Isabel lloraba. Hernando esperó a que se calmara, pero pasaba el rato y la niña seguía llorando.
– Podrías escapar -insistió-. Podrías esperar a que cayese la noche y colarte entre ellos…
– ¿Y después? -Le interrumpió Isabel entre sollozos-. ¿Adónde voy después?
Las Alpujarras estaban en manos de los moriscos, reconoció Hernando para sí. Desde Ugíjar hasta Órgiva, a más de siete leguas, donde se emplazaba el último campamento del marqués de Mondéjar, no se encontraban cristianos. Y a lo largo de las cuatro leguas que distaba Berja, donde estaba el marqués de los Vélez, tampoco hallaría ninguno. Las tierras estaban plagadas de moriscos que vigilaban el más mínimo movimiento. ¿Dónde podría llegar una niña antes de que la detuvieran? Y si la detenían… Si la detenían se sabría que él la había liberado; entonces se dio cuenta del error cometido y resopló.
Para no tener que volver a cruzar el zoco, rodearon Ugíjar y se dirigieron a la casa de Salah. Hernando tiraba otra vez de la soga que había atado de nuevo a las manos de Isabel por si se cruzaban con alguien. ¿Qué iba a hacer con ella? ¿Presentarla como musulmana? ¡Todo Ugíjar había visto su pelo pajizo, rubio y seco! ¿Quién no la reconocería? ¿Qué explicaciones daría? ¿Cómo podría convivir una cristiana con ellos? Efectivamente se toparon con multitud de grupos de moriscos y soldados que no dejaron de observar con expectación a la cautiva. Llegaron a las tierras de la casa, al muro que las encerraba, por el extremo más alejado de Ugíjar.
– Escóndete -dijo a Isabel después de desatarla. La niña miró a su alrededor: sólo estaba el muro; el resto eran campos llanos-. Túmbate entre los rastrojos, llegarán a cubrirte. Haz lo que quieras, pero escóndete. Si te descubren…, ya sabes lo que te sucederá. -«Y a mí también», añadió para sí-. Vendré a buscarte. No sé cuándo. Tampoco sé para qué -chasqueó la lengua y negó con la cabeza-, pero sabrás de mí.
Rodeó el muro para llegar a la puerta principal sin preocuparse de Isabel; lo único que notó fue que la niña se lanzó al suelo en cuanto él le dio la espalda y empezó a alejarse. ¿Qué iba a hacer con ella? Pero aun suponiendo que lograse resolver aquella situación, ¿y la cebada? ¿Y el forraje? ¿De dónde iba a conseguir el alimento de los animales? Poco más podrían pastar en el campo que rodeaba la casa. ¡Isabel! ¿Quién le mandaba elegirla? Podría haber elegido a cualquier otra. ¡A la que empujó a Isabel para salvarse, por ejemplo! ¿Habría sido capaz de venderla?
Desde siempre los moriscos habían ayudado a los corsarios berberiscos en sus incursiones en las costas mediterráneas. Se contaban muchos moriscos entre los corsarios, sobre todo entre los de Tetuán, pero también entre los argelinos. Eran hombres nacidos en al-Andalus que, con la ayuda de familiares y amigos, hacían prisioneros que luego vendían como esclavos en Berbería, aunque a veces llegaban incluso a liberarlos contra el pago del correspondiente rescate en las mismas playas, antes de zarpar para volver a sus puertos. Pero eso era en las tierras costeras del antiguo reino nazarí, no en las Alpujarras altas, donde los esclavos de los moriscos ricos acostumbraban a ser negros guineos. Los cristianos también les habían prohibido tener esclavos negros. Se lo contó Hamid. ¡Hernando nunca había vendido a nadie ni ayudado a capturar a cristiano alguno! ¿Cómo iba a vender a una muchacha, aunque fuera cristiana, a sabiendas de cuál iba a ser su destino en manos de aquellos corsarios o jenízaros? Acarició el alfanje, como hacía siempre que el alfaquí tornaba a su memoria.
Absorto en esos pensamientos, cruzó los portalones de hierro que daban a la casa. ¿Qué…? ¿Qué sucedía allí? Más de una docena de soldados berberiscos charlaban en el patio, frente al porche. Los acompañaban caballos enjaezados y mulas cargadas. Hernando se sintió débil de repente, levemente mareado, con el estómago revuelto y un sudor frío recorriendo su espalda.
