– En la tienda de al lado. En ésta sólo podían estar…
– ¡Vamos tras ellos! -la apremió, interrumpiéndola de nuevo.
Empezaba a amanecer. Encontraron una recua de mulas a algunos pasos de la tienda y Hernando decidió hacerse con una de ellas para montar a su madre. El arriero, un morisco ya anciano, se despertó en cuanto notó movimiento entre sus animales y Hernando le amenazó con el alfanje. No le mató; le obligó a acompañarlos durante parte del trayecto, el suficiente como para que no tuviera tiempo de denunciar su fuga, y luego lo puso en libertad.
22
Hernando, Aisha y Musa tardaron dos días en recorrer la distancia que los separaba de Padul, donde estaba el campamento de don Juan de Austria. Durante el trayecto se unieron a centenares de moriscos que acudían a rendirse. El príncipe exigió que todos aquellos que transitasen por las Alpujarras con tales fines lucieran una cruz blanca en su hombro derecho, por lo que desde la distancia, aquella larga fila, como muchas otras que andaban otros caminos, parecía una procesión de grandes cruces blancas tejidas sobre los vestidos de unos hombres, mujeres y niños que arrastraban los pies en silencio, derrotados, cansados, hambrientos y enfermos, mientras dejaban atrás la fugaz ilusión de haber recuperado su cultura, su tierra… y su Dios. Todos conocían su destino: el éxodo a los diferentes reinos del monarca cristiano, lejos de Granada, como les había sucedido a los moriscos del Albaicín y de la vega.
Hicieron noche en los alrededores de Lanjarón. Allí se detuvieron algunos cuando la luz empezó a declinar; muchos otros se sumaron a ellos. No hubo zambras, ni fiestas ni bailes; se encendieron pocas hogueras y la gente se preparó para dormir al raso. Tampoco hubo más comida que las escasas provisiones con las que cada uno de ellos pudo hacerse a la partida. Nadie llamó a la oración.
Hernando mordisqueó un pedazo de pan, cogió la mula y se despidió de su madre.
– ¿Adónde vas?
– Tengo que hacer. Volveré, madre -intentó tranquilizar su mirada de preocupación.
Se dirigió al inexpugnable castillo de Lanjarón que se alzaba sobre un cerro rocoso de casi seiscientas varas al sur del pueblo que dominaba las tierras; tres de las cuatro caras de la fortaleza se abrían al vacío sobre impresionantes cortadas de roca. Había sido construido, como muchos otros, en la época nazarí y semiderruido tras la primera revuelta de las Alpujarras en el año 1500, cuando los moriscos se alzaron contra la dura política del cardenal Cisneros que finalizaría con la traición de los Reyes Católicos a los acuerdos de paz de Granada. Mientras cruzaba el campamento, buscó con la mirada a Brahim y Fátima: por más que hubieran huido al ponerse el sol, no podían haber viajado con la sola luz de la luna y tendrían que haberse detenido durante esa primera noche que les llevaban de ventaja, pero no logró reconocerlos entre la multitud de sombras que se movían apesadumbradas. Quizá estuvieran más adelante, ya en Tablate, a donde algunos se habían dirigido para hacer noche.
Recorrió la distancia que le separaba de la fortaleza al amparo de la tenue luz dorada de la luna. La mula era experta y se movía con cuidado, buscando donde pisar en firme… como la Vieja. ¿Qué habría sido de la pobre Vieja? Apartó aquel pensamiento al notar que le asaltaba la nostalgia. ¿Y el caballero? ¿Estaría vivo? Le hubiera gustado saber quién era, pero el cristiano casi desfalleció después de descargar el golpe que le libró de sus cadenas. En cualquier caso, de no haber sido por él, por su ansia de libertad, quizá no hubiera huido y estaría bogando como galeote en El Caballo Veloz de Barrax… o muerto como Yusuf. Volvió a sentir una tremenda angustia al recordar al muchacho. Alzó la mirada hacia la arrogante silueta del castillo y suspiró. Después de todos esos meses de penalidades, las gentes se rendían. Otra vez. ¿Para qué tantas muertes y desgracias? ¿Volvería alguna vez aquel castillo a defender los anhelos de un pueblo ultrajado y oprimido?
