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– Pídeles el dinero a los monfíes de Sierra Morena -le recomendó el hombre del puñal a la mañana siguiente, después de que Brahim se lo devolviese y confesase su inutilidad-. Siempre necesitan gente en la ciudad o en los campos, hermanos que les proporcionen información acerca de las caravanas que van a partir, de las personas que llegan o se van o de las actividades de la Santa Hermandad. Necesitan espías y colaboradores. Yo conseguí el puñal de ellos.

¿Cómo podía dar con los monfíes?, se interesó Brahim. Sierra Morena era inmensa.

– Ellos serán los que darán contigo si acudes a Sierra Morena- le contestó el hombre-, pero procura que no lo hagan primero los de la Santa Hermandad.

La Santa Hermandad era una milicia municipal compuesta por dos alcaides y unidades de cuadrilleros, generalmente doce, que vigilaban los delitos que se cometían fuera de los cascos urbanos: en los campos, en las montañas y en los pueblos de menos de cincuenta habitantes, allí donde la organización de los grandes municipios no podía llegar. Su justicia acostumbraba a ser sumaria y cruel, y en aquellos momentos buscaban a los monfíes moriscos que tenían atemorizados a los buenos cristianos, como el Sobahet, un cruel monfí valenciano que capitaneaba una de las partidas que se habían hecho fuertes en Sierra Morena, al norte de Córdoba, compuesta en su mayor parte por esclavos desesperados, fugados de tierras de señorío, donde la vigilancia era menor que en la ciudad, y que debido a tener los rostros marcados al hierro no podían esconderse en las ciudades y optaban por hacerlo en las sierras.

Los monfíes eran su única posibilidad, concluyó Brahim.

Al amanecer del día siguiente, tras pasar ante la iglesia y el cementerio de Santa Marina, y dejar a su izquierda la torre de la Malmuerta destinada a cárcel de nobles, Brahim, Aisha y el pequeño Shamir abandonaron Córdoba por la puerta del Colodro, en dirección norte hacia Sierra Morena.

Había ordenado a Aisha que se preparase para partir con él y el niño, y que se proveyese de comida y ropa de abrigo. Su tono fue tan tajante que la mujer ni siquiera se atrevió a preguntar. Cruzaron la puerta del Colodro mezclados entre la gente que salía a trabajar a los campos o al matadero, y se dirigieron hacia Adamuz, por encima de Montoro, en el camino de las Ventas, el que unía Córdoba con Toledo a través de Sierra Morena. Cerca de Montoro acababan de encontrar a cuatro cristianos degollados y con las lenguas cortadas; los monfíes debían rondar por la zona.

Desde Córdoba hasta Toledo, en el camino de las Ventas, había numerosas posadas para los viajeros que lo transitaban, por lo que Brahim tomó sendas alejadas de la vía principal, o incluso campo a través, pero antes de llegar a Alcolea, en descampado, como estaba ordenado hacerlo, se produjo el primer encuentro con la Santa Hermandad. Atado a un poste hundido en la tierra, el cadáver asaetado de un hombre se descomponía para servir de alimento a los carroñeros y de advertencia a los vecinos: ésa era la forma en que la Hermandad ejecutaba sus sentencias de muerte contra los malhechores que osaban delinquir fuera de las ciudades. Brahim recordó las precauciones que le habían aconsejado tomar y obligó a Aisha a abandonar la ruta que seguían, aunque se trataba de un camino apartado por el que trataban de rodear las estribaciones de Sierra Morena e internarse directamente en la sierra. Entre alcornoques y cañadas, su instinto de arriero le permitió orientarse sin dificultad y encontrar aquellos pequeños y desconocidos senderos que sólo seguían los cabreros y los expertos en la montaña.

Él y Aisha, que caminaba en silencio detrás de su marido con el niño a cuestas, tardaron todo el día en recorrer la distancia que separaba Córdoba de Adamuz, un pequeño pueblo sometido al señorío de la casa del Carpio; acamparon en sus afueras, entre los árboles, escondidos de los viajeros y la Hermandad.

– ¿Por qué escapamos de Córdoba? -Se atrevió a preguntar Aisha en el momento en que entregaba a Brahim un pedazo de pan duro-. ¿Adónde nos dirigimos?

