– Ahora tú -indicó uno de los sacerdotes a Fátima-, reza el Padrenuestro.
La muchacha no contestó. Al cabo de unos instantes, los dos sacerdotes y el sacristán mostraron su impaciencia.
Fátima permanecía absorta en su desgracia. Esa misma noche, Brahim, a la vista de Hernando, de Aisha y de centenares de moriscos que se amontonaban en el suelo tratando de dormir, la había poseído sin el menor pudor, como si quisiera demostrar a todos ellos que continuaba siendo su dueño. Hernando, rabioso, tuvo que alejarse de los gemidos de placer de su padrastro. Salió al exterior buscando aire, sin poder evitar que a sus ojos asomaran ardientes lágrimas de impotencia.
– ¿No sabes el Padrenuestro? -inquirió Andrés entrecerrando los ojos.
Hernando la empujó suavemente con el antebrazo y la muchacha reaccionó. Recitó con voz trémula el Padrenuestro y también el Avemaría, pero fue incapaz de acertar con el Credo, la Salve y los Mandamientos.
Uno de los sacerdotes le ordenó que todos los viernes, durante tres años, acudiese a su parroquia hasta aprender correctamente el catecismo; así lo hizo constar en su cédula. Luego, como era preceptivo, les obligaron a confesar.
– ¿Eso es todo? -bramó el cura que confesaba a Fátima cuando ésta dio por terminada la declaración de sus pecados. Hernando, que esperaba su turno, de pie junto al confesionario, se encogió-. Don Juan puede haber ordenado vuestro matrimonio, pero el enlace no se llevará a cabo si no confiesas correctamente y te arrepientes de tus pecados. ¿Qué hay de tu adulterio? ¡Vives en pecado! Vuestros esponsales moros carecen de eficacia. ¿Qué hay de la sublevación? ¿De los insultos y blasfemias, de los asesinatos y sacrilegios que has cometido?
Fátima tartamudeó.
– ¡No puedo absolverte! No veo en ti contrición ni arrepentimiento, ni propósito de enmienda.
La muchacha, arrodillada, no pudo observar la mueca de satisfacción del cura en el interior del confesionario, pero Hernando sí que percibió las sonrisas de Andrés y del otro sacerdote, pendientes de la confesión. ¿A qué esas sonrisas? Si no los casaban… ¡la Inquisición! Vivían en pecado. Ni siquiera el príncipe podía detener a la Suprema.
– ¡Confieso! -gritó el muchacho hincándose de rodillas en el suelo-. Confieso vivir en pecado y me arrepiento por ello. Confieso haber presenciado el sacrilegio en las iglesias…
Fátima empezó a repetir, mecánicamente, las palabras de Hernando.
Ambos confesaron los mil pecados que los sacerdotes deseaban oír, se arrepintieron y prometieron vivir en lo sucesivo en la virtud cristiana. Esa noche la sufrieron como penitencia en el interior de la iglesia: Hernando rezó en voz alta, intentando esconder con sus palabras el pertinaz silencio en que permanecía Fátima, arrodillada a su lado.
A la mañana siguiente, con la sola presencia de Brahim, vigilante, amenazador, y algunos cristianos viejos del pueblo expresamente llamados para actuar como testigos, la pareja contrajo matrimonio. Volvieron a comulgar. Hernando percibió cómo Brahim se removía inquieto ante la formalidad de la ceremonia y permitió que «la torta se deshiciese lentamente en su boca. ¡Le estaban casando con Fátima! ¿Qué importaba lo que sucediera después? Brahim volvería a reclamar a Fátima y dentro de la comunidad morisca ella seguía siendo su segunda esposa, pero nada podía hacer ahora el arriero, salvo controlar sus impulsos ante la solemnidad con la que afrontaban su fingido matrimonio. El sacerdote los declaró marido y mujer, y Hernando, en silencio, imploró la ayuda de Alá.
La boda les costó la mula. Hernando tuvo la tentación de oponerse y alegar que el precio máximo por las bodas era el de dos reales para el cura, medio para el sacristán y una ofrenda humilde, pero no disponía de dinero; sólo tenía aquella mula que tampoco era suya. La última advertencia que recibieron los recién casados antes de abandonar el templo fue la de que no debían cohabitar ni mantener relaciones durante los siguientes cuarenta días.
