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El bando consiguió la rendición en masa de los moriscos, que acudieron al campamento de don Juan de Austria, en el Padul, para entregarse. Pero también consiguió que gran parte del ejército cristiano desertase ante la imposibilidad de obtener beneficios. De los diez mil hombres con que contaba el duque de Sesa al entrar en las Alpujarras, sólo le restaban cuatro mil.

– ¡Nos vamos! ¡Volvemos a Argel! -La orden de Barrax tronó entre sus hombres-. Tenedlo todo preparado para mañana por la mañana. -Luego entró en su tienda-. ¿Me has oído? -gritó a Hernando-. Prepáralo para el viaje -añadió señalando al caballero.

Hernando se volvió hacia el noble: estaba algo mejor, pero…

– Morirá -dijo sin pensar.

Barrax no replicó. Frunció las cejas hasta que los extremos de cada una de ellas llegaron a fundirse por encima de sus ojos entrecerrados. Hernando contuvo la respiración mientras el arráez tuvo clavada su mirada sobre él. Barrax le dio la espalda y abandonó la tienda; su mano derecha acariciaba una daga, como si quisiera indicar al muchacho cuál iba a ser su destino.

Estaba condenado, pensó Hernando: le aguardaba la muerte o, en el mejor de los casos, remar en galeras de por vida. Sentado en el suelo, contempló las cadenas que ataban sus tobillos. No podía correr. ¡Ni siquiera andar! Era un esclavo. ¡No era más que un esclavo aherrojado! Y Fátima… Se llevó las manos al rostro y no pudo contener las lágrimas.

– Los hombres no lloran más que cuando se les muere una madre o tienen las tripas abiertas.

Hernando miró al caballero y tomó aliento, en un intento por contener el llanto.

– Vamos a morir ambos -le contestó, secándose los ojos con la manga.

– Sólo moriremos si Dios lo tiene así dispuesto -susurró el cristiano.

¿Dónde había escuchado esas mismas palabras? ¡Gonzalico! La misma disposición, la misma sumisión. Chasqueó la lengua. ¿Y el islam? ¿Acaso la propia palabra no significaba sumisión?

– Pero Dios nos ha hecho libres para luchar -añadió el caballero, interrumpiendo así sus reflexiones.

Hernando le contestó con una mueca de desprecio.

– ¿Un hombre herido y otro encadenado? -A la vez que efectuaba esa observación señaló hacia el exterior de la tienda. El trajín era constante.

– Si ya has aceptado tu muerte, permite al menos que yo luche por mi vida -replicó el cristiano.

Hernando observó sus cadenas: no eran gruesas pero sí fuertes; sus tobillos aparecían despellejados allí donde rozaban con el hierro.

– ¿Qué harías si te dejase libre? -le preguntó el muchacho con la mirada en las argollas.

– Huir y salvar mi vida.

– Dudo de que seas capaz de andar. Ni siquiera puedes levantarte de ese lecho.

– Lo conseguiré -repitió el caballero; al incorporarse, una mueca de dolor le contrajo el semblante.

– Hay miles de musulmanes ahí fuera. -En esta ocasión, Hernando se volvió hacia él. Percibió un desconocido brillo en la mirada del noble-. Te…

– ¿Me matarán? -se le adelantó el caballero.

La llamada del muecín a la oración interrumpió su conversación. Anochecía. Los preparativos para el viaje cesaron y los fieles se postraron. «Ahora», silabeó el caballero en el silencio anterior al inicio de los rezos, indicando el extremo de la tienda tras el que se encontraban las mulas.

