El tal Ramón, en pie al lado del escribano, asintió con un simple gesto de la mano sin dejar de mirar lo que escribía el otro, y Jerónimo y Hernando salieron a la calle.
– Soy natural de Orán y mi verdadero nombre es Abbas -se le adelantó Jerónimo una vez hubieron dejado atrás las edificaciones-. Vine a España para trabajar en las cuadras de uno de los nobles que acudieron en la defensa de la ciudad hace diez años. Luego, don Diego me contrató para las caballerizas del rey.
Superaron el palacio del obispo y caminaban ya junto a la fachada posterior de la mezquita. Hernando se fijó en Abbas: sus orígenes africanos se revelaban en una tez bastante más morena que la de los moriscos españoles, que muchas veces podían confundirse con los cristianos; era algo más alto que él y mostraba un pecho y unos brazos fuertes, los de un herrador acostumbrado a martillar sobre el yunque y herrar a los caballos. Su pelo era espeso y negro como el azabache, sus ojos oscuros y sus rasgos firmes, sólo rotos por una nariz sensiblemente bulbosa, como si en algún momento se la hubieran roto.
– ¿Qué vamos a comprar? -se interesó Hernando.
– Nada. Aunque si te preguntasen al volver, di que hemos estado buscando material pero que no me ha parecido convincente.
Habían llegado ya a la esquina con la calle del mesón del Sol, que rodeaba la mezquita hasta la puerta del Perdón.
– Entonces, ¿podríamos…? -indicó señalando la calle que se abría a su derecha.
– ¿La cárcel? -entendió Abbas.
– Sí. Me gustaría ir a ver a mi madre. Conozco al alcaide -tranquilizó al herrador ante su expresión de duda-. No habrá problema. Tengo que hablar con ella.
Abbas acabó accediendo y giró por la calle del Sol.
– Y yo tengo que hablar contigo -comentó mientras subían hacia la puerta del Perdón, dejando a su izquierda los vestigios de su cultura en forma de magníficas puertas y arabescos labrados en la piedra de la mezquita-. Entiendo que quieras visitar a tu madre, pero te ruego que no te entretengas.
– ¿De qué quieres hablar?
– Después -se opuso Abbas.
Hernando se mezcló entre la gente que entraba y salía de la cárcel hasta dar con el portero. Abbas esperó fuera. Alrededor de un patio interior rodeado de arcadas, se alzaban dos pisos en los que se encontraban las celdas y las dependencias del alcaide y demás servicios, incluido un pequeño mesón. Saludó al portero y le preguntó por el obeso y desastrado alcaide, que no tardó en aparecer en el patio al saber de la llegada del morisco.
Un hedor a heces acompañó la llegada del alcaide. Hernando hizo ademán de apartarse cuando el hombre le tendió la mano derecha, todo él sucio de excrementos y mojado en orines.
– ¿Otro que se ha refugiado en las letrinas? -preguntó a modo de saludo tras suspirar y aceptar la mano que le ofrecía el jefe de la cárcel.
– Sí -afirmó el alcaide-. Está condenado a galeras y es la tercera vez que se revuelca en la mierda para evitar que lo cojamos. -Hernando sonrió pese a la caliente humedad que notaba en la mano que estrechaba la suya. Se trataba de una estratagema de los presos que iban a ser sacados de la cárcel antes de ser ajusticiados: esconderse en las letrinas para revolcarse en los orines y excrementos de los demás. Ningún alguacil quería acercarse a detenerlos, pero probablemente tres veces eran demasiado y en ésta había sido necesaria la presencia del mismo alcaide para llevar a galeras al condenado-. Me habían dicho que ya no volverías por aquí -añadió el alcaide poniendo fin al húmedo apretón de manos.
– Se trata de un asunto particular. -Hernando percibió en el brillo de los ojos de su interlocutor el interés que originó su declaración- La Hermandad ha ordenado el encarcelamiento de una mujer y su hijo. -El alcaide simuló pensar-. Se llama Aisha, María Ruiz.
– No sé… -empezó a decir el alcaide frotando con descaro pulgar e índice de su mano, reclamando el pago acostumbrado.
– Alcaide -protestó Hernando-, esa mujer es mi madre.
