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– Si os descubrieran -recriminó a Hamid, que se dirigió a él nada más verlo-, no habría escapatoria. El callejón no tiene salida y los cristianos siempre accederían a la casa por…

– ¿Por qué te excluyes de la reunión, Ibn Hamid? -le interrumpió el alfaquí.

Hernando se quedó atónito. Hamid le había hablado con dureza.

– Yo…, no. Lo siento. Tienes razón. Quería decir si nos descubrieran. -Hamid asintió, aceptando la excusa-. ¿Qué…, qué se celebra? Corremos un riesgo importante. ¿Qué haces aquí?

– Mi amo me ha dado licencia por un rato. No podía perderme este día.

Hernando ni siquiera estaba al tanto del calendario cristiano, menos por lo tanto del musulmán. ¿Sería alguna fiesta religiosa?

– Lo lamento, Hamid, pero no sé qué día es. ¿Qué celebramos? -insistió distraído, mirando a la gente. De repente vio a Fátima, el adorno de una mano de oro brillaba en su cuello. ¿Qué había sido de esa mano? ¿Dónde la mantenía escondía? Fátima volvió la vista hacia él, como si, en la distancia, se hubiera sentido observada. Hernando fue a sonreírle pero ella desvió la mirada y bajó la cabeza. ¿Qué sucedía? Buscó a Brahim y lo localizó cerca de Fátima. En el patio no podría abordar a la muchacha para preguntar por qué le rechazaba de aquella forma-. ¿Qué celebramos? -volvió a preguntar al alfaquí, en esta ocasión con un hilo de voz.

– Hoy hemos rescatado de la esclavitud a nuestro primer hermano en la fe -le contestó Hamid con solemnidad-. Aquél -añadió, señalándole a un hombre que mostraba la marca al fuego de una letra en su mejilla. Hernando dirigió su atención hacia el morisco, que junto a una mujer recibía la felicitación de los presentes. ¿Qué importancia podía tener un rescate para que Fátima…? ¿Qué era lo que sucedía?-. La que está a su lado es su esposa -prosiguió Hamid-. Se enteró de que él vivía como esclavo en la casa de un mercader de Córdoba y…

Hamid detuvo su explicación.

– ¿Y? -preguntó Hernando sin darle mayor importancia. ¿Qué le pasaba a Fátima? Intentó captar su atención de nuevo, pero era evidente que ella le rehuía.

– Acudió a la comunidad.

– Bien.

– A sus hermanos.

– Ajá -murmuró Hernando.

– Todos han contribuido aportando el coste del rescate. ¡Todos los moriscos de Córdoba! Incluso yo he dado algún dinero que logre obtener… -Hernando se volvió extrañado, interrogando a Hamid con la mirada-. Fátima -confesó entonces el alfaquí- ha sido una de las más generosas.

Hernando meneó la cabeza como si quisiera alejar las palabras que acababa de escuchar. La moneda de cuatro reales del hidalgo que todavía apretaba en el puño estuvo a punto de escapársele de entre los dedos, tal fue la debilidad que le asaltó. ¡Fátima! ¡Una de las que más había contribuido!

– Esos dineros… -balbuceó-, esos dineros eran para comprar su propia libertad y…

– ¿La tuya? -añadió Hamid.

– Sí -contestó con firmeza, reponiéndose-. La mía. ¡La nuestra!

Volvió a buscar a Fátima y en esta ocasión la encontró erguida al otro lado del patio. Ahora sí que ella le sostuvo la mirada, segura de que Hamid ya le había contado el destino que había dado a sus dineros. Fátima había explicado al alfaquí para qué atesoraban aquella cantidad, y le confesó que ella se veía incapaz de decírselo. Con una sensación extraña, Hernando la contempló: estaba orgullosa y satisfecha, el brillo de sus ojos competía con el fulgor titilante que las luces arrancaban a la joya de oro que adornaba su cuello.

– ¿Por qué? -le preguntó Hernando desde la distancia.

Fue Hamid quien le contestó:

– Porque te has alejado de tu pueblo, Ibn Hamid -le recriminó a su espalda. Hernando no se movió-. Mientras los demás nos organizamos, intentamos rezar en secreto y mantener vivas nuestras creencias, o ayudamos a aquellos de los nuestros que lo necesitan, tú te has dedicado a correr por Córdoba como un rufián. -Hamid esperó unos instantes. Hernando continuó quieto, hechizado por aquellos ojos negros almendrados-. Me duele ver a mi hijo en el último de los grados que rigen y gobiernan nuestro mundo: el de los baldíos.

Hamid percibió un ligero temblor en los hombros de Hernando.

– Tú me enseñaste -replicó éste, sin volverse- que por debajo hay otro: el último, el duodécimo, el de las mujeres. ¿Por eso Fátima ha tenido que renunciar a su libertad?

