vieja escuela, que confiaba en sus enemigos y había intentado salvar a sus hombres. Murió erguido e impávido, sabedor de que sus constantes cambios de opinión y sus escrupulosas demoras habían precipitado la tragedia. El resto de sus oficiales no tardaría en ser sacado de los barracones de Argostolion para ser arrojado a las llamas.

Aquella noche los griegos volvieron a salir para sacar más cuerpos de pozos y sumideros, y una vez más ninguno llevaba encima un reloj, una pluma, una simple moneda. Hallaron fotografías de chicas risueñas, cartas de amor, retratos de familias. Descubrieron que muchos soldados, presintiendo la inminencia del exterminio pero resueltos a hablar aunque fuera desde la tumba, habían garabateado direcciones en el reverso de postales y fotografías, con la conmovedora esperanza de que alguien les escribiese una carta o les comunicara las noticias. En muchas cartas la tinta se había corrido, como si unas gotas de lluvia hubieran sorprendido al lector a la intemperie.

No sabían que, tras haber aprendido rápidamente la lección de la noche anterior, los alemanes estaban economizando esfuerzos físicos obligando a los oficiales a transportar a sus propios muertos hasta los camiones, y sólo los mataban una vez hecho el trabajo. Tampoco sabían que existía un tal teniente Günter Weber, que no era el único nazi enloquecido y destrozado por sus propias atrocidades fruto de la obediencia. Pero volvieron a ver las mismas hogueras, menearon la cabeza ante la idéntica y repugnante mezcolanza de hedores que impregnaba casas y vestidos, y una vez más hicieron lo posible por rescatar a los muertos en mitad de una noche que se había vuelto lúgubre por las atenuadas sombras de árboles y hombres arrojadas por las saltarinas piras de anaranjadas llamas.

Al día siguiente corrió el rumor de que san Gerasimos había estado vagando en la oscuridad para volver luego a su catafalco, y que las monjas supuestamente lo habían encontrado por la mañana con huellas de lágrimas en sus marchitas mejillas y gotas de sangre carmesí sobre sus sandalias.

58. CIRUGÍA Y EXEQUIAS

Al abrirse la puerta de una patada cuando ya empezaba a anochecer, Pelagia pensó que eran los alemanes. Sabía que todos los italianos habían muerto.

Como el resto de la población, había oído ruidos de combate -el traqueteo de las ametralladoras, el chasquido de los rifles, las ráfagas cortas de las automáticas, el amortiguado timpani grave de los obuses- y después el interminable crepitar de los pelotones de fusilamiento. Por entre la persiana había contemplado el paso de los camiones cargados de triunfantes granaderos o de cadáveres de italianos con la sangre goteando por las comisuras de la boca y los ojos fijos en el infinito. Por la noche había salido con su padre, cuyas mejillas palpitaban con lágrimas de rabia y compasión, en busca de alguna vida que salvar de entre los cuerpos esparcidos y abandonados por aquellos monstruosos fuegos.

El espectáculo había dejado a Pelagia muda, no de miedo ni de pena sino de vacuidad.

La vida, pues, había terminado. Ella sabía que los alemanes se llevaban a las mujeres jóvenes y bonitas, puesto que sus burdeles no funcionaban con personal voluntario. Sabía que estaban llenos de chicas aterrorizadas, torturadas, traídas de Polonia o Eslovenia o de cualquier otra parte, y que los nazis las mataban al menor indicio de resistencia o enfermedad. Había estado sentada ante su mesa, ensimismada con sus recuerdos, mirando a ratos el entorno y captando por última vez los detalles mundanos de una vida; los nudos en la pata de la mesa; las abolladas sartenes que tanto había fregoteado, la decoloración inexplicable de una de las baldosas del suelo, el ilegal retrato de Metaxas que su padre había colgado de la pared aun siendo un implacable venizelista. Llevaba la mano en el bolsillo del delantal, y pensaba matar a un alemán cuando vinieran a buscarlos, para que ellos tuvieran que matarla a su vez. La pequeña Derringer parecía escasa para aquel cometido, pero su padre tenía una pistola italiana y cincuenta cartuchos que alguien, tal vez un miembro de La Scala, había dejado a la puerta de su casa en calidad de sombrío legado.