Выбрать главу

– Prefiero dormir aquí y estar cerca de los animales -se excusó, adelantándose a la pregunta de Salah, que veía con extrañeza que el chico no durmiera con su esposa. Yusuf se quedó con él y charlaron hasta caer rendidos; el niño estaba atento a la menor de sus observaciones. Los arcabuceros de refresco dormitaban en sus puestos de guardia y las mujeres y los niños se distribuyeron en los dos pisos; Aisha en el dormitorio principal. Brahim seguía sin aparecer. Pese a hacerlo en el porche, Hernando durmió tranquilo por primera vez en muchos días: Fátima volvía a sonreírle.

Al amanecer atendió a los animales y decidió presentarse ante el rey para solicitarle dinero con el que comprar forraje, pero Aben Humeya no pudo recibirle. El rey se había acomodado otra vez en la casa de Pedro López, escribano mayor de las Alpujarras, cercana a la iglesia, y estaba recibiendo a los jefes de una compañía de jenízaros que acababan de llegar de Argeclass="underline" los doscientos que el sultán ordenó a su beylerbey que enviase a al-Andalus para contentar, si no engañar, a sus hermanos en la fe.

Hernando los vio curioseando por el inmenso zoco en que se había convertido Ugíjar. Como le advirtió el Gironcillo, era imposible no fijarse en ellos. Pese a la cantidad de gente que se amontonaba en la ciudad -entre mercaderes, berberiscos, aventureros, moriscos y el ejército de Aben Humeya-, allí donde se hallaban los turcos, la gente se apartaba con temor. No vestían los bonetes y capas con las que Farax, desaparecido en las sierras, trató de disfrazar a los moriscos que intentaron alzar el Albaicín de Granada. Se cubrían con grandes turbantes, la mayoría de ellos ajados, con flecos que casi rozaban el suelo. Vestían bombachos, marlotas largas y prácticas zapatillas; muchos lucían largos y finos bigotes. Sin embargo lo que más impresionaba era la cantidad de armas que portaban: arcabuces de largos cañones, cimitarras y dagas.

Habían desembarcado en la costa de las Alpujarras al mando de Dalí, ayabachi de los jenízaros, uno de los oficiales de mayor rango por debajo del agá, cargo que democráticamente elegían en el diwan los cerca de doce mil miembros que se hallaban establecidos en Argel. A Dalí le acompañaban dos oficiales jenízaros: Caracax y Hosceni, y los tres se hallaban entonces reunidos con Aben Humeya.

Los jenízaros habían sido creados como una milicia de élite a las órdenes del sultán; soldados fieles e invencibles. Sus miembros eran reclutados obligatoriamente entre los niños cristianos mayores de ocho años que vivían en los amplios dominios europeos del imperio otomano, a razón de uno por cada cuarenta casas. Tras la leva, se les instruía en la fe musulmana y se les entrenaba como soldados desde esa tierna edad. Al alcanzar el rango de jenízaro gozaban de una paga de por vida y de numerosos privilegios frente al resto de la población. Disponían de jurisdicción propia: ningún jenízaro podía ser juzgado y castigado ni siquiera por el bey; dependían exclusivamente de su agá quien, en todo caso, los juzgaba en secreto.

Los jenízaros de Argel, sin embargo, habían dejado de seguir el procedimiento de levas obligatorias entre los infantes cristianos del imperio otomano. Los inicialmente trasladados a Argel desde el imperio fueron sustituyéndose por sus hijos u otros turcos, incluso cristianos renegados, pero nunca árabes o berberiscos. Los árabes y berberiscos tenían vedado el acceso al ejército de élite; los jenízaros constituían una casta privilegiada. Se dedicaban al saqueo de los pueblos de Berbería y en Argeclass="underline" seguros y confiados en su poder y prerrogativas, actuaban con el más absoluto desprecio hacia los demás habitantes, robando y violando niños y mujeres. ¡Nadie podía tocar a un jenízaro!

Aquellos hombres, los doscientos que el sultán ordenó a su bey de Argel que mandase para contentar a los moriscos, acudieron a al-Andalus a luchar, pero eso no implicaba la pérdida de sus privilegios. Y Hernando pudo comprobarlo mientras esperaba, a las puertas de la casa del escribano mayor, a que el arcabucero de la guardia de Aben Humeya volviese con la respuesta del rey.

