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Nadie osó lavarse; por más que el corregidor hubiera cerrado las calles, la medida afectaba tan sólo a los moriscos, y los viajantes, mercaderes, tratantes de ganado y artesanos que trabajaban y vivían en la zona -silleros, espaderos, lineros, fabricantes de agujas o curtidores-, transitaban con soberbia entre la masa de deportados, vigilándolos, igual que hacían los muchos sacerdotes que merodeaban entre ellos o la multitud de desocupados que diariamente acudían al lugar: mendigos o aventureros que aprovechaban para tratarlos con desprecio.

Los moriscos estaban agotados y hambrientos. De pronto, los cristianos aparecieron con grandes peroles de un potaje de verduras ¡Y tripas de cerdo! Entonces los sacerdotes se dedicaron a detenerse, aquí y allá, para comprobar que nadie rehusaba comer el alimento que su religión les prohibía.

– ¿Por qué no come? -preguntó uno de ellos, señalando a Fátima. La joven estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la fachada de uno de los edificios de la calle del Potro; la escudilla con la comida se hallaba intacta entre sus pies.

Fátima ni siquiera levantó el rostro al oír al sacerdote. Brahim, absorto en los pedazos de entraña que flotaban en su tazón, no contestó. Aisha tampoco lo hizo.

– Está enferma -se apresuró a excusarla Hernando.

– En ese caso, la comida le vendrá bien -arguyó el cura, y, con un gesto, la instó a comer.

Fátima siguió impasible. Hernando se arrodilló junto a ella, tomó el cucharón y lo colmó de caldo… y un pedazo de cerdo.

– Come, por favor -susurró a Fátima.

Ella abrió la boca y Hernando introdujo el potaje en su interior. La grasa resbaló por el mentón de la muchacha antes de que una arcada la obligase a escupir la comida a los pies del sacerdote. El hombre saltó hacia atrás.

– ¡Perra mora!

Los moriscos que se hallaban a su alrededor se apartaron y formaron un corro. Todavía de rodillas, arrastrándose, Hernando se volvió hacia el cura y se dirigió a él.

– ¡Está enferma! -exclamó-. ¡Mirad! -Cogió el pedazo de cerdo del suelo y se lo llevó a la boca-. Es… es mi esposa. Sólo está enferma -repitió-. ¡Mirad! -Volvió a donde estaba la escudilla, cargó el cucharón de pedazos de tripas y las comió-. Sólo está enferma… -balbuceó con la boca llena.

El sacerdote contempló durante un buen rato cómo Hernando masticaba y tragaba el cerdo, y cómo repetía, hasta que pareció darse por satisfecho.

– Volveré -dijo antes de darles la espalda y encararse con el morisco que tenía más cercano- y entonces confío en que haya mejorado y haga honor a la comida que con tanta generosidad os proporciona la ciudad de Córdoba.

Enfrente de donde se encontraban Fátima y Hernando, al otro lado de la calle, se abría una diminuta calleja sin salida, en la que ni siquiera cabían dos hombres de costado y que llevaba desde el Potro hacia el Guadalquivir. La puerta de madera que daba paso a la calleja se hallaba en aquel momento abierta y mostraba una hilera de boticas o pequeños locales, algunos de un solo piso, que se extendían a ambos lados y en toda su longitud. Justo en la puerta del callejón, armado, charlando con los clientes que entraban o salían del lupanar, el alguacil de la mancebía de Córdoba contemplaba a los moriscos. Detrás de él, sin atreverse a salir a causa de sus prohibidas vestiduras y alhajas que sólo podían utilizar en el interior de la mancebía, algunas mujeres asomaban la cabeza, y entre todas ellas, procurando no despertar los recelos del alguacil, un hombre presenciaba las súplicas del joven morisco por aquella muchacha enfermiza. ¿Había dicho que era su esposa? Esbozó una sonrisa que se desdibujó en su mejilla derecha, allí donde la infame «S» aparecía herrada al fuego. ¡Hernando! Habían transcurrido casi dos años desde que se despidieron en el castillo de Juviles. Durante todo ese tiempo, aquel hombre había pensado en Hernando todos los días: era el hijo que nunca había tenido… Emocionado al verlo con vida, pensó con orgullo que el joven había crecido y, pese a lo andrajoso de su aspecto, era evidente que ya era un hombre. ¿Qué edad tendría? ¿Dieciséis?, se preguntó Hamid.