– No escapamos -le contestó su esposo con rudeza.

Ahí terminó la conversación y Aisha se volcó en el niño. Pernoctaron a la intemperie, sin encender fuego y luchando contra el sueño, temerosos del aullar de los lobos, los gruñidos de los cerdos salvajes o cualquier otro sonido que pudiera delatar la presencia del oso. Aisha protegió a Shamir con su cuerpo. Brahim, sin embargo, parecía feliz; observaba la luna y dejaba vagar la mirada entre las sombras, deleitándose con la que había sido su forma de vida antes de la deportación.

Al alba, efectivamente, fueron los monfíes quienes acudieron a ellos. Los bandoleros merodeaban por el camino de las Ventas atentos a cualquier viajero procedente de Madrid, Ciudad Real o Toledo que no hubiera sido lo suficientemente precavido como para hacerlo en compañía o protegido. Ya los habían descubierto la jornada anterior, vigilantes como siempre lo estaban a cualquier movimiento que pudiera significar la llegada de los cuadrilleros de la Hermandad, pero no les habían dado importancia: un hombre y una mujer con un niño que viajaban a pie y sin equipaje, evitando los caminos principales, carecían de interés. De todas formas, convenía saber qué hacían aquellos tres en la sierra.

– ¿Quiénes sois y qué pretendéis?

Brahim y Aisha, que desayunaban sentados, ni siquiera los habían oído acercarse. De repente, dos esclavos prófugos marcados al hierro en el rostro, armados con espadas y dagas, se plantaron ante ellos. Aisha apretó al niño contra su pecho; Brahim hizo ademán de levantarse, pero uno de los esclavos se lo prohibió con un gesto.

– Me llamo Brahim de Juviles, arriero de las Alpujarras. -El monfí asintió en señal de que conocía el lugar-. Mi hijo y mi esposa -añadió-. Quiero ver al Sobahet.

Aisha volvió la cabeza hacia su esposo. ¿Qué pretendía Brahim? Un tremendo presentimiento la asaltó, encogiéndole el estómago. Shamir reaccionó a la congoja de su madre y rompió a llorar.

– ¿Para qué quieres ver al Sobahet? -preguntó mientras tanto el segundo monfí.

– Es cosa mía.

Al instante, los dos esclavos huidos llevaron las manos a las empuñaduras de sus espadas.

– En la sierra, todo es cosa nuestra -replicó uno de ellos-. No parece que estés en situación de exigir…

– Quiero ofrecerle mis servicios -confesó entonces Brahim.

– ¿Cargado con una mujer y un niño? -rió uno de los esclavos.

Shamir berreaba.

– ¡Hazlo callar, mujer! -ordenó Brahim a su esposa.

– Acompañadnos -cedieron los esclavos después de consultarse con la mirada y hacer un gesto de indiferencia.

Todos se internaron en las entrañas de la sierra; Aisha trastabillaba detrás de los hombres, tratando de calmar a Shamir. Brahim había dicho que quería ofrecerse al monfí. Era evidente que Brahim buscaba dinero para recuperar a Fátima, pero ¿para qué los llevaba a ellos? ¿Para qué necesitaba al pequeño Shamir? Tembló. Le flaquearon las piernas, cayó de rodillas al suelo con el niño abrazado contra su pecho, se levantó y se esforzó por seguir la marcha. Ninguno de los hombres se volvió hacia ella… y Shamir no cesaba de llorar.

Llegaron a un pequeño claro que había servido como campamento a los monfíes. No había tiendas ni ningún chamizo; sólo mantas esparcidas por el suelo y las brasas de un fuego en el centro del claro. Arrimado a un árbol, el Sobahet, alto y cejijunto, con barba negra descuidada, recibía explicaciones de los dos esclavos que habían acompañado a Brahim y Aisha. Examinó a Brahim desde la distancia y luego le ordenó acercarse.

Cerca de media docena de monfíes, todos herrados y harapientos, recogían el campamento: unos permanecían atentos a los nuevos visitantes, otros miraban a Aisha sin esconder su deseo.

– Di rápido lo que tengas que decir -conminó el jefe monfí a Brahim, antes incluso de que éste llegase a su altura-. En cuanto regresen los hombres que nos faltan, partiremos. ¿Por qué crees que podría estar interesado en tus servicios?