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– Lo siento -insistió Hernando-. ¡Lo siento todo! Siento haber nacido musulmán; siento el levantamiento y la guerra; siento no haber sido capaz de prever lo que iba a suceder y soñar esperanzado como lo hicieron miles de nuestros hermanos; siento nuestros deseos de libertad; siento…

Hernando calló de repente. Su deambular les había llevado a la Medina, al barrio de Santa María, más allá de la catedral, una intrincada de callejas y callejones sin salida, como en muchas ciudades musulmanas. Un grupo de personas corría hacia ellos: se agolpaban en el estrecho callejón, gritaban, y algunos se detenían un instante para mirar nerviosa y fugazmente hacia atrás antes de reemprender la carrera.

– ¡Un toro! -oyó que gritaba una mujer al pasar junto a ellos.

– ¡Que vienen! -chilló un hombre.

¿Un toro? ¿Cómo podía ser que allí, en una calleja de Córdoba…? No tuvo tiempo de pensar nada más. Se habían quedado parados; por aquel estrecho espacio se aproximaban cinco jinetes engalanados, tirando de un impresionante toro ensogado a sus sillas de montar: unas sogas en los cuernos, otras en el pescuezo del animal. Las grupas de los caballos chocaban contra las paredes y los jinetes volteaban sus monturas con habilidad. El toro se defendía bramando, y los hombres tiraban de él hacia delante cuando el animal se revolvía hacia atrás o lo refrenaban desde atrás cuando parecía que iba a alcanzar y cornear a los de delante. Los bramidos del toro, los relinchos de los caballos, los cascos contra la tierra y los gritos de los jinetes resonaron en el callejón.

– ¡Corre! -gritó, agarrando a Fátima de un brazo.

Pero la dejó atrás. Hernando se detuvo y se volvió nada más notar que el brazo de Fátima se soltaba de su mano. Los dos primeros jinetes estaban a menos de quince pasos de ella. Tiraban del toro, ciegos, ajenos a lo que sucedía delante. Fue sólo un instante en el que creyó ver a Fátima de espaldas a él, erguida como no lo había estado en mucho tiempo, firme, con los puños apretados a sus costados, ¡buscando la muerte! Saltó sobre ella justo en el momento en que el primer jinete iba a arrollarla. El caballero ni siquiera había intentado detenerse. En la caída chocaron contra la pared de una casa; él trató de proteger a Fátima, tumbándose sobre su cuerpo. Otro de los caballos saltó por encima; el toro lanzó una cornada que, por suerte, no les alcanzó y que descascarilló la pared por encima de sus cabezas. El último jinete que galopaba por su lado también los rebasó, pero en esta ocasión Hernando notó cómo el caballo le pisaba la pantorrilla.

Después de los caballos, otro grupo de gente pasó corriendo sin preocuparse de la pareja tumbada en el suelo, que permanecía inmóvil mientras el estruendo se convertía en un eco a lo largo del callejón. Hernando sintió la respiración entrecortada que agitaba el cuerpo de Fátima. Al levantarse, también sintió un dolor agudo en la pierna izquierda.

– ¿Estás bien? -preguntó a la muchacha mientras, dolorido, intentaba ayudarla.

– ¿Por qué siempre tienes que salvarme la vida? -le espetó ella una vez en pie, frente a él. Temblaba, pero sus ojos…, era como si después de haberse enfrentado a la muerte, sus ojos negros hubieran recobrado la vida. Hernando, con los brazos extendidos, intentó agarrarla de los hombros, pero ella se soltó-. ¿Por qué…? -empezó a gritar Fátima.

– Porque te quiero -la interrumpió alzando la voz, todavía con los brazos extendidos-. Sí. Porque te quiero con toda el alma -repitió en voz baja y trémula.

Fátima clavó en él su mirada. Transcurrieron unos instantes antes de que una lágrima se deslizase por su pómulo. Luego estalló en el llanto que había reprimido desde la noche de su boda con Brahim.

Se abrazó a Hernando. Y lloró todo lo que no había llorado mientras él la acunaba en un callejón cordobés.

