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Cruzaba el Campo Real, sembrado de desechos como siempre, y desvió la mirada hacia su izquierda, donde se alzaba majestuoso el alcázar. ¡La Inquisición! Un escalofrío le recorrió la columna vertebral al contemplar las cuatro torres, todas diferentes, que se elevaban en cada una de las esquinas de la fortaleza de altas y macizas murallas almenadas. La larga fachada de las caballerizas reales empezaba allí mismo, al final del alcázar. Hernando pudo oler a los caballos en su interior, escuchar los gritos de los palafreneros y los relinchos de los animales. Se detuvo en el ancho portalón de acceso al recinto junto a la muralla antigua, cerca de la torre de Belén.

Estaba abierto, y aquellos sonidos y olores que había percibido al otro lado de la fachada le golpearon cuando se detuvo en el umbral de la puerta abierta. Nadie vigilaba en la entrada, y después de unos instantes de espera Hernando avanzó unos pasos. A su izquierda se abría una gran nave corrida con un amplio pasillo central, a cuyos dos lados, entre columnas, se hallaban las cuadras llenas de caballos. Las columnas sostenían una larga y recta sucesión de bóvedas baídas que invitaban a adentrarse bajo esas curvas hasta rebasar un arco y encontrarse con el siguiente y el siguiente…

Los mozos trabajaban con los caballos en el interior de las cuadras.

Parado en la entrada de la nave, en el centro del pasillo, Hernando chasqueó la lengua para que los dos primeros caballos que estaban a su derecha, atados a unas argollas en la pared, dejaran de morderse en el cuello.

– Siempre lo hacen -dijo alguien a su espalda. Hernando se volvió justo cuando el hombre que le había hablado, le imitaba y chasqueaba la lengua con más fuerza-. ¿Buscas a alguien? -le preguntó después.

Se trataba de un hombre de mediana edad, alto y fibroso, moreno y bien vestido, con borceguíes de cuero por encima de la rodilla, atados con correas a lo largo de la pantorrilla, calza y saya blanca ajustada, sin lujos ni adornos, y que después de examinarlo de arriba abajo le sonrió. ¡Le sonreía! ¿Cuántas veces le habían sonreído en Córdoba? Hernando le devolvió la sonrisa.

– Sí -contestó-. Busco al lacayo de don Diego… ¿López?

– López de Haro -le ayudó el hombre-. ¿Quién eres?

– Me llamo Hernando.

– Hernando, ¿qué?

– Ruiz. Hernando Ruiz.

– Bien, Hernando Ruiz. Don Diego tiene muchos lacayos, ¿a cuál de ellos buscas?

Hernando se encogió de hombros.

– Ayer, en los juegos de toros…

– ¡Ahora caigo! -le interrumpió el hombre-. Tú eres el que entró en la plaza el semental del conde de Espiel, ¿no es cierto? Sabía que tu cara me era familiar -añadió mientras Hernando asentía-. Veo que no te pillaron, pero no deberías haber ayudado al conde. Ese hombre tendría que haber salido de la plaza a pie y humillado; ¿qué triunfo implica que el toro mate al caballo por su torpeza? Era un buen animal -musitó-. De hecho, el rey debería prohibirle montar, por lo menos delante de un toro… o de una mujer. Bueno, ahora sé a quién buscas. Acompáñame.

Abandonaron la nave de las cuadras y salieron a un inmenso patio central. En él se movían tres jinetes domando caballos, dos de ellos montados en soberbios ejemplares mientras el tercero, en quien Hernando reconoció al lacayo de don Diego, pie a tierra, obligaba a un potro de dos años a trazar círculos a su alrededor, a la distancia que le permitía el ronzal del cabezón que el animal llevaba puesto por encima del freno y las bridas; los estribos, sueltos, golpeaban sus costados, excitándole.

– Es aquél, ¿no? -le señaló el hombre. Hernando asintió-. Se llama José Velasco. Por cierto, yo soy Rodrigo García.

Hernando titubeó antes de aceptar la mano que le ofreció Rodrigo. Tampoco estaba acostumbrado a que los cristianos le tendieran la mano.

– Soy… soy morisco -anunció para que Rodrigo no se llamase a engaño.