Ascendió el caminó y accedió al castillo en ruinas; desmontó despacio, cabizbajo, y esperó a que sus ojos se habituasen a la nueva oscuridad. Eligió el bastión que aún quedaba en pie, en el lado sur de la fortaleza, y se dirigió a él.
Trató de encontrar la dirección de La Meca y cuando creyó haberlo conseguido, cogió arena del suelo y se lavó con ella. Alzó los ojos azules al cielo: unos ojos distintos a los que habían contemplado el alfanje de Hamid por vez primera. El brillo infantil había desaparecido, velado por una expresión de dolor.
– No hay otro Dios que Dios y Muhammad es el enviado de Dios.
Lo recitó en voz baja, en un susurro, con el alfanje de Hamid por encima de su cabeza, sin desenvainar, agarrado por ambos extremos. ¿Cuántas veces había negado a Barrax aquella profesión de fe?
– Hamid, aquí estoy -volvió a susurrar. Escuchó el silencio-. ¡Aquí estoy! -aulló. El grito resonó por cerros y cañadas sorprendiéndole. ¿Qué habría sido del alfaquí? Dejó transcurrir unos instantes y tomó aire-. ¡Alá es grande! -chilló con toda la fuerza de sus pulmones. Sólo le respondieron las silenciosas cumbres-. Prometí que ningún cristiano -añadió con voz temblorosa- se haría con este alfanje.
Lo enterró al pie del bastión, lo más hondo que pudo, desgarrándose los dedos y las uñas mientras escarbaba en la tierra con un punzón que había cogido en el campamento. Luego rezó, sintiendo a Hamid a su lado, como en tantas ocasiones lo habían hecho en Juviles y al final, con la ayuda de una piedra y del punzón, golpeó los pernos de los grilletes hasta que éstos saltaron y dejaron a la vista unos tobillos descarnados.
El sol superaba el mediodía cuando el grupo de Hernando llegó al campamento de don Juan de Austria. A un cuarto de legua de su destino, las mujeres empezaron a descubrirse cabezas y rostros y a esconder entre sus ropas las joyas prohibidas. En un gran llano a las afueras del Padul, los moriscos eran recibidos por varias compañías de soldados.
– ¡Rendid vuestras armas! -gritaban mientras les obligaban a formar en filas-. ¡Aquel que alce un arcabuz, una ballesta o empuñe una espada, morirá en el acto!
En la cabecera de cada una de aquellas largas filas, una serie de escribanos, sentados detrás de unas mesas que desentonaban en el campo, tomaba nota de los datos personales de los moriscos y de las armas que entregaban; la espera era interminable debido a la indolencia y lentitud con que los escribanos cumplían con su tarea. A su lado, otro ejército, éste de sacerdotes, rezaba alrededor de los moriscos, exigiéndoles que se sumasen a sus oraciones, se santiguasen o se postrasen ante los crucifijos que les mostraban. De las filas se alzaban los mismos tediosos e ininteligibles murmullos que durante años se habían podido escuchar en las iglesias de las Alpujarras y con los que los moriscos respondían a los requerimientos de los sacerdotes.
– ¿Qué llevas ahí? -le exigió a Hernando un soldado con la cruz roja de san Andrés de los tercios bordada en su uniforme, señalando la bolsa que portaba en la mano derecha.
– No es… -empezó a decir Hernando abriéndola e introduciendo la otra mano con indolencia.
– ¡Santiago! -gritó el soldado desenvainando su espada ante lo que le pareció una actitud sospechosa.
Rápidamente varios soldados acudieron a la llamada de su compañero mientras los moriscos se apartaban de Hernando, Aisha y Musa, que al instante se encontraron rodeados de hombres armados. Hernando seguía con la mano en el interior de la bolsa.
– No escondo arma alguna -intentó tranquilizar a los soldados, empezando a extraer, lentamente, la cabeza del arráez-. ¡Esto es lo que queda de Barrax! -gritó mostrándola agarrada del cabello-. ¡El capitán corsario!
Los murmullos se extendieron incluso por las filas moriscas. Uno de los soldados veteranos ordenó a un bisoño que fuera en busca del cabo o del sargento mientras otros soldados y sacerdotes se sumaban al corro alrededor del muchacho y sus acompañantes. Todos sabían quién era Barrax.