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– Ese joven morirá, si es que no lo ha hecho ya -terminó afirmando Hernando a Hamid después de la misa mayor, más allá del cementerio, en presencia de Fátima y una embarazada Aisha; Brahim, algo alejado, estaba de charla con otros moriscos.

– Sí. Muchos mueren…

– ¿Qué placer encuentran?

– La pelea, la lucha del hombre contra el animal -contestó Hamid. Hernando, con una mueca, abrió las manos en señal de incomprensión-. También lo hicimos nosotros -objetó el alfaquí-. En la corte de Granada fueron famosos los juegos de toros. Los Zegríes, Los Gazules, los Venegas, los Gómeles, los Azarques y muchos otros nobles más, se distinguieron a la hora de sortear y matar a los toros. Es más, ningún alfaquí musulmán osó nunca prohibir aquellas fiestas y, sin embargo, el Papa de Roma, bajo pena de excomunión, sí que las ha prohibido a los cristianos. El que muere en los juegos de toros lo hace en pecado mortal y los curas que presencien las fiestas pierden sus hábitos.

– Hernando recordó entonces al ejército de sacerdotes que salía de las casas de la Ribera una vez pasados los toros y corría entre los heridos del encierro procurando su salvación entre santos óleos y oraciones.

– En tal caso, ¿por qué los corren? ¿No son tan piadosos?

Hamid sonrió.

– España quiere toros. Los nobles quieren toros. El pueblo quiere toros. Debe de ser el único asunto, aparte del relativo al dinero, que enfrenta al cristianísimo rey Felipe con el papa Pío V.

Aquellos nobles musulmanes de los que hablaba Hamid no eran en Córdoba sino el patriciado de la ciudad: los Aguayos, los Hoces, los Bocanegras y, por supuesto, los correspondientes a la insigne casa de los Fernández de Córdoba y su rama, no menos ilustre, de Aguilar. ¡Córdoba era noble! Muchos eran los títulos y mercedes reales obtenidos por los cordobeses durante la conquista, y en las fiestas de toros los nobles de la ciudad, antes de enfrentarse a los animales, competían entre ellos en lujo y boato.

Después de comer y antes de que diera comienzo la fiesta, en los palacios de los nobles se exhibieron las cuadrillas de los señores, compuestas por sus servidumbres lujosamente vestidas con libreas del mismo color. Dentro de las cuadrillas, de treinta, cuarenta y hasta sesenta criados, dos de ellos ejercían la función de lacayos: eran aquellos que acompañarían al señor en el interior de la plaza. Las gentes de Córdoba se apostaron delante del palacio de los Fernández de Córdoba, en la cuesta del Bailio; delante del palacio del marqués del Carpio, en la calle Cabezas, o alrededor de tantos otros palacios y casas solariegas para contemplar y aplaudir la salida de los nobles a caballo, acompañados por sus extensas familias y escoltados por las cuadrillas de criados, que cargaban con comida, vino y sillones para sus señores.

La plaza de la Corredera había sido convenientemente preparada para correr los toros que saltarían, uno a uno, por la arcada y el pasillo que daba a la calle del Toril, en su testero este. En el testero norte, el más largo de la irregular plaza, se dispusieron vallas más allá de los soportales de madera de las casas que daban a ella cuyos balcones, engalanados para la ocasión con tapices y mantones, fueron arrendados por el cabildo a nobles y ricos mercaderes que rivalizaban en el lujo de sus vestiduras. Entre ellos, moviéndose con discreción, vulnerando la bula papal, había sacerdotes y miembros del cabildo catedralicio. En el frente sur, apoyadas en una pared blanca que el cabildo había ordenado construir para cerrar la plaza, se levantaron unas tribunas de madera en las que se hallaba el corregidor, como representante del rey y gobernador del coso, junto a otros nobles y caballeros. Alrededor del resto de la plaza, ya metidas en ella dada su amplitud, se instalaron talanqueras detrás de las cuales el público podía resguardarse de los toros.