– ¿Tu madre? ¿Y qué hacía tu madre en el camino de las Ventas?
– Veo que os acordáis de ella. Eso quisiera saber yo: ¿qué hacía allí? Y, no os preocupéis, cumpliré con vos.
– Espera aquí.
El hombre se alejó hacia una de las mazmorras que daban al patio, por detrás de las arcadas que lo circundaban, y Hernando presenció cómo dos alguaciles que mascullaban sin cesar, sucios de excrementos y orines, flanqueaban al reo condenado a galeras. El galeote, mugriento, sonreía entre los malhumorados alguaciles, mientras que desde las mazmorras se despedían de él a gritos, y la gente se apartaba con asco a su paso. Los siguió con la mirada hasta que abandonaron la cárcel y al volverse hacia el patio, se encontró con Aisha, que había dejado a Shamir en brazos de otra reclusa.
– Madre…
– Hernando -musitó Aisha al verle.
– ¿Dónde podríamos estar a solas un rato? -preguntó Hernando al alcaide.
Éste les cedió una pequeña habitación contigua a la portería, sin ventanas, que servía de almacén.
– ¿Qué hacías…? -empezó a preguntar tan pronto como el alcaide cerró la puerta tras de sí.
– Abrázame -le interrumpió Aisha.
Contempló a su madre, que le esperaba con los brazos entreabiertos, como si no se atreviera a refugiarse en él. ¡Nunca se lo había pedido! Por un segundo recordó cómo, en Juviles, ella reprimía sus muestras de cariño ante la más mínima posibilidad de ser descubierta y ahora… Se echó en sus brazos y la abrazó con fuerza. Aisha lo arrulló y tarareó una de sus canciones de cuna sin lograr evitar que el son se quebrase por algún sollozo.
– ¿Qué hacías en el camino de las Ventas, madre? -preguntó al fin con la voz tomada.
Aisha le contó la huida a la sierra, el encuentro con los monfíes y con Ubaid; cómo le cortaron la mano a su padrastro y a ella le perdonaron la vida.
– Le escupí y le insulté -reveló al final, titubeando, incapaz todavía de aceptar el hecho de que había dejado a su esposo abandonado en Sierra Morena después de que le cortasen una mano.
Hernando deseó reír, gritar incluso. ¡Perro!, pensó. ¡Por fin su madre se había rebelado! Sin embargo, algo le aconsejó no hacerlo.
– Él se buscó su perdición -se limitó a afirmar.
Aisha titubeó antes de asentir ligeramente.
– Ubaid quiere matarte -le advirtió-. Es peligroso. Se ha convertido en el lugarteniente de un jefe de los monfíes.
– No te preocupes por ello, madre -la atajó, sin excesiva convicción-. Nunca bajará a Córdoba, ni por mí ni por nadie. Piensa solamente en ti y en el niño. ¿Cómo os tratan aquí?
– Nadie nos molesta… y comemos.
Abbas respetó el silencio en el que Hernando se había sumido cuando empezó a caminar a su lado. La despedida había sido larga: Aisha sollozaba y parecía querer retenerlo junto a ella, y él… tampoco quería dejarla allí, pero antes de que se dejara llevar por el mismo llanto, cuando Aisha percibió un ligero temblor en el mentón de su hijo y notó que se le aceleraba la respiración, le obligó a marcharse. Hernando buscó al alcaide y le prometió dinero, cualquier cosa a cambio de que la tratara bien y cuidara de ella, y abandonó la cárcel mirando una y otra vez la puerta de la mazmorra por la que su madre desapareció.
– ¿De qué querías hablar antes? -preguntó a Abbas cuando se hubo repuesto.
– Tu madre, ¿está bien? -inquirió éste a su vez. Hernando asintió-. ¿La han azotado?
– No… Que yo sepa.
– En ese caso la condena ha sido benévola. A un hombre lo habrían condenado a muerte si hubiera ido a Granada, a galeras de por vida si hubiera llegado a diez leguas de Valencia, Aragón o Navarra y a azotes, y cuatro años de galeras si lo hubieran encontrado en cualquier otro lugar fuera de su residencia.
La había abrazado con fuerza, pensaba Hernando, y no se había quejado. No debían de haberla azotado… ¿o sí?