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Algunos, desesperados, optaron por la huida, pero el príncipe había dispuesto que todo morisco que intentara huir pasaría a ser esclavo del soldado que le detuviese, por lo que la falta de cualquier hombre, mujer o niño daba paso a una ávida cacería por parte de los cristianos, quienes después herraban al fuego a sus nuevos esclavos, en la frente o en los carrillos, mientras los aullidos de dolor corrían por las filas de deportados. Ningún morisco alcanzó la libertad.

De Moclín se dirigieron a Alcalá la Real, a otras tres leguas, caminando por lo alto de la sierra. Hernando fue llamado a cargar con una matrona coja en sustitución del anciano muerto, para lo que necesitó la ayuda de otro muchacho de su edad. La noche anterior percibió en Fátima preocupación por el pequeño Humam, cuyas toses ella trataba de apaciguar contra su pecho.

En Alcalá la Real, a los pies de una colina coronada por otra fortaleza en cuyo interior amurallado se construía una imponente abadía sobre una antigua mezquita, fue donde Aisha anunció a su hijo la muerte del pequeño Humam durante la marcha de ese día: al igual que el anciano, sus toses se fueron convirtiendo en una respiración silbante y la criatura empezó a tiritar de tal modo que la propia Fátima hizo suyos aquellos temblores entre el llanto y los gritos de impotencia. No les permitieron detenerse. Fátima, desgarrada, rogó de rodillas a los cristianos que la ayudasen, que le permitiesen detenerse un momento para procurarle algo caliente al niño, pero sus muchas súplicas fueron respondidas con el desprecio. La soldadesca parecía más atenta a la posibilidad de que aquella joven madre, bella incluso en su sufrimiento, tomase la desesperada decisión de huir para cuidar de su hijo; por Fátima se podría obtener un buen precio en el mercado de Córdoba.

– Nadie nos ayudó -sollozó Aisha recordando las miradas de compasión de los demás moriscos.

Siguieron adelante hasta que a menos de una legua de Alcalá, madre e hijo dejaron de temblar. La propia Aisha tuvo que despegar el cadáver del niño de los agarrotados brazos de su madre.

Como esposo cristiano de la muchacha, Hernando compareció ante los escribanos, que tomaron nota y certificaron la defunción del pequeño Humam; Fátima no hablaba. Luego, al anochecer, Hernando, Brahim, Aisha y Fátima se apartaron del asentamiento morisco y como otras tantas familias musulmanas, vigilados de lejos por los soldados, procedieron a enterrarlo. Aisha lavó con delicadeza el cadáver del pequeño con el agua fría y cristalina que corría por una acequia. Escondida entre las ropas de Humam, encontró la mano de Fátima, que guardó; no era el momento de devolver la joya a la muchacha. Hernando creyó escuchar en boca de su madre aquellas mismas canciones de cuna que tanto recordaba; Aisha las canturreaba en voz baja, como cuando le premiaba a él con aquellos momentos. Brahim cavó una tumba cerca del lugar. Fátima ya no tenía lágrimas. No hubo alfaquí, ni oraciones, ni lienzo para envolver al pequeño. Brahim lo depositó en el hoyo con su madre que, en pie, enajenada, ni tan siquiera se acercó a la tumba.

A partir de Alcalá la Real, las etapas se hicieron más largas. Descendieron hasta la campiña de Jaén. Brahim ayudaba a Fátima, que se dejaba arrastrar. No hablaba; no parecía vivir. Hernando sentía mareos y escalofríos en cada ocasión en que vislumbraba el cuerpo inerme de Fátima colgando de su padrastro. Al cabo de tres jornadas más, llegaron a Córdoba. Harapientos, descalzos, con niños y enfermos a cuestas, ordenados de cinco en fondo, flanqueados por sendas compañías de alabarderos y arcabuceros, entraron en la ciudad al son de la música y la curiosidad de sus gentes. Los soldados, en formación, iban ataviados con sus mejores galas.

