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Esa misma noche, Aisha les cedió la habitación de la cama con dosel y se fue a dormir con los niños. Durante el día se había dedicado a alquilar ropas y joyas para Fátima, desoyendo sus leves protestas. Compró un poco de perfume y dedicó casi toda la tarde a prepararla: la bañó y lavó su cabello negro con alheña mezclada con aceite dulce de oliva, hasta que éste adquirió una tonalidad rojiza que destellaba en cada uno de sus rizos; luego la perfumó con agua de azahar. Con la misma alheña, tatuó cuidadosamente sus manos y sus pies, trazando pequeñas figuras geométricas. Fátima se dejaba hacer: unas veces sonriendo, otras escondiendo la mirada. Aisha limpió sus ojos negros conjugo elaborado con bayas de arrayán y polvo de antimonio, y después de hacerlo la sujetó por el mentón, obligándola a estarse quieta, hasta que los grandes ojos negros de la muchacha aparecieron claros y brillantes. La vistió con una túnica de seda blanca bordada en perlas y abierta por los costados y la adornó con grandes pendientes, ajorcas en los tobillos y pulseras, todo de oro. Sólo en el momento en que quiso ponerle un collar, la muchacha se opuso con delicadeza a que le quitase la mano de Fátima que adornaba su pecho. Aisha acarició la pequeña mano extendida y cedió. Preparó velas y cojines. Llenó una jofaina con agua limpia y dispuso limonada, uvas, frutos secos y unos dulces de miel que había comprado en el mercado.

«Procura no moverte», le pidió cuando Fátima hizo ademán de ayudarla. Un casi imperceptible deje de tristeza cruzó el semblante de la muchacha.

– ¿Qué sucede? -Se preocupó Aisha-. ¿No…? ¿No estás decidida?

Fátima bajó la vista.

– Sí, claro -dijo al cabo-. Le quiero. Lo que no sé…

– Cuéntame.

Fátima alzó el rostro y se confió a Aisha.

– Salvador, mi esposo, gustaba de disfrutar conmigo. Y yo le complacía en cuantas pretensiones tenía, pero… -Aisha esperó con paciencia-. Pero nunca llegué a sentir nada. ¡Era como un hermano para mí! Crecimos juntos en el taller de mi padre.

– Eso no te sucederá con Hernando -aseguró Aisha. La muchacha le interrogó con la mirada, como si quisiera creer en sus palabras-. ¡Tú misma lo notarás! Sí, cuando el deseo haga temblar todo tu cuerpo. Hernando no es tu hermano.

Tras las oraciones de la noche, Aisha fue en busca de su hijo al porche y le obligó a acompañarla al piso superior sin darle explicaciones. Salah y su familia observaron cómo Aisha insistía en que la siguiese, luego, Barrax y los dos garzones los vieron pasar por la puerta abierta del comedor que utilizaban para dormir. El arráez soltó un suspiro de pesar.

– Prometió esperarte -le dijo Aisha en la puerta del dormitorio. Hernando fue a decir algo, pero sólo consiguió gesticular torpemente con la mano-. Hijo, no voy a consentir que dejéis de amaros por mi culpa. Y sería inútil… Entra -le indicó agarrándolo de la muñeca y entreabriendo la puerta. Antes de hacerlo, Hernando intentó abrazarla pero Aisha se retiró-. Ya no, hijo. Es a ella a quien tienes que abrazar. Es una buena mujer… y será una buena madre.

Pero no llegó a traspasar el umbral; se detuvo en él, fascinado. Fátima lo esperaba en pie, junto a los cojines dispuestos por Aisha alrededor de la comida.

– ¡Entra! -le susurró su madre empujándolo para poder cerrar la puerta.

Una vez cerrada, Hernando volvió a quedarse inmóvil. Las luces de las velas jugueteaban con las formas de mujer que se adivinaban a través de la túnica; las perlas que orlaban la prenda brillaban, y también su cabello, y el oro, y los tatuajes de pies y manos, y sus ojos, todo envuelto en aquel limpio perfume de agua de azahar…

Fátima se adelantó, sonriente, y le ofreció la jofaina de agua. Hernando se lavó nervioso tras lograr balbucear las gracias. Luego, con dulzura, ella le invitó a sentarse. Hernando, azorado, retiró la mirada de los pechos libres que se insinuaban bajo la seda, pero tampoco fue capaz de posarla en aquellos inmensos ojos negros. Y se sentó. Y se dejó servir. Y comió y bebió, incapaz de disimular el temblor de sus manos o su agitada respiración.

