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Los cristianos no trabajaban los domingos de modo que, en el primer festivo que pasaban en la ciudad, Hernando escapó ofuscado de la mísera casa de dos pisos situada en un callejón sin salida que a la calle de Mucho Trigo y en la que, en seis pequeñas estancas, se hacinaban siete familias moriscas, entre ellas la suya.

– Hay algunas casas en las que llegan a vivir catorce y dieciséis familias -les había comentado Hamid al proponerles aquella vivienda-. El rey -explicó ante sus gestos de incredulidad- ha dispuesto que los moriscos compartan casa con cristianos viejos a fin de que éstos puedan controlarlos, pero el cabildo no ha creído oportuno obedecer esa orden al entender que ningún cristiano querría vivir con nosotros, y ha dispuesto que vivamos en casas independientes, siempre que éstas se sitúen entre dos edificios ocupados por cristianos. Además -añadió, chasqueando la lengua-, aquí todas las casas son propiedad de la Iglesia o de los nobles, que cobran muy buenas rentas por su alquiler, cosa que no podrían hacer si viviésemos en las de los cristianos. Debemos ser más de cuatro mil moriscos los que hemos llegado a la ciudad. No les ha costado mucho a los veinticuatros de Córdoba adoptar esa decisión: pagan unos sueldos míseros, pero ganan mucho dinero con nosotros: primero nos explotan y después nos roban nuestros exiguos ingresos con las rentas de sus casas.

Como habían sido los últimos en llegar, les tocó compartir habitación con un matrimonio joven que acababa de tener un hijo, el cual parecía despertar sentimientos encontrados en una Fátima apesadumbrada. La muchacha se limitaba a seguir las instrucciones que en todo momento le daba Aisha. Luego, una vez cumplidas, volvía a su pertinaz silencio, que sólo interrumpía para musitar alguna oración. A veces alzaba el rostro cuando oía llorar al pequeño. Hernando, en las pocas ocasiones en que se encontraba en casa, intentó averiguar qué trataban de expresar aquellos ojos negros ahora siempre apagados, pero sólo podía leer en ellos una inmensa congoja.

Pero también Aisha dejaba escapar miradas tristes hacia el recién nacido. En el mismo momento en que las autoridades los censaron, como hacían con todos los menores deportados, les arrebataron a Aquil y Musa, quienes fueron entregados a piadosas familias cordobesas que debían educarlos y convertirlos a la fe cristiana. Aisha y Brahim, tan impotente como su mujer por una vez, se habían visto obligados a contemplar cómo los niños, deshechos en lágrimas, eran apartados de su familia y puestos en manos de desconocidos. El rostro del arriero expresaba una furia salvaje: ¡eran sus varones! ¡El único orgullo que le quedaba!

Sin embargo, no era Fátima, ni la expectativa de compartir durante largo tiempo la habitación con el joven matrimonio y su pequeño, lo que impulsó aquel domingo a Hernando a levantarse antes de que saliese el sol y a salir con sigilo. Esa noche, amontonados todos en la habitación y por primera vez en muchos meses, Brahim había buscado a Aisha y ella se entregó a él como lo que era: su primera esposa. Hernando, encogido y tenso en su jergón, escuchó los suspiros y jadeos de su madre justo a su lado. ¡No había espacio para más! En la penumbra, los párpados prietos sobre sus ojos, sufrió al notar cómo ella procuraba el placer de Brahim, volcándose en él tal y como debían hacerlo las mujeres musulmanas: buscando el acercamiento a Dios a través del amor.

No quería ver a su madre. No quería ver a Brahim. ¡No quería ver a Fátima!

¡Pero aquella sensación de ahogo no cedió por más que huyera de la habitación y empezara a pasear por las calles de Córdoba bajo el sol que empezaba a alumbrarlas. Primero pensó en dirigirse a la mezquita: contemplar de cerca aquella construcción que sobresalía por encima de todos los edificios de Córdoba y que tantas veces veía al cruzar el puente romano, cuando volvía a la curtiduría cargado con el estiércol. No quedaba ninguna otra mezquita en la ciudad de los califas. El rey Fernando ordenó que sobre ellas se levantasen iglesias; hasta catorce se construyeron a expensas de los lugares de culto musulmanes. Luego derribaron las demás. La mezquita de los califas tampoco lo era ya, pero se comentaba que aún podían verse las celosías sobre las puertas de entrada, los arabescos o las largas filas de columnas coronadas por dobles arcos de herradura en ocre y colorado que la hacían única en el mundo; decían también que si uno se empeñaba, todavía podían oírse los ecos de las oraciones de los creyentes.

Al recordar los insultos de los cristianos a su llegada a Córdoba y la suspicacia con la que la gente le miraba cuando, cargado de estiércol, se acercaba a la mezquita tras cruzar el puente romano, Hernando desechó la idea. ¡Hasta los niños parecían defender el templo de los herejes! Anduvo por lo tanto sin rumbo por las calles de la Ajerquía y la Medina, y se percató de que Córdoba era en sí misma, toda ella, un gran templo de la cristiandad. A los catorce templos construidos por el rey castellano, que eran sede de las parroquias de la ciudad, se sumaba uno más, posterior, y casi una cuarentena de pequeños hospitales o asilos, todos con su correspondiente iglesia. Entre iglesias y hospitales había grandes extensiones de terreno con magníficos conventos ocupados por órdenes religiosas: San Pablo, San Francisco, la Merced, San Agustín y la Trinidad. Y también imponentes conventos de monjas, como el de la Santa Cruz, lindante con la calle de Mucho Trigo, donde vivía Hernando, el de Santa Marta, y otros tantos que se habían ido construyendo desde la conquista, todos escondidos a la curiosidad de los vecinos mediante largos y altos muros ciegos encalados, sólo abiertos en las puertas de acceso.

En cualquier rincón de las calles de Córdoba aparecían pinturas o esculturas de Ecce Homos, Vírgenes, santos o Cristos, algunos a tamaño natural, e infinidad de altares que los cristianos viejos mantenían siempre iluminados con velas, las únicas luces nocturnas de la ciudad. Minúsculas ermitas, alguna de ellas para no más de doce personas, beateríos y casas de emparedadas se diseminaban por todo el caserío, al igual que lo hacían monjes o cofrades constantemente, pidiendo limosna entre el soniquete de rosarios cantados por las calles.

¿Cómo iban a poder sobrevivir ellos en aquel gigantesco santuario?, pensó Hernando de pie, con la mirada perdida en la fachada de la iglesia de Santa Marina, cerca del matadero, más allá del cementerio que rodeaba el templo por tres de sus costados, a donde le llevaron sus pasos, al norte de la ciudad.

¡Juviles! ¡La sierra!, gritó en su interior. Allí quieto, bajo los primeros rayos de sol, se sintió sucio y apestando a estiércol putrefacto.

– Ni se te ocurra lavarte -le había advertido Hamid-. Es uno de los comportamientos que los cristianos vigilan y consideran como una señal de herejía.

– Pero…

– Piensa que ellos no lo hacen -le interrumpió el alfaquí-. En ocasiones se lavan los pies y algunos, la mayoría, sólo se bañan una vez al año, en el día de su onomástica. Las puntillas de sus camisas son nidos de piojos y pulgas. ¡Lo sufro! Ten en cuenta que una de mis responsabilidades es cambiar las sábanas de la mancebía.