Mientras tanto, intentó vencer la curiosidad y evitar que su mirada persiguiese a los jenízaros que haraganeaban frente al edificio.

– ¿Sabes algo de Brahim, el arriero? -preguntó distraídamente a uno de los arcabuceros que quedaban en la puerta-. Es mi padrastro.

– Ayer por la noche -le contestó-, partió junto a Ibn Abbu y una compañía de hombres a Poqueira. El rey ha nombrado a su primo alguacil de Poqueira y a su vez, Ibn Abbu ha nombrado a tu padrastro lugarteniente suyo.

– ¿Cuánto tiempo estarán en Poqueira? -preguntó de nuevo, en esta ocasión sin poder esconder su entusiasmo.

El arcabucero se encogió de hombros.

¡Brahim se había ido! Se volvió sonriente hacia el zoco que se abría frente a la casa en el momento en que pasaba un vendedor con un capazo lleno de uvas pasas a sus espaldas. Uno de los jenízaros echó mano de un puñado de pasas. El hombre se volvió y, sin pensar, empujó a quien le acababa de robar su humilde mercadería.

Todo transcurrió en un instante. Ninguno de los jenízaros recriminó su desplante al vendedor pero, de repente, agarraron al hombre entre varios: uno le extendió el brazo y aquel que había sido empujado le cercenó la mano a la altura de la muñeca con un rápido y eficaz golpe de cimitarra. La mano fue a parar al capazo de las uvas pasas, el hombre despedido a patadas del lugar y los jenízaros reanudaron su conversación como si nada hubiera sucedido; aquél era el castigo para quien osase tocar a uno de los soldados del sultán de la Sublime Puerta.

Hernando fue incapaz de reaccionar y se quedó quieto, absorto en el reguero de sangre que dejaba el vendedor de uvas pasas hasta desplomarse unos pasos más allá. Ensimismado como estaba, el arcabucero de la guardia del rey tuvo que golpearle en la espalda.

– Sígueme -le dijo cuando por fin fijó sus ojos en él.

La casa volvía a estar perfumada con almizcle, pero en esta ocasión no fue llevado a presencia de Aben Humeya. El guardia lo acompañó a una habitación al fondo del primer piso. La puerta de madera labrada se hallaba protegida por dos arcabuceros; el tesoro que el rey no había enviado a Argel debía de estar en su interior, pensó ante tales cautelas.

– ¿Eres tú Ibn Hamid? -le preguntaron a sus espaldas. Hernando se volvió para encontrarse con un morisco ricamente ataviado-. Ibn Umayya me ha hablado de ti. -El hombre le tendió la mano-. Soy Mustafa Calderón, vecino de Ugíjar y consejero del rey.

Tras el saludo, Mustafa buscó en un juego de llaves que portaba al cinto y abrió la puerta.

– Aquí tienes toda la cebada que necesitas para los caballos -añadió invitándole a entrar con la mano extendida.

¿Cómo podía estar allí la cebada? Aquello no era un granero. Sorprendido, se quedó parado en el quicio de la puerta.

Las risas de Mustafa y de los tres arcabuceros no consiguieron distraer el asombro de Hernando: cerca de una docena de muchachas y niñas se amontonaban en el interior, iluminadas por la luz que entraba a través de un ventanuco alto. Las muchachas le miraban asustadas e intentaban ocultarse unas detrás de otras, retrocediendo hasta el fondo de la habitación.

– El rey quiere reservarse las joyas y el dinero que le queda -explicó el consejero, sorbiendo la nariz-. El oro es más fácil de transportar que las cautivas que le han dado en pago por su quinto… ¡Y las monedas no comen! -Volvió a reír-. Elige a la que quieras y negóciala en el mercado. Con su precio, obtendrás cuanto necesites, aunque cada mes tendrás que venir a pasar cuentas conmigo. Yo no lo hubiera hecho así, pero el rey ha insistido. También ha ordenado que si cabalgas junto a él, te compres ropa adecuada.