En la vega de Granada, los moriscos vivían a la intemperie y casi sin fuego, al no poder conseguir la madera de los árboles frutales que dominaban el paisaje. Malbarataron cuanto habían podido conservar para obtener trigo, y hasta el agua, que con tanta abundancia se repartía entre los cultivos conforme a estrictas reglas ancestrales, se convirtió para ellos en un bien escaso. Andrajosos, vivían a centenares allí donde encontraban un pedazo de tierra yermo; las casas de los moriscos de la vega, expulsados con anterioridad a su llegada, estaban ahora ocupadas por cristianos. Compartían lo poco de lo que disponían, a la espera del anunciado éxodo. Tras la boda, Brahim volvió a reclamar a Fátima. Luego, ya en la vega, Hernando se vio obligado a acompañarle mientras recorrían aquellos vergeles prohibidos en busca de algo con lo que alimentarse; Brahim vigilaba en todo momento que su hijastro no se encontrara a solas con Fátima y cuando, por una u otra razón, eso sucedía, la muchacha le rehuía.
– No insistas -le aconsejó un día su madre-. Lo hace por Humam… y por mí. Brahim podría matar al pequeño si se enterase de que habla contigo. ¡La ha amenazado con ello! Lo siento, hijo.
Hernando se refugió en la comunión vivida en la iglesia del Padul; en ese instante en que se sintió esposo de Fátima. ¡Irónico! ¡En una iglesia cristiana! Quizá algún día…
En la vega, a la espera de la decisión del príncipe, los moriscos vivieron el desconsuelo por la derrota que entonces, desarmados y sometidos, encarcelados en las que fueran sus tierras, percibieron en toda su magnitud. ¿Adónde los desterrarían? ¿De qué vivirían? La preocupación acerca de su futuro en lejanos reinos hostiles, dominados por unos cristianos que no escondían su odio hacia los vencidos, los atenazaba en todo momento. Si alguien todavía confiaba en la revuelta de Aben Aboo, las noticias no invitaban al optimismo: el comendador mayor de Castilla y el duque de Arcos combatían con eficacia a las escasas fuerzas del rey de al-Andalus.
El primero de noviembre, cuando arreciaba el mal tiempo y la subsistencia se planteaba imposible para aquel pueblo hundido en la miseria, don Juan de Austria ordenó por fin su expulsión. A los moriscos de la vega de Granada les dieron orden de reunirse junto al Hospital Real de Granada, en un gran descampado extramuros de la ciudad. El hospital, la vieja puerta de Elvira que daba acceso al Albaicín y a la medina musulmana, el convento de la Merced, la iglesia mudéjar de San Ildefonso, y grandes y numerosas huertas valladas rodeaban el lugar.
Miles de moriscos se acumularon en el llano, frente al Hospital Real, custodiados por los soldados del corregidor don Francisco de Zapata, a la espera de que los contadores y escribanos dispuestos en su interior los censasen y tomasen escrupulosa nota de sus lugares de destino.
El 5 de noviembre, en medio de una tempestad, harapientos, famélicos y enfermos, tres mil quinientos moriscos, los Ruiz de Juviles entre ellos, abandonaron Granada por el camino de la Cartuja. Durante siete días recorrieron escoltados las más de treinta leguas que separaban Granada de Córdoba, acomodando las etapas de su viaje al bienestar del corregidor y sus oficiales, que buscaban detenerse en aquellos lugares en los que podían hacer noche sin prescindir de cama y comida.
Durante la primera etapa caminaron hasta Pinos, en la vega, a cerca de tres leguas de Granada. Don Francisco de Zapata se acomodó en el pueblo, pero los moriscos tuvieron que aguantar la noche bajo la lluvia, en las afueras, protegiéndose unos a otros. El reparto de comida fue escaso. Los lugareños se mostraron reacios a aumentar a quienes habían denostado de la cristiandad. Al amanecer iniciaron el ascenso a Moclín, lugar en el que se alzaba una imponente fortaleza que protegía el acceso a la vega y a la ciudad de Granada. La distancia que recorrieron fue la misma que la de la primera jornada, pero en este caso ascendiendo y sintiendo cómo el frío de la sierra se enredaba en las ropas empapadas por la lluvia para colarse hasta los mismos huesos. No podían quedar moriscos en el camino, por lo que todos los hombres hábiles fueron obligados a ayudar a los enfermos o incluso a transportar los cadáveres. No había carro alguno. Hernando, lejos de Fátima y Aisha, que caminaban por delante, cargó durante la ascensión con un anciano escuálido incapaz de sostenerse en pie, con una tos seca que a medida que transcurrió la jornada se convirtió en un sordo estertor que machacaba los oídos del muchacho. Falleció esa misma noche, como setenta moriscos más. El único consuelo para los deportados fue que, tras cargar con sus muertos hasta la siguiente parada, la falta de ataúdes les permitía enterrarlos en tierra virgen.