– Ella confía en la misericordia de Dios. Tú deberías hacer lo mismo. Vuelve con nosotros, con tu pueblo. Vuestra esclavitud, la tuya y la de Fátima, no es la de los hombres, que se puede comprar. Vuestra esclavitud es la de nuestras leyes, la de nuestras creencias, y ésa sólo Dios está llamado a proveerla. Cuando Fátima me entregó el dinero y me explicó para qué lo tenías, por qué luchabas por conseguirlo, le dije que confiara en Dios, que no perdiera la esperanza. Entonces me aseguró que con una sola frase lo entenderías… -Hernando volvió la cabeza hacia aquel que todo le había enseñado. La sabía. Sabía qué frase era aquélla, pero sólo al escucharla de nuevo la captó en todo su significado: en la historia que se escondía tras ella, en los padecimientos y las alegrías compartidas con Fátima. Hamid entrecerró los ojos antes de susurrarla-: Muerte es esperanza larga.

29

Repúdiame! ¡Mátame, si no! Fuérzame si eso es lo que deseas… Pero jamás volverás a obtener mi consentimiento. ¡Por Dios que moriré antes que entregarme de nuevo a ti!

Incluso en la penumbra de la habitación fue perceptible el temblor de ira con que Brahim acogió la negativa de Fátima a su acercamiento. Aisha, agazapada en una esquina, escuchó aquellas palabras, confundida entre el terror por la reacción de Brahim y el orgullo por la actitud de la muchacha; la joven pareja con su pequeño, tumbada sobre un jergón en el otro lado de la estancia, entrelazaron sus manos y contuvieron la respiración. Hernando no estaba. Brahim balbuceó algo ininteligible. Golpeó al aire con uno de sus puños en repetidas ocasiones, y continuó gruñendo e imprecando. Fátima permaneció en pie frente a éclass="underline" temía que alguno de esos golpes le acertase en el rostro. Pero no fue así.

– Nunca serás una mujer libre… por más dinero que pueda conseguir el nazareno -sentenció Brahim-. ¿Lo entiendes, mujer? -Fátima no contestó, enfrentada a la furia de Brahim-. ¿Qué te has creído? ¡Soy tu esposo! -Por un instante Fátima creyó que iba a forzarla allí, delante de todos, pero Brahim miró a su alrededor y se contuvo-. No eres más que un montón de piel y huesos. ¡Nadie querría yacer contigo! -añadió con un gesto de desprecio antes de encaminarse hacia Aisha.

Las rodillas le cedieron y Fátima se dejó caer al suelo, sorprendida por haber aguantado el reto en pie. Transcurrió un largo rato antes de que se mitigaran los temblores y su respiración se normalizase. Lo había pensado una y mil veces, segura de que no tardaría en llegar el día en que, a pesar de su delgadez y su aspecto escasamente deseable, Brahim volvería a pretenderla. Y así había sucedido. El tiempo había ido jugando a su favor y la entrega de todos sus dineros para el rescate del primer morisco, algo que la comunidad juzgó como el primer signo de que, tras la derrota, continuaban siendo un pueblo unido por su fe, la convenció definitivamente. ¿Por qué, entonces, tenía que entregarse a un hombre al que aborrecía? ¿Acaso no acababa de renunciar a la posibilidad de su libertad, de sus ilusiones y de su futuro por los seguidores del Profeta? La comunidad se lo agradeció, a ella y a un Hernando que terminó cediendo. Después de escuchar las palabras de Hamid, éste la había mirado a través del patio una vez más; ella levantó los ojos al cielo y él siguió aquel camino con los suyos. Luego la perdonó con una simple mueca de aprobación. ¡Toda Córdoba sabía de su generosidad! Brahim preguntó por el origen del dinero y Hamid le contestó sin tapujos. Fátima se sentía segura; sabía que contaba con el apoyo de la comunidad… Y de eso también era consciente Brahim. Además, su pequeño Humam ya no estaba para convertirse en moneda de cambio por sus atenciones sexuales. También la muchacha pensó en ello: quizá…, quizá Dios y el Profeta habían decidido liberar al niño de lo que hubiera sido una terrible carga durante toda su vida. ¡Se lo debía a ella misma y a aquel hijo perdido! Y en cuanto a la posibilidad de que Brahim maltratase a Aisha, como hacía en las Alpujarras, ¿qué era un musulmán sin hijos? Musa y Aquil no habían vuelto a aparecer; nada sabían de ellos, aunque todos se mantenían al tanto por si los veían. Algunos moriscos acudieron al cabildo municipal quejándose de que aquellos hijos que les habían robado eran tratados como esclavos por las familias de acogida, pero los cristianos no les hacían caso, como tampoco se lo hacían a la pragmática real que impedía que los niños moriscos menores de once años fueran hechos esclavos. Córdoba, al igual que todos los reinos cristianos, rebosaba de niños, acogidos o esclavos, utilizados por sus amos como pequeños criados o trabajadores hasta que alcanzaban la edad de veinte años. Aisha estaba a salvo, concluyó Fátima: mientras estuviera embarazada y probablemente durante la lactancia del pequeño, Brahim no maltrataría, ya que eso pondría en peligro al nuevo hijo, tan deseado. Esa noche, mientras trataba de recuperar la calma, Brahim confirmó sus reflexiones y no se ensañó con su primera esposa como hacía en las Alpujarras. Entonces Fátima lloró en silencio, y lo hizo en la seguridad de que sólo un paso más allá de donde ella se había dejado caer, exangüe, Aisha también estaría llorando en secreto, consolándola sin palabras, tal y como las dos mujeres habían aprendido a comunicarse allá, en la sierra.