Uno de los arcabuceros moriscos de la guardia de Aben Humeya le salió al paso. Hernando retrocedió sin querer. El hombre mostró sorpresa en su rostro.
– Ibn Hamid… -empezó a decir.
¿Acaso sabrían ya lo de Isabel? ¿Venían a detenerle? ¡Ubaid! Por detrás de una de las mulas, vio al arriero de Narila.
– ¿Qué hace él aquí? -preguntó, alzando la voz y señalándole.
El arcabucero se volvió hacia donde señalaba Hernando y se encogió de hombros. Ubaid frunció el ceño.
– ¿Ése? -Preguntó a su vez el arcabucero-. No lo sé. Ha venido con el arráez corsario. Es lo que quería decirte: un capitán corsario junto a sus hombres se ha unido a nosotros. -Hernando trataba de escuchar la explicación, pero su atención estaba puesta en Ubaid, que continuaba mirándole con soberbia-. El rey le ha permitido estabular a sus animales junto a los nuestros puesto que aquí hay suficiente forraje para todos…
– ¿Aquí? -se le escapó a Hernando.
– Eso ha dicho el rey -le contestó el arcabucero:
Le temblaron las rodillas. Por un instante estuvo tentado de salir corriendo. Escapar… o volver a donde estaba Isabeclass="underline" atarla de nuevo y venderla de una vez por todas. No parecía difícil.
– Pero hay otro problema -continuó el arcabucero. Hernando cerró los ojos antes de enfrentarse al morisco: ¿qué más podía pasar?-. El turco dice que también se quedan él y sus hombres. No hay ningún alojamiento libre en todo Ugíjar, y aquí contáis con espacio suficiente. Dice que no ha venido a ayudarnos a luchar contra los cristianos para dormir a la intemperie.
– No -trató de oponerse Hernando. ¡Más gente! Y Ubaid entre ellos. Tenía a una cautiva cristiana escondida junto al muro y ni un grano de cebada para… uno, dos, tres, cuatro caballos más, contó, y otras tantas mulas-. No puede ser…
– Ya ha llegado a un acuerdo con el mercader. Él y sus acompañantes se instalarán en la planta baja; Salah y su familia, en el porche.
– ¿Qué acuerdo?
El arcabucero sonrió.
– Creo que era algo así como que si no le cedía la planta baja, le cortaría la nariz y las orejas a dentelladas y después las clavaría en el estanterol de la tienda de popa de su embarcación.
– ¿Estant… rol?
– Eso ha dicho -contestó el arcabucero, y volvió a encogerse de hombros.
¿Para qué preguntaba? ¿Qué le importaban a él las orejas de Salah y dónde las clavase el arráez turco?
– Detened a ese hombre -ordenó señalando a Ubaid. El arcabucero le miró sorprendido-. ¡Detenedlo! -le apremió-. No… no puede estar junto a los caballos del rey -añadió tras pensar la excusa unos instantes.
Aunque el arcabucero parecía confundido, algo en el tono de Hernando le hizo llamar a algunos compañeros, pero cuando éstos se dirigían hacia Ubaid varios soldados berberiscos se interpusieron en su camino. No eran jenízaros. Vestían en forma similar a los moriscos granadinos, pero su tez no era la de los árabes; sin duda se trataba de cristianos renegados. Los dos grupos quedaron el uno frente al otro: el desafío flotaba en el aire. Ubaid, escondido detrás de los berberiscos, tenía la mirada clavada en Hernando.
– ¿Dónde está ese turco? -inquirió Hernando cuando el arcabucero se volvió hacia él en espera de instrucciones.
El morisco le señaló la vivienda. Encontró al arráez en el comedor del hogar cristiano, arrellanado sobre un montón de cojines de seda bordados en mil colores. Hernando no dudó de que fuera capaz de cortar a dentelladas cualquier oreja que se le pusiera por delante: se trataba de un hombre corpulento, de facciones rectas y severas y que le saludó con el mismo acento que el rubio que antes le había retado con la daga para luego burlarse de él. ¡Otro cristiano renegado!
Sin embargo, Hernando no fue capaz de contestar a su saludo. Después de examinar al arráez, su atención se posó en el extremo de uno de sus poderosos brazos: allí donde con los dedos de su mano derecha acariciaba el cabello de un niño, ricamente ataviado, que se sentaba en el suelo a sus pies.