Las uvas pasas se acabaron. También los frutos secos y la limonada. Por los costados abiertos de la túnica de seda, Fátima le mostraba su cuerpo una y otra vez, pero Hernando, turbado, desviaba la mirada como si quisiera rehuir el momento. ¡Ni siquiera era capaz de recordar algo de su única experiencia con mujeres! Fue a echar mano de otro pastelillo de miel, cuando ella susurró su nombre:

– Ibn Hamid.

La observó frente a sí, en pie, erguida. Fátima se quitó la túnica. Hernando contuvo la respiración ante la belleza del brillante cuerpo que le mostraba; sus pechos, grandes y firmes, se movían rítmicamente al compás de un deseo que la muchacha no podía esconder. Y, «Tú misma lo notarás», le había dicho Aisha.

– Ven -volvió a susurrarle después de unos instantes en los que sólo se escuchó la entrecortada respiración de ambos jóvenes.

Hernando se acercó. Fátima tomó una de sus manos y la llevó a sus senos. Hernando los acarició y pellizcó con suavidad uno de sus erectos pezones. La leche brotó de él y Fátima jadeó. Hernando insistió. Un chorro de leche saltó y empapó su rostro. Los dos rieron. Fátima le hizo un gesto y él agachó la cabeza para mamar el néctar mientras deslizaba las manos por la curva de su espalda, hasta las nalgas, firmes. Entonces la muchacha lo desnudó, recorriendo su cuerpo con los labios, besándole dulce y tiernamente. Hernando se estremeció al contacto de los labios de Fátima con su miembro erecto. Fátima lo llevó al lecho. Tumbados los dos, ella intentó buscar aquel placer que nunca había encontrado en su esposo en un Hernando inexperto que sólo pretendía montarla. Recordó uno de los consejos del jeque Nefzawi de Túnez, transmitidos de mujer a mujer y se lo susurró al oído, mientras Hernando, encima de ella, pugnaba por introducir su pene:

– No te amaré, si no es con la condición de que juntes las ajorcas de mis tobillos con mis pendientes.

Hernando detuvo sus embates. Se incorporó y liberó de su peso el cuerpo de la muchacha. ¿Qué decía? ¿Sus tobillos en las orejas? Interrogó a Fátima con la mirada y ella le sonrió pícaramente mientras empezaba a alzar las piernas. La penetró con ternura, pendiente de sus susurros: despacio, te quiero, despacio, quiéreme…, pero cuando sus cuerpos llegaron por fin a fundirse en uno solo, Fátima lanzó un aullido que rompió el hechizo y erizó el vello de Hernando. Entonces sus requerimientos se confundieron entre suspiros y jadeos, y Hernando se abandonó al ritmo que le marcaban los gemidos de placer de la muchacha. Alcanzaron el orgasmo al tiempo y tras entregarse a su propio éxtasis, quedaron en silencio. Al cabo de un rato, Hernando abrió los ojos y observó el semblante de Fátima por entre sus piernas: mantenía los labios apretados y los ojos firmemente cerrados, como si tratase de retener aquel momento.

– Te amo -dijo Hernando.

Ella continuó sin mostrarle sus preciosos ojos negros, pero sus labios se extendieron en una sonrisa.

– Dímelo otra vez -susurró.

– Te amo.

La noche se les escapó entre besos, risas, caricias, jugueteos y promesas, ¡miles de ellas! Hicieron el amor en más ocasiones y Fátima encontró por fin el sentido de todas y cada una de aquellas antiguas leyes del placer; su cuerpo atento al más leve de los contactos, su espíritu definitivamente entregado al goce de los sentidos. Hernando la siguió en su camino, descubriendo ese inmenso mundo de sensaciones que sólo logran verse satisfechas con las convulsiones y espasmos del éxtasis. Y después, cada vez, se juraban, el uno al otro, entregarse el universo entero.