– ¡Francisco! -gritó el alguacil al percatarse de su presencia en la puerta-. ¡Ve a trabajar! Y vosotras también -añadió, azuzando con las manos a las mujeres.

Hamid dio un respingo y cojeó a lo largo de la calleja, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas. ¡Hernando! Había creído que no volvería a encontrarlo… ¿Cuántos vecinos más de Juviles habrían llegado en aquella nueva partida? No las había visto, pero le constaba que en la ciudad se hallaban varias esclavas procedentes de Juviles, capturadas antes del perdón concedido por don Juan de Austria; todos los demás moriscos libres que se establecieron en Córdoba provenían del Albaicín o de la vega de Granada, procedentes de las primeras deportaciones. En silencio, dio gracias al Clemente por haber protegido la vida y la libertad del muchacho. Pero ¿qué le sucedía a su esposa? Se la veía enferma; temblaba de manera convulsiva. Hernando debía amarla puesto que saltó a ciegas en su defensa, arrastrándose de rodillas hasta el cura. Se detuvo ante la puerta de una pequeña botica de dos pisos y acercó la oreja. No se oía nada en su interior. Llamó con los nudillos.

– Debes comer. -Hernando se dejó caer al lado de Fátima. Al instante, Brahim alzó la mirada de su escudilla.

– Déjala -gruñó-, no te acerques…

– ¡Cállate! ¿Acaso quieres que fallezca? ¿La dejarás morir y después matarás a mi madre porque yo haya intentado ayudarla?

Brahim observó a la muchacha: encogida, temblorosa.

– Ocúpate tú, mujer -ordenó a Aisha, que comía cerrando los ojos cada vez que se llevaba el cucharón a la boca-, procura que no muera.

– Debes alimentarte, Fátima -susurró Hernando al oído de Fátima. Ella no contestó, no lo miró, continuó temblando-. Sé que sientes la pérdida de Humam, pero no comer no le devolverá la vida. Todos le echamos de menos…

– Déjame a mí -le instó Aisha, en pie frente a él. Hernando alzó sus ojos azules; su mirada expresaba una profunda consternación-. Déjame -repitió ella con dulzura.

Aisha tampoco consiguió que Fátima reaccionase. Intentó forzarla a tragar la sopa, dando cuenta ella del cerdo por si volvía algún sacerdote, pero tan pronto como conseguía introducirle algo de líquido o alguna verdura, la muchacha lo devolvía. Hernando, en cuclillas, observaba cómo su madre luchaba por alimentar a Fátima; contenía la respiración cuando lo conseguía, y se desesperaba hasta golpear la tierra con los nudillos al ver cómo el cuerpo de la muchacha rechazaba el alimento.

– Dicen que hay un hospital en la plazuela -le comentó una mujer morisca que presenciaba la escena con angustia.

Cuando Hernando la interrogó con la mirada, la mujer le señaló la plaza del Potro; él salió corriendo, pero tuvo que detenerse varios pasos más allá: una multitud se apelotonaba en lo que debía ser la entrada del hospital, frente a un pórtico cerrado por un doble arco de medio punto. Con todo, se acercó y luchó por abrirse paso entre la gente, haciendo caso omiso de las protestas.

– Ya os he dicho -logró escuchar que decía el capellán- que las catorce camas del hospital están ocupadas y en más de la mitad de ellas hay dos personas. Pero, además, para acceder al hospital es necesaria la orden del médico o del cirujano y ahora no está ninguno de los dos.