De tres mil quinientos que partieron de Granada, sólo llegaron tres mil. ¡Quinientos cadáveres sembraron la macabra ruta!

Era el 12 de noviembre de 1570.

II En nombre del amor

Yo no sabía qué era esto, pues no hubiera permitido que se llegase a lo antiguo, porque hacéis lo que puede haber en otras partes y habéis deshecho lo que era singular en el mundo.

Palabras atribuidas al emperador Carlos I en

el año 1526, a la vista de la catedral cristiana

en el interior de la mezquita de Córdoba,

cuyas obras él mismo había autorizado,

poniendo fin a las disputas entre el cabildo

municipal y el catedralicio acerca de la

conveniencia de su construcción.

24

Dejaron a sus espaldas la fortaleza de la Calahorra, cruzaron el puente romano sobre el Guadalquivir y accedieron a Córdoba por la puerta del Puente, que daba a la fachada trasera de la catedral de la ciudad. En formación, vigilados por los soldados y escrutados por la ciudadanía apelotonada a su paso, Hernando, como muchos otros moriscos que reconocieron en la catedral cristiana la maravillosa mezquita de la Córdoba de los califas, desvió la mirada hacia el templo. Alpujarreños humildes, ligados a sus tierras, nunca habían tenido oportunidad de verla, pero sí que sabían de ella, y aun extenuados, la curiosidad asomó a sus rostros. Justo detrás de aquella pared centenaria, bajo la cúpula, se hallaba el mihrab, el lugar desde el que el califa dirigía la oración. Algunos murmullos corrieron entre los deportados, que inconscientemente aminoraron la marcha. Un hombre que llevaba a un niño sobre los hombros señaló la mezquita.

– ¡Herejes! -gritó una mujer ante aquellas muestras de interés.

Inmediatamente, el gentío se sumó a las ofensas, como si quisiera defender la iglesia de miradas profanas:

– ¡Sacrílegos! ¡Asesinos!

Un anciano fue a lanzarles una piedra, pero los soldados se lo impidieron y apremiaron el paso de la columna. Cuando sobrepasaron la fachada posterior de la catedral, las calles se hicieron más angostas y los soldados dispersaron a los ciudadanos, que sólo pudieron seguir observando a la comitiva desde los balcones de las casas encaladas de dos pisos. Los moriscos recorrieron la calle de los Cordoneros, pasaron por la Alhóndiga y la calle de la Pescadería, cruzaron la de Feria y llegaron hasta la desembocadura de la calle del Potro. La cabeza del cortejo se detuvo en la plaza del Potro, el mayor enclave comercial de la ciudad y lugar elegido por el corregidor Zapata para tenerlos en custodia.

La plaza del Potro era una plazuela cerrada, centro del barrio del mismo nombre, donde trataron infructuosamente de acomodarse los tres mil moriscos que habían superado el éxodo, aunque la mayor parte terminó diseminada por las calles adyacentes. Pocos pudieron encontrar alojamiento, y menos aún pagarlo, en la posada del Potro, situada en la misma plaza, en la de la Madera, en la de las Monjas o en cualquiera de las muchas otras que existían en los alrededores. El corregidor estableció controles de acceso a la zona y allí, en las calles, a cargo y cuenta del cabildo municipal, quedaron los moriscos a la espera de las instrucciones del rey Felipe acerca de su destino final.

La noche se les echó encima mientras la mayor parte de ellos saciaba la sed en grandes tinajas. Cuando les llegó el turno, y mientras Brahim sorbía el agua, volcado bajo el chorro, Hernando observó a Fátima: su cabello, ahora astroso y sucio, enmarcaba un rostro de pómulos marcados y ojos hundidos y amoratados, unas facciones consumidas en las que destacaban los huesos. Vio cómo le temblaban las manos al unirlas en forma de cuenco y tratar de llevarlas hasta sus labios; el agua se le escapó entre los dedos antes de llegar a la boca. ¿Qué sería de ella? No resistiría un nuevo viaje.