– ¿Adónde vais?
– Debo enseñarles una cosa. -El temor apareció en el semblante de su esposa-. No te preocupes -la tranquilizó-. Nadie vendrá por aquí. Estate atenta y si vieses algo extraño, refúgiate con los niños en las cuevas cerca de las que intentamos cazar los pajarillos. Laila sabe dónde están.
El castillo de Lanjarón se alzaba, imponente, tal y como Hernando lo recordaba. Esperaron al pie del cerro a que anocheciese antes de iniciar el ascenso. Hernando había procurado que el viaje coincidiera con la luna llena, que brillaba inmensa en un cielo estrellado y sin nubes. Seguido de sus hijos, se dirigió hacia el bastión del lado sur de la fortaleza.
– No hay otro Dios que Dios y Muhammad es el enviado de Dios -susurró en la noche.
Luego se acuclilló y empezó a excavar. Cuando dio con la espada de Mahoma, la extrajo con cuidado y la presentó a sus hijos, destapando reverentemente las telas en las que la había envuelto en su día.
– Esta -les dijo- es una de las espadas que perteneció al Profeta.
Hubiera deseado que la vaina de oro y sus colgantes brillara a la luz de la luna del mismo modo que relucía años atrás, cuando él la contempló por primera vez en la cabaña de Hamid. En su lugar, encontró ese deseado refulgir en los ojos desmesuradamente abiertos de sus hijos. Desenvainó el alfanje. La hoja rechinó al salir y Hernando se estremeció al comprobar que entre la herrumbre del filo todavía se apreciaban manchas de sangre seca, la del cuello de Barrax. ¡El arráez corsario! Su mente se perdió en los recuerdos, y una vez más, pese a todo, los ojos negros de Fátima se le aparecieron como estrellas en la noche.
Unas tosecillas le devolvieron a la realidad. Miró a Amin y luego se quedó prendado en Muqla; incluso a la luz de la luna, sus ojos refulgían.
– Durante años -afirmó entonces con vehemencia-, esta espada ha sido custodiada por musulmanes. Primero, cuando reinábamos en estas tierras, fue exhibida con orgullo y utilizada con valor; luego, cuando llegó el momento del sometimiento de nuestro pueblo, fue escondida a la espera de una nueva victoria que algún día llegará. Nunca dudéis de ello. Hoy estamos más derrotados que nunca; nuestros hermanos son expulsados de España. Si lo que tengo previsto sale bien, deberemos seguir comportándonos como cristianos, más si cabe puesto que ya pocos musulmanes quedarán en España; deberemos hablar como ellos, comer como ellos y rezar como ellos, pero no desesperéis, hijos. Probablemente yo no lo vea, quizá tampoco vosotros, pero algún día, algún creyente volverá aquí para hacerse con esta espada y… -Por un instante vaciló al recordar las palabras de Hamid, tantos años atrás. ¿Qué iba a decirles? ¿Que la espada se alzaría para vengar la injusticia? A pesar de la rabia que sentía, no quería que sus hijos crecieran con una idea de odio en sus mentes-. Y la sacará a la luz, como símbolo de que nuestro pueblo ha recuperado la libertad.
»Acordaos siempre de dónde está esperándonos y, si no es en vida vuestra, transmitid este mensaje a vuestros hijos para que ellos lo hagan con los suyos. Nunca desfallezcáis en la lucha por el único Dios. ¡Juradlo por Alá!
– Lo juro -contestó Amin con seriedad.
– Lo juro -le imitó Muqla.
Durante el camino de vuelta a Viñas, Hernando pensó en lo que acababa de hacer jurar a sus hijos. Había trabajado para acercar a las dos religiones, para lograr que los cristianos aceptasen su presencia, para que les permitiesen hablar en árabe…, y sin embargo había atizado a sus hijos contra ellos, en busca ¿de qué? Estaba confundido. Con las imágenes de miles de moriscos sometidos, amontonados y tratados como animales en el Arenal de Sevilla, recordó el día en que Hamid le entregó el alfanje; entonces luchaban por su supervivencia, dispuestos a entregar la vida por sus leyes y sus costumbres. ¡Qué diferencia con esta humillante expulsión de España! Sólo quedaban ellos y probablemente algunos moriscos más escondidos en los campos y las ciudades. ¿Dónde estaba el entendimiento por el que había apostado? En la noche, andando hacia las sierras, pasó los brazos por encima de los hombros de sus hijos y los atrajo hacia sí. Ellos mantendrían encendida la llama de la esperanza para un pueblo maltratado; un débil fuego, ciertamente, pero ¿no empezaban los grandes incendios por la más nimia de las chispas?
