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– ¿Y si no estuviesen esta tarde? -planteó en una de las ocasiones en que el hidalgo le azuzó por la espalda.

– Reza para que no sea así -se limitó a contestar don Nicolás.

Accedieron a la gran plaza cordobesa por su testero sur. Hernando trató de acostumbrar la vista al gran espacio. En la plaza se contaban tres mesones: el de la Romana, allí por donde habían accedido, y otros dos a su derecha, en el testero este, junto a la calle del Toril, el de los Leones y el del Carbón, situados cerca del hospital de Nuestra Señora de los Ángeles. Todavía había suficiente luz natural. La gente entraba y salía de los mesones y la gran plaza hervía.

– ¿Y bien? -inquirió el hidalgo.

Hernando resopló. ¿Y si echaba a correr? Como si hubiera imaginado sus intenciones, don Nicolás lo agarró del brazo y lo arrastró al mesón de la Romana. Accedieron al establecimiento empujando sin contemplaciones a un parroquiano que estaba en la puerta. Desde allí mismo, el hidalgo le zarandeó exigiéndole una respuesta.

– No. Aquí no están -afirmó el muchacho después de que algunos clientes callasen y sostuviesen su mirada cuando Hernando paseó la suya por el interior del mesón.

Lo mismo alegó en el de los Leones. ¡Podían no estar!, pensó en el momento de entrar en el mesón del Carbón. ¿Por qué tenían que estar? Pero entonces, sus cuatro reales… ¿Qué decisión tomaría el hidalgo? Nunca dejaría que las cosas quedasen así. ¡Su honor! ¡Su apellido! Le obligaría a esperar toda la noche y después… ¡Le había pagado lo que él creía el salario por trabajar durante un mes!

Una fuerte carcajada interrumpió sus reflexiones. En una de las mesas, un hombre barbudo, ataviado con las coloridas vestimentas de un soldado de los tercios, alzaba un vaso de vino y fanfarroneaba a gritos frente a dos hombres que le acompañaban. Era evidente que estaba bebido.

– Aquél -señaló, presto a escapar tan pronto como don Nicolás se despistase.

Pero el hidalgo ejerció aún más presión sobre su brazo, como si se preparase para la pelea.

– ¡Vos! -gritó don Nicolás desde la puerta.

Las conversaciones cesaron de repente. Unas risas se cortaron en seco. Un par de clientes, los más cercanos, se levantaron a toda prisa de su mesa y se apartaron tropezando con las sillas. Hernando notó que le temblaban las piernas.

– ¿Cómo habéis osado mancillar el apellido de los Varus? -volvió a gritar el hidalgo.

El hombre se levantó con torpeza y trató de trasegar el resto del vino, que le chorreó por la barba. Echó mano a la empuñadura damasquinada de su espada.

– ¿Quién sois vos, señor, para levantarme la voz? -rugió-. ¡A un alférez del tercio de Sicilia, hidalgo vizcaíno! -Hernando se encogió nada más escuchar aquellas palabras. ¡Otro hidalgo!-. Si es cierto vuestro linaje, cosa que dudo, no lo merecéis.

– ¿Dudáis de mi linaje? -gritó don Nicolás.

– Os lo dije -trató de susurrarle entonces Hernando-. Eso es lo que oí, que lo dudaba… -Pero don Nicolás no le prestó atención; de repente Hernando se vio libre de la presión sobre su brazo.

– ¡Vos mismo mancilláis vuestro apellido! -bramó el alférez.

– ¡Exijo una reparación! -chilló a su vez don Nicolás.

– ¡La tendréis!

Ambos hidalgos desenvainaron sus espadas. La gente que todavía quedaba en las mesas se levantó para dejar el espacio franco y los dos caballeros se encararon.

Hernando permaneció unos instantes atónito. ¡Se iban a batir en duelo! Abrió la mano sudorosa, y observó la moneda de cuatro reales. La lanzó un par de veces al aire, recogiéndola en la palma, y abandonó el mesón. ¡Imbéciles!, pensó al escuchar el chasquido metálico del primer choque entre los aceros.