Hernando no rezaba. No lo había hecho desde hacía tiempo. La oración de la noche, aquélla en que los moriscos, libres de la vigilancia de los cristianos, podían rezar con cierta tranquilidad escondidos en sus casas. ¿Qué le habría aconsejado Hamid? ¿Qué diría el alfaquí de liberar a un enemigo cristiano? Volvió la cabeza hacia el poste de entrada de la tienda. El alfanje de Hamid, ¡la espada del Profeta! Por la abertura entre las telas vio cómo los miembros del campamento buscaban orientarse hacia la quibla, preparándose para la oración. El berberisco de guardia, como siempre, se mantenía firme en su puesto, al lado del poste, al lado de las espadas. Hernando recordó la amenaza de Barrax: «Si quieres morir, sólo tienes que empuñar una de ellas». Morir. ¡Muerte es esperanza larga! Fue como si los ojos almendrados de Fátima, cuya imagen estalló de repente en su memoria, le guiasen. ¿Qué importaba ya todo? Cristianos, musulmanes, guerras, víctimas…

– Simula que estás muerto -ordenó al caballero, volviéndose hacia él-. Cierra los ojos y contén la respiración.

– ¿Qué…?

– ¡Hazlo!

El inicio de los rezos de miles de moriscos quebró el silencio. Hernando escuchó los cánticos durante unos instantes y luego asomó la cabeza entre las telas.

– ¡Ayúdame! -Urgió al guardia-. El noble se está muriendo.

El berberisco se introdujo en la tienda, hincó una rodilla junto al herido y le palmeó el rostro. Hernando aprovechó que el guardia le daba la espalda para desenvainar el alfanje; el susurro metálico impelió al berberisco a volver la cabeza. Sin dudarlo, desde donde se encontraba, Hernando volteó el acero y acertó en el cuello del guardia, que cayó muerto sobre el caballero.

El noble apartó el cadáver con esfuerzo.

– Dame mi espada -le pidió, al tiempo que hacía ademán de levantarse. Hernando contemplaba absorto la afilada hoja del alfanje, en la que brillaba una fina línea de sangre-. ¡Por Dios! Dame la espada -suplicó el noble. Hernando miró al cristiano: ¿qué podía hacer aquel hombre en su situación con una espada tan pesada como aquélla?-. Por favor -insistió el caballero.

Le entregó la pesada espada bastarda y se dirigió al extremo de la tienda; las recuas de mulas estaban justo al otro lado. El noble lo seguía, encorvado, con la espada en la mano. Hernando percibió el dolor y la debilidad en los lentos y agarrotados movimientos del herido, y las dudas le asaltaron de nuevo. ¡Era un suicidio! Como si presintiese sus dudas, el caballero alzó el rostro hacia él y sonrió agradecido. Hernando se agachó, se apostó junto a la tela de la tienda e intentó distinguir algo en las sombras. El caballero prescindió de toda cautela: rasgó la tela con decisión, se coló por el agujero y empezó a gatear hacia el exterior. Al pasar a su lado, Hernando vio que la herida volvía a sangrar y que la venda que cubría la placa de cobre aparecía teñida de rojo. Le siguió, también a gatas, con la vista clavada en el suelo, en el alfanje que arrastraba, esperando toparse en cualquier momento con algún soldado de guardia. Pero no fue así, y a los pocos instantes se hallaban debajo de las patas de las mulas. Los murmullos de las oraciones de miles de fieles se confundían con su propia respiración acelerada. El cristiano le sonrió de nuevo, abiertamente, como si ya fueran libres. ¿Y ahora qué?, se preguntó Hernando: el caballero no podría llegar muy lejos, se desangraría, no lograrían recorrer la décima parte de una legua. El cielo se mostraba rojizo por encima de las sierras y el sol anunciaba su pronto ocaso. ¡Los atardeceres de Sierra Nevada! Cuántas veces los había contemplado desde… ¡Juviles! ¡La Vieja! Calló y escrutó entre las patas de los animales. ¿Cómo no iba a reconocer las patas de la Vieja? Las había curado miles de veces. Las localizó e hizo una seña al cristiano para que le siguiera. Al llegar a la mula, acarició los tendones combados y plagados de vejigas. La Vieja estaba aparejada para el viaje. Hernando se puso en pie, sin pararse a comprobar si alguien miraba, si alguien vigilaba. Todos continuaban enfrascados en los rezos de la noche. A su izquierda, a pocos pasos, se abría la quebrada a uno de los incontables barrancos de las Alpujarras.