Miguel volvió a las Alpujarras al cabo de casi veinte días, montado en una nueva mula y acompañado por don Pedro de Granada Venegas, a caballo, solo, sin la compañía de criado alguno. Podían refugiarse, les ofreció el noble, en las tierras que señoreaba en Campotéjar, en el límite de las provincias de Granada y Jaén, pero debían hacerlo como cristianos trasladados desde la capital granadina. Don Pedro consiguió que le falsificaran documentos que los acreditaban como ciudadanos granadinos, supuestamente cristianos viejos. Hernando se llamaba ahora Santiago Pastor; Rafaela, Consolación Almenar. Nadie se extrañaría de su traslado. La expulsión de los moriscos había dejado los campos vacíos, sin manos que los trabajaran, principalmente los del reino de Valencia, pero también los de otros lugares, y el señorío de los Granada Venegas no era una excepción. También le entregó dos cartas: una dirigida al criado que se ocupaba de los asuntos de su señorío y otra de presentación para el párroco de Campotéjar, amigo suyo, en la que encomiaba la religiosidad de quienes presentaba como sus más leales servidores y a los que garantizaba como personas temerosas de Dios. Miguel aparecía en los papeles como un familiar más. Si no cometían errores, nadie les molestaría, les aseguró don Pedro.
– ¿Qué se sabe de los plúmbeos? -le preguntó Hernando en un aparte, antes de que el noble montase en su caballo para volver a la ciudad.
– El arzobispo continúa reteniendo los libros e interviniendo personalmente en su traducción. No permite la más mínima referencia a doctrinas musulmanas. Se está construyendo una colegiata en el Sacromonte en la que se veneran las reliquias, y un colegio para impartir estudios religiosos y de derecho. Hemos fracasado.
– Quizá algún día… -dijo Hernando, con la voz teñida de esperanza.
Don Pedro lo miró y negó con la cabeza.
– Aunque lo consiguiéramos, aunque el sultán o cualquier otro rey árabe diera a conocer el evangelio de Bernabé, ya no quedan musulmanes en España. Carecería de importancia.
Hernando fue a replicar, pero se contuvo. ¿Acaso don Pedro no otorgaba importancia al hecho de que saliera a la luz la verdad, con independencia de los moriscos españoles? Los nobles conversos habían logrado salvarse de la expulsión. Don Pedro había encontrado sus raíces cristianas a través de la aparición de Jesucristo que alguien había contado en un libro para su mayor grandeza. Los ayudaba, sí, pero ¿seguía creyendo en el único Dios?
– Os deseo una larga vida -añadió el noble al tiempo que echaba un pie al estribo de la montura-. Si tenéis algún problema, hacédmelo saber.
Luego partió al galope.
Epílogo
Hanse quedado muchos, particularmente donde hay bandos y son favorecidos…
El conde de Salazar al duque
de Lerma, septiembre de 1612
Campotéjar, 1612
Habían transcurrido cerca de dos años desde aquella conversación y, efectivamente, no habían tenido ningún problema para establecerse en una apartada alquería del señorío de los Granada Venegas, bajo la protección de don Pedro, como antiguos criados suyos. Su forma de vida cambió. Hernando ya no poseía libros en los que refugiarse, ni siquiera papel o tinta con la que escribir. Tampoco caballos. El escaso dinero del que disponían no lo podía destinar a tales menesteres pero, de haberlos tenido, tampoco hubiera podido dedicarse a la caligrafía; la convivencia entre las familias que habitaban aquel lugar perdido en los campos era tan íntima y cerrada que sus vecinos se habrían dado cuenta y habrían desconfiado. Las puertas de las casas estaban permanentemente abiertas y las mujeres rezaban rosarios en un constante murmullo que llegó a convertirse en una cantinela propia del lugar. En alguna ocasión, no obstante, solos en los campos, con alguna ramita en la mano, casi inconscientemente, trazaba letras árabes sobre la tierra, que Rafaela o sus hijos borraban rápidamente con los pies. Sólo Muqla, que cada vez más tenía que atender al nombre de Lázaro, ya con siete años, fijaba sus ojos azules en aquellos grafismos, como tratando de retenerlos. Era al único de sus hijos al que Hernando continuaba enseñando la doctrina musulmana, siempre con el recuerdo del Corán que había escondido en el mihrab de la mezquita de Córdoba para que algún día él lo recuperase.