Volvió a la calle de Mucho Trigo con una sensación extraña, diferente a la que hubiera debido proporcionarle aquella victoria por la que tantos riesgos había corrido: dos nobles se estaban jugando la vida sin que ninguno de ellos se hubiera ni siquiera preocupado de lo que pretendía su enemigo. ¡Y todo por una simple palabra malentendida! En el camino, cuando ya había anochecido, se topó con una procesión de ciegos que andaban en hilera, atados unos a otros, y rezaban el rosario pidiendo limosna, como hacían tres noches por semana mientras recorrían las calles de Córdoba desde el hospital de Ciegos en la calle Alfaros. Un hombre que rezaba y cuidaba de las velas de una imagen de la Virgen en la fachada de un edificio dejó caer una moneda en el cazo que movía rítmicamente el primero de los ciegos; Hernando se apartó de su camino y apretó su moneda de cuatro reales. ¡Cristianos!

Había conseguido bastante dinero desde que conoció los escarceos entre el oficial de la curtiduría y la esposa del maestro. Lo pensó durante varias noches: sabía escribir y sumar, y seguro que aquellos conocimientos podían proporcionarle una labor mejor remunerada y lejos del estiércol, trabajo por el que cobraba menos que un criado, pero optó por no hacerlo. Su cometido en el pozo del estiércol, que se hallaba alejado y escondido a los demás operarios de la curtiduría que tampoco se acercaban al lugar, le proporcionaba una libertad, consentida y encubierta por el oficial, de la que no habría podido gozar en otro puesto.

Desde entonces, las expediciones a la otra orilla del Guadalquivir en La Virgen Cansada, que aguantaba con tenacidad un viaje tras otro, se repitieron en numerosas ocasiones. Hernando y Juan trabaron amistad y sus conversaciones nocturnas sobre las mujeres del burdel berberisco, más allá de la parada de Sevilla, se desarrollaban entre chanzas y bromas.

– ¡Cómo vas a montar a tres mujeres al tiempo si eres incapaz de bogar con fuerza! -le azuzaba Hernando, achicando sin cesar, cuando La Virgen se cansaba y se anegaba del agua del Guadalquivir en los tornaviajes.

Pero aquella amistad también le proporcionaba algo más que el par de blancas que el tratante de mulas le pagó en la primera ocasión: Hernando participaba en los beneficios del contrabando de vino. El Potro y su ambiente -poblado de aventureros, bribones y sinvergüenzas- llegaron a convertirse en su verdadero hogar. Continuaba trabajando en la curtiduría; necesitaba la respetabilidad que le concedía aquel puesto de trabajo ante el justicia o el sacerdote de San Nicolás cuando los visitaban para controlar que se convertían en buenos cristianos, pero su vida estaba en el Potro.

Mientras los muchachos de los barrios de San Lorenzo o de Santa María le transportaban los pellejos desde el matadero, Hernando acudía a la Calahorra a trapichear con Juan y los demás tratantes. Sonreía siempre que recordaba cómo había logrado deshacerse de tan ingrata tarea. En sus primeros viajes, al rodear la muralla, vio cómo los chicos de los diferentes barrios se peleaban a pedradas en el camino de ronda y sus alrededores. Aquellas refriegas habían llegado a ocasionar algún muerto y bastantes heridos entre los despistados que transitaban por la zona, por lo que el cabildo municipal decidió prohibirlas, pero los chavales no hacían caso a las ordenanzas y las pedreas se sucedían. La primera vez que Hernando se vio envuelto en una de ellas, entre decenas de muchachos apedreándose, se protegió con los pellejos hasta que decayó la lucha. Otros días los vio entrenarse para la siguiente pedrea. ¿Quién podía ganar a un alpujarreño lanzando piedras?, pensó entonces. Una blanca fue la apuesta. Puntería a un palo: si perdían ellos, le llevaban los pellejos hasta la curtiduría; si ganaban, cobraban la blanca. Perdió algunas monedas, pero ganó la mayoría de las apuestas y mientras los mozalbetes cumplían su parte del trato, él acudía al campo de la Verdad donde simulaba recoger estiércol arrastrándose por debajo de las mulas. Entonces, algún tratante de caballos señalaba al morisco sucio y maloliente, le agarraba del cabello y le montaba en un palafrén para convencer al comprador de que el caballo era manso y no tenía vicio alguno, y Hernando caía encima de la montura como un saco, aparentemente atemorizado, como si jamás hubiera montado, mientras el tratante cantaba las excelencias de un animal capaz de soportar a un jinete inexperto. Si el trato se cerraba, Hernando recibía su dinero.