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Pero ¿qué diría Brahim?, se preguntaba Fátima sin poder evitar un estremecimiento al pensar en el carácter violento del arriero.

Brahim lanzó mil maldiciones cuando Jalil, acompañado de Hamid y Karim, le comunicó la solicitud de divorcio por parte de su segunda esposa. Fátima y Aisha se protegieron la una a la otra, acercándose cuanto pudieron, en un rincón de la habitación. Luego, como si acabara de percatarse de ello, Brahim puso en duda la representatividad del consejo.

– ¿Quiénes sois vosotros para decidir sobre mi esposa? -bramó.

– Somos los jefes de la comunidad -contestó Jalil.

– ¿Quién lo dice?

– En cuanto a ti respecta, ahora -intervino en esta ocasión, Mateo en su nombre cristiano, el otro anciano, haciendo un gesto hacia la puerta, a su espalda-: ellos.

Como si respondieran a una señal previamente pactada, aparecieron tres jóvenes moriscos fornidos que se plantaron tras los ancianos. Brahim tuvo suficiente con sopesar la fuerza de uno solo de ellos.

– No debería ser así, Brahim -trató de conciliar Hamid-. Tú sabes que efectivamente somos los jefes de la comunidad. Nadie nos ha elegido, pero tampoco nos hemos erigido en ello; no hemos pedido serlo. Honrarás a los sabios. Obedecerás a los mayores. Ésos son los mandamientos.

– ¿Qué es lo que pretendéis?

– Tu segunda esposa -explicó Jalil- se ha quejado ante nosotros de que no la gobiernas convenientemente…

– ¿Y quién puede hacerlo en esta ciudad? -Le interrumpió Brahim a gritos-. Si tuviera mis mulas… ¡Nos roban! Nos pagan míseros sueldos…

– Brahim -volvió a intervenir Hamid con templanza-, no hables sin saber cuáles pueden ser las consecuencias de tus palabras. Frente a la solicitud de Fátima, debemos iniciar un juicio y es lo que hemos hecho. Por eso estamos aquí, para darte la oportunidad de exponer lo que creas oportuno, admitir testigos si los propones, y finalmente decidir conforme a nuestras leyes.

– ¿Tú? Sé bien lo que vas a decidir. Ya lo hiciste una vez, ¿recuerdas? En la iglesia de Juviles. ¡Siempre defenderás al nazareno!

– Yo no juzgaré. Ningún juez puede hacerlo si conoce datos anteriores al juicio. Estate tranquilo por ello.

– Brahim de Juviles -decidió terciar Jalil para poner fin a posibles disputas personales-, tu segunda esposa, Fátima, se ha quejado de que no la puedes gobernar. ¿Qué tienes que decir?

– ¿A ti? -Escupió Brahim-. ¿A un viejo del Albaicín de Granada? Probablemente fuiste tú y otros como tú, cobardes todos, quienes decidisteis no sumaros al levantamiento. Traicionasteis a vuestros hermanos de las Alpujarras…

– Te pregunto por tu esposa -insistió Jalil.

– ¿Tienes esposa, viejo? ¿La puedes gobernar? ¿Alguien puede gobernar a su esposa en esta ciudad?

– ¿Quieres decir con ello que no puedes? -saltó entonces Karim.

– Quiero decir -Brahim arrastró las palabras- que nadie puede hacerlo en Córdoba.

– ¿Es todo lo que tienes que alegar en este juicio? -inquirió Jalil.

– Sí. Todos lo sabéis, todos conocéis cuál es nuestra situación. ¿A qué viene esta pantomima?

Jalil y Karim se consultaron en silencio. En el rincón, Aisha buscó la mano de Fátima y la presionó con fuerza.

– Brahim de Juviles -sentenció Jalil-, conocemos las penurias por las que está pasando nuestro pueblo. Las sufrimos como tú y tenemos en cuenta las dificultades que todos tienen, no ya para gobernar a sus esposas, sino para vestir y alimentar a sus hijos. No aceptaríamos la solicitud de una esposa por tales razones. Es cierto, tampoco yo puedo gobernar a mi esposa como lo hacía en Granada. Sin embargo, no hay ningún creyente en Córdoba que, como tú, tenga dos esposas. Si, como sostienes, nadie puede gobernar a una esposa en esta ciudad, ¿cómo podría pretender hacerlo con una segunda? Te otorgamos un plazo de dos meses para que acredites ante este consejo que estás en disposición de gobernar convenientemente a tus dos esposas. Transcurrida esa idda, si así no lo hicieres y ella insistiera, Fátima será quitada de ti.