Desde la plaza de las Cañas, por la que se desparramaron los criados con los caballos de repuesto de quienes iban a correr los toros y los de sus familiares, Hernando escuchó el griterío de la gente cuando los nobles a caballo, con los dos lacayos que debían ayudarles portando las lanzas, hicieron el paseíllo, todos ellos vestidos a lo morisco, con marlotas ajustadas que les proporcionaban libertad de movimientos, bonetes y capellares colgando de su hombro izquierdo, y armados con espadas; cada noble vestía los mismos colores que los de las libreas de sus cuadrillas y montaba a la jineta, a la morisca, con los estribos cortos. El oficial de la curtiduría cumplió su palabra y le esperó en la plaza de las Cañas. Por mediación suya, Hernando logró rebasar a los alguaciles que impedían que el pueblo se mezclase con los criados de los caballeros, cargado con su gran capazo de esparto. Sin embargo, no era el único que corría por allí para obtener estiércol.

Ocho caballeros se disponían a correr los toros esa tarde de marzo. Con gesto solemne, el corregidor entregó al alguacil de la plaza la llave del toril, en señal de que podía empezar la fiesta; cuatro de los caballeros abandonaron el coso mientras los otros cuatro tomaban posiciones en su interior. Los caballos piafaban, bufaban y sudaban. El silencio se hizo en la Corredera cuando el alguacil abrió el portalón de maderos con que cerraban la calle del Toril, antes de que estallaran los vítores ante la carrera de un gran toro zaino que, hostigado por los garrocheros, accedió a la plaza bramando. El toro corrió la plaza al galope tendido, derrotando contra los palenques a medida que la gente le llamaba a gritos, golpeaba los maderos o le lanzaba dardos. Tras el ímpetu inicial, el toro trotó, y más de un centenar de personas saltaron al coso y le citaron con capotes; los más atrevidos se acercaban a él, dándole un violento quiebro para esquivarle tan pronto como éste se revolvía contra ellos. Algunos no lo lograron y terminaron corneados, atropellados o volteados por los aires. Mientras el pueblo se divertía, los cuatro nobles permanecían en sus lugares, reteniendo a sus caballos, juzgando la bravura del animal y si ésta era la suficiente como para batirse con él.

En un momento determinado, don Diego López de Haro, caballero de la casa del Carpió, vestido de verde, gritó para citar al toro. Al instante, uno de los lacayos que le acompañaban corrió hacia la gente que importunaba al animal y los obligó a apartarse. El espacio entre toro y jinete se despejó y el noble volvió a gritar:

– ¡Toro!

El toro, enorme, se volvió hacia el caballero y los dos se observaron desde la distancia. La plaza, casi en silencio, estaba pendiente de la pronta acometida. Justo en aquel momento, el segundo lacayo se acercó a don Diego con una lanza de fresno, gruesa y corta, terminada en una afilada punta de hierro; a tres palmos de la punta se habían practicado en la madera unos cortes cubiertos de cera para facilitar que se rompiera en el embate contra el toro. Los tres caballeros restantes se acercaron con sigilo, para no distraer al toro, por si era menester su ayuda. El caballo del noble corcoveó por el nerviosismo hasta quedar de lado frente al toro; los silbidos y protestas recorrieron la plaza al instante: el encuentro debía ser de frente, cara a cara, sin ardides contrarios a las reglas de la caballería.

Pero don Diego no necesitó reprobaciones y ya espoleaba al caballo para que éste volviera a colocarse de frente al toro. El lacayo permanecía junto al estribo derecho de su señor con la lanza ya alzada, para que éste sólo tuviera que cogerla en cuanto el toro iniciase la embestida.

Don Diego volvió a citar al toro al tiempo que echaba a su espalda la capa verde que llevaba sujeta al hombro. El verde brillante que ondeaba en manos del jinete llamó la atención del morlaco.

– ¡Toro! ¡Eh! ¡Toro!

La embestida no se hizo esperar y una mancha zaina se abalanzó sobre caballo y jinete. En ese momento don Diego agarró con fuerza la lanza que sostenía su lacayo y apretó el codo contra su cuerpo. El lacayo escapó justo en el instante en que el toro llegaba al caballo. Don Diego acertó con la lanza en la cruz del animal y la hundió un par de palmos antes de que ésta se quebrase, deteniendo su brutal carrera. El chasquido de la madera fue la señal para que la plaza estallase en vítores, pero el toro, aun herido de muerte y sangrando a borbotones por la cruz, hizo ademán de embestir de nuevo al caballo. Sin embargo don Diego ya había desenvainado su pesada espada bastarda, con la que descargó un certero golpe en la testuz del animal, justo entre los cuernos, partiéndole el cráneo. El zaino se desplomó muerto.