– Lo sé -le contestó él- José me lo ha comentado esta mañana. Pero aquí todos somos jinetes, domadores, mozos, herradores, freneros o lo que sea. Aquí, nuestra religión son los caballos. Pero cuídate mucho de repetir esto en presencia de algún sacerdote o inquisidor.

Hernando notó que Rodrigo, al tiempo que decía esas palabras, le estrechaba la mano con franqueza.

Al cabo de un rato, cuando el potro ya sudaba por los costados, José Velasco lo obligó a detenerse, ató al cabezón el ronzal que utilizaba para hacerlo girar y acercó el potro a un poyo; se subió a éste, y ayudado por un mozo que aguantaba al animal montó con cuidado sobre él. Los otros dos jinetes detuvieron sus ejercicios. El joven caballo se quedó quieto y expectante, encogido, con las orejas gachas, al notar el peso de Velasco.

– Es la primera vez -susurró Rodrigo a Hernando, como si levantar la voz pudiera originar un percance.

Velasco llevaba una larga vara cruzada por encima del cuello del potro y sostenía en sus manos tanto las riendas como el ronzal; las riendas sueltas, como si no quisiera molestar al potro con el freno que mordía en la boca; el ronzal, por el contrario, tenso a la argolla que colgaba por debajo del belfo inferior del animal. Esperó unos segundos a ver si el potro respondía pero, al no hacerlo y continuar quieto y en tensión, se vio obligado a azuzarlo con suavidad. Primero chasqueó la lengua; luego, al no obtener respuesta, atrasó los talones de sus borceguíes, sin espuelas, hasta rozar sus costados. En ese momento el potro salió disparado, corcoveando. Velasco aguantó el envite y al cabo, el potro volvió a detenerse, él solo, sin que el jinete hubiera hecho más que aguantar encima suyo.

– Ya está -afirmó Rodrigo-. Tiene buenas maneras.

Así fue. En la siguiente ocasión el potro salió encogido, pero sin corcovear. Velasco lo dirigía mediante el ronzal y en última instancia, sin pegarle, le mostraba la vara por alguno de los lados de la cabeza para obligarle a girar hacia el contrario, sin dejar de hablarle y palmearle el cuello.

Los casi cien caballos españoles estabulados en las caballerizas reales de Córdoba constituían los ejemplares escogidos, los perfectos, de entre las cerca de seiscientas yeguas de cría que componían la cabaña del rey Felipe II y que se hallaban diseminadas en varias dehesas de los alrededores de Córdoba. Tal y como le había comentado Hamid, en 1567 el rey ordenó la creación de una nueva raza de caballos, para lo que dispuso la adquisición de las mejores mil doscientas yeguas que hubiera en sus territorios; pero no fue posible encontrar tantas madres de la calidad requerida y la yeguada se quedó en la mitad. Además, ordenó destinar los derechos de las salinas a dicha empresa, incluyendo la erección de las caballerizas reales en Córdoba y el alquiler o compra de las dehesas en las que debían acomodarse las yeguas. Para dirigir el proyecto nombró caballerizo real y gobernador de la raza al veinticuatro de Córdoba don Diego López de Haro, de la casa de Priego.

El caballo debía ser un animal de cabeza pequeña, ligeramente acarnerada y frente descarnada; ojos oscuros, despiertos y arrogantes; orejas rápidas y vivaces; ollares anchos; cuellos flexibles y arqueados, gruesos en su unión con el tronco y suavemente engarzados en la nuca, con algo de grasa allí donde nacen las crines, abundantes y espesas, igual que las colas; buenos aplomos; dorsos cortos, manejables; con cruces destacadas, y grupas anchas y redondas.

Pero lo más importante del caballo español debía ser su forma de moverse, sus aires. Elevados, gráciles y elegantes, como si no quisiera apoyar ninguna de sus patas en el ardiente suelo de Andalucía y, después de hacerlo, las mantuviese en el aire, sosteniéndolas, bailando el mayor tiempo posible, revoloteando sus manos en el trote o en el galope, como si la distancia a recorrer careciese de importancia alguna; luciéndose, orgulloso, exhibiendo al mundo su belleza.