Brahim no se movió mientras escuchaba la sentencia; sólo sus ojos entrecerrados denotaban la ira que le devoraba. Entonces intervino Karim. Hamid se lo había pedido a los dos ancianos. «Lo conozco bien -dijo refiriéndose a Brahim-. Puede llegar a matarla antes que entregarla», aseguró.

– Tampoco, y en consideración a tu nuevo hijo y a los escasos recursos de los que dispones, te exigiremos como ordena la ley que durante la idda mantengas a tu segunda esposa. Te liberamos de ello en beneficio del niño. Pero, mientras tanto, Fátima vivirá bajo nuestra guarda.

– ¡Perro! -masculló Brahim, encarándose con Hamid.

De inmediato, los tres jóvenes moriscos se plantaron frente a Brahim.

– Ven con nosotros, Fátima -le instó Jalil.

En ese momento, Aisha deshizo el fuerte nudo que entrelazaba sus dedos con los de Fátima. Las manos les sudaban a las dos. Fátima extendió la mano en busca de un último contacto con su compañera y se adelantó hacia los ancianos.

32

Al alba, Hernando acudió a las caballerizas reales, un edificio de nueva construcción levantado junto al alcázar de los reyes cristianos, sede de la Inquisición cordobesa. Desde que había llegado a Córdoba, al igual que los demás moriscos, Hernando evitaba aquel barrio, el de San Bartolomé, emplazado entre la mezquita y el palacio episcopal, el Guadalquivir y el linde occidental de la muralla de la ciudad. No sólo se encontraban allí la Inquisición y su cárcel, el palacio episcopal, con el constante trasiego de sacerdotes y familiares de la Inquisición, sino que a diferencia de los demás vecindarios de Córdoba, en el de San Bartolomé no se hallaba censado ningún morisco libre. Sus habitantes eran distintos a los demás de la ciudad: se trataba de una parroquia añadida a la distribución geográfica que tras la conquista se hizo de la ciudad y que, por orden real, fue poblada con hombres valientes y fornidos en los que debía recaer la condición de ser buenos ballesteros de guerra: una especie de milicia urbana siempre dispuesta a defender las murallas de la ciudad. Esas cualidades caracterizaban a las privilegiadas gentes de San Bartolomé, que se enorgullecían frente a los demás vecinos, practicaban incluso una marcada endogamia y mantenían no pocas rencillas con las demás parroquias. Pocos moriscos querían mezclarse con inquisidores, sacerdotes, y gentes altivas y orgullosas.

Aquella noche pudo refugiarse en casa del peraile al que había encontrado esposa, donde fue agasajado con una buena cena que saborearon, en un ambiente de cierta nostalgia, con cordero especiado con sal, pimienta y cilantro seco, frito en aceite al estilo de aquella Granada que todos añoraban. Antes de que terminasen, Karim, que también vivía en la calle de los Moriscos, pasó por la casa del cardador y se unió a la fiesta después de dejar a Fátima al cuidado de su esposa. Hernando y ella no podrían verse durante los dos meses de idda concedidos a Brahim.

¿Qué eran dos meses?, pensó una vez más Hernando de camino hacia las caballerizas. Su felicidad sería completa… si no fuera por su madre. Ya fuera de la casa, al despedirse, Hernando se interesó por Aisha, y Karim le contestó que su madre afrontaba la situación con entereza, que no se preocupase: la comunidad estaba con ellos.

– Prospera, muchacho -le instó luego el anciano-. Hamid me ha contado lo de don Diego y los caballos. Necesitamos gente como tú. ¡Trabaja! ¡Estudia! Nosotros nos ocuparemos de todo lo demás.

Karim se perdió en la fresca oscuridad de aquella noche de marzo con un «confiamos en ti» que vino a turbar las fantasías acerca de Fátima que esa noche se permitió sin límite. ¡Confiamos en ti! Cuando se lo decía Hamid era como si hablase al niño de Juviles, pero al escucharlo de labios de aquel desconocido anciano del Albaicín… ¡Confiaban en él! ¿Para qué? ¿Qué más debía hacer?