Algo más lejos, allí donde el callejón se unía a otras dos callejas formando una diminuta plaza irregular, una señorita noble vestida de negro, con su dama de compañía un paso por detrás, observaba desde el balcón de un palacete cómo cinco jóvenes caballeros la galanteaban dando muerte al toro, ya libre de sus sogas, mientras la gente llana jaleaba y aplaudía refugiada en las bocacalles.

27

Pascua de Navidad de 1511

El cabildo municipal había decretado tres días de fiesta para celebrar la rotunda victoria de don Juan de Austria sobre los turcos, al mando de la armada de la Santa Liga, en la batalla naval de Lepanto. Los sentimientos religiosos se exacerbaron con el triunfo de las fuerzas cristianas sobre las musulmanas y junto a los festejos paganos, la ciudad hervía con procesiones y Te Deum de acción de gracias. No era el mejor momento para que los moriscos paseasen por las calles de Córdoba sumándose al júbilo y al fervor popular. Además, pocos meses antes se había tenido noticia de la definitiva derrota del rey de al-Andalus. Aben Aboo fue traicionado y asesinado por el Seniz; su cuerpo, rellenado con sal, fue trasladado a Granada, donde su cabeza todavía colgaba sobre el arco de la puerta del Rastro, la que salía al camino de las Alpujarras, metida en una jaula de hierro.

Con todo, Hernando presenciaba las fiestas con Hamid en la plaza de la Corredera. En el centro de la gran plaza cordobesa se erigió un castillo en el que se simularía una batalla entre moros y cristianos, pero hasta entonces, el vino manaba gratuitamente del pico de un pelícano, por lo que el alcohol iba haciendo mella en una muchedumbre que se peleaba por acercarse a aquella curiosa fuente. Mientras tanto, el cabildo anunció un certamen para el que dispuso un premio de once piezas de terciopelo, damasco y tela de plata: dos piezas para los vencedores de unas carreras a caballo; cuatro para los hombres más elegantes; tres más para las tres mejores compañías de infantería formadas por los gremios, ¡y dos para las mujeres de la mancebía que más lucieran!

– Es difícil entender a esta gente -comentó el joven a Hamid mientras Ana María se paseaba con coquetería por delante del numeroso público que la vitoreaba sin reparos-. En presencia de sus mujeres e hijas, premian a las mujeres con las que se acuestan.

– Todas ellas saben que sus maridos acuden a la mancebía -arguyó Hamid sin prestar atención a lo que decía, con la mirada fija en las evoluciones de una Ana María bellísima. Hernando hizo lo propio, si bien estaba más pendiente de los esfuerzos de los alguaciles por impedir que algunos hombres ya borrachos saltasen sobre la muchacha-. Los cristianos no buscan el placer en sus esposas -añadió el alfaquí en voz baja, volviéndose hacia el muchacho en el momento en que Ana María fue sustituida por una voluptuosa mujer de pelo negro-. Es pecado. Los tocamientos y las caricias son pecado. Incluso adoptar otra postura que no sea la de yacer en el lecho, es pecado. No se puede buscar la sensualidad…

– ¡Pecado! -intervino Hernando, sonriente.

– Exacto. -Hamid le hizo un gesto para que bajase la voz-. Por eso sus esposas aceptan que busquen la sensualidad y el placer en las prostitutas. Las meretrices no dan los problemas de bastardos y reclamaciones de herencias que les pueden plantear las barraganas o las cortesanas. Y su Iglesia lo apoya.

– Hipócritas.

– Varias boticas de la mancebía son propiedad del cabildo catedralicio -dijo Hamid antes de que ambos se apartaran del certamen y anduvieran sin rumbo desde la plaza de la Corredera, entre la multitud.

– Sí -afirmó Hernando pensativo, transcurridos unos instantes-, pero esas mismas esposas tan castas con sus maridos, buscan después el placer en otros hombres…

Hamid le miró con curiosidad y él le contestó con una simple mueca que eliminó de su rostro en cuanto percibió la desaprobación en el alfaquí.

Había transcurrido más de un año desde que Fátima se echara en sus brazos tras buscar la muerte frente a un toro y unos caballos desbocados.