Jalil, Karim y Hamid encabezaban la escasa lista de invitados que saludaron a Hernando; los imprescindibles para que el enlace alcanzara la notoriedad requerida en las bodas; pocas más costumbres podían cumplirse en Córdoba. Hamid le abrazó pero el joven tenía la mente en su madre: la segunda vez que fue a la cárcel, Aisha le suplicó que no volviera a visitarla más. «Tienes un buen trabajo entre los cristianos -alegó-. Yo saldré pronto. No permitas que te vean por aquí, de visita a una morisca fugada, y que con ello puedan relacionarte con el desaparecido Brahim.» ¡Le hubiese gustado tanto que su madre estuviera allí ese día!
Hamid se deshizo del abrazo y tomándolo por los hombros le obligó a girarse hacia donde acababa de aparecer Fátima. Iba ataviada con una túnica de lino blanco prestada que contrastaba con su tez morena, con el chispear de sus inmensos ojos negros y con su largo cabello negro ensortijado que las mujeres habían adornado con coloridas flores diminutas. La esposa de Karim le había regalado una delicada toca blanca que cubría su hermosa melena. Fátima lucía sus esplendorosos diecisiete años. En el nacimiento de su cuello, allí donde Hernando percibió el palpitar del corazón de la muchacha, refulgía la prohibida joya de oro.
Le ofreció su mano y ella la tomó con fuerza, la misma que había demostrado hasta ese momento. Así lo entendió Hernando, que apretó la suya a su vez. Cruzaron sus miradas y las sostuvieron. Nadie les interrumpió; nadie osó moverse siquiera. Él fue a decirle que la amaba, pero Fátima se lo impidió con un gesto casi imperceptible, como si quisiera prolongar aquel momento y deleitarse en la victoria. ¡Cuánto les había costado! En sólo unos instantes, ambos al tiempo recordaron sus sufrimientos: la obligada boda y entrega de Fátima a Brahim…
– Te amo -afirmó Hernando, aunque intuía los pensamientos que poblaban la cabeza de su futura esposa; Fátima apretó los labios. También ella adivinaba lo que él estaba pensando. ¡Hernando había soportado la esclavitud por su amor!
– Y yo a ti, Ibn Hamid.
Se sonrieron, momento que aprovechó la esposa de Karim para apresurarles. No convenía demorar la ceremonia.
Hamid hizo las exhortaciones. Aparecía envejecido; en ocasiones le tembló la voz y tuvo que carraspear repetidamente para recuperar el tono. Fátima perdió cualquier atisbo de entereza y serenidad al recibir el tosco anillo de hierro. Con manos temblorosas, buscó el dedo adecuado; luego esbozó una sonrisa nerviosa. No hubo zambras ni bailes, ni siquiera un convite; se limitaron a orar en susurros en dirección hacia la quibla y el matrimonio abandonó la calle de los Moriscos como una pareja más. Fátima se había quitado los adornos del cabello y se había cambiado la túnica blanca por su ropa habitual. Iba con la cabeza cubierta por la toca y un diminuto hatillo en una mano. ¡Cuánto arcón quedaría por llenar!, pensó Hernando al ver lo poco que pesaba el hatillo.
Escondieron la mano de Fátima en el interior del Corán, que a su vez taparon con la toca blanca que Fátima dobló con primor. Para cumplir con la costumbre, introdujeron debajo del colchón de la cama un pequeño bollo de almendras. Luego, por enésima vez, ella recorrió las dos estancias, mirando aquí y allá, fantaseando con su futuro en aquella casa, hasta que llegó a pararse de espaldas a él, frente a la jofaina, en la que deslizó con delicadeza las yemas de los dedos y rozó la superficie del agua limpia. Entonces le pidió que la dejara sola hasta el anochecer.
– Me gustaría prepararme para ti.
Hernando no llegó a verle el rostro, pero su tono de voz, sensual, le dijo cuanto deseaba escuchar.
Ocultando su ansiedad, obedeció y descendió a las cuadras, que los domingos se hallaban desiertas; sólo un mozo de guardia haraganeaba en el patio exterior. Paseó a lo largo de las caballerizas y palmeó las ancas y grupas de los potros distraídamente. ¿Cómo se prepararía Fátima para él? No disponía de la túnica blanca abierta por los costados con que le había recibido en su primera noche de amor, en Ugíjar. ¡No estaba en el hatillo! Se estremeció con el recuerdo de sus pechos duros y turgentes insinuados al contraluz, mostrándose, provocativos, a través de las aberturas, moviéndose mientras le servía, mientras le atendía…
No tuvo oportunidad de apartarse. Uno de los potros cerriles recién llegados de las dehesas coceó a su paso y alcanzó de refilón su pantorrilla. Hernando sintió un dolor agudo y se llevó las manos a la pierna; por fortuna, el potro todavía no estaba herrado y el dolor de la patada fue disminuyendo poco a poco. ¡Estúpido!, masculló Hernando recriminándose su desidia. ¿Cómo podía ir dando palmadas a aquellos animales que no estaban acostumbrados al trato? El potro se llamaba Saeta, y su fogoso carácter ya le había indicado que le daría más problemas que los demás. Hernando se acercó a él y Saeta tironeó del ronzal que le ataba a la pared. Atento a aquellos pies prestos a cocear de nuevo, se plantó a su lado. Allí, quieto, esperó pacientemente a que el animal se calmase, primero sin hablarle siquiera, para empezar a susurrarle tan pronto como el potro dejó de pelear contra sus ataduras y de moverse inquieto en el escaso espacio en el que se hallaba confinado. Le habló con dulzura durante largo rato, igual que hacía con la Vieja en las sierras. No hizo intento alguno por acercarse a él o por llevar una mano a su cuello para palmearlo. Saeta evitaba mirarle, pero erguía las orejas ante los cambios en su tono de voz. Así estuvieron bastante tiempo. El potro no cedió; permaneció obstinado, en tensión, la cabeza al frente sin hacer el menor ademán de ladearla para olisquearlo o buscar algún contacto.
– Ya te entregarás -auguró Hernando cuando decidió que no era el momento de ir más allá-, y ese día -continuó diciendo mientras abandonaba la cuadra atento a los pies del potro-, lo harás de corazón, más que ninguno.
– Seguro que será así. -Hernando se volvió, sobresaltado, al oír la voz. Don Diego López de Haro y José Velasco le observaban. El noble aparecía ataviado de domingo: calzas acuchilladas en diversas tonalidades de verde por encima de las rodillas, medias y zapatos de terciopelo; jubón negro extremadamente ceñido, sin mangas, con lechuguillas en el cuello y en los puños de la camisa, sobretodo y espada al cinto. José, su lacayo, estaba al lado y a unos pasos por detrás el mozo de guardia. ¿Cuánto tiempo habrían estado observándole? ¿Habría dicho alguna inconveniencia mientras le hablaba al potro? Recordaba… ¡le había hablado en árabe!-. ¿Te ha dolido la coz? -inquirió don Diego señalando su pierna. Si habían visto cómo Saeta le propinaba una coz… ¡Habían estado escuchando desde el principio!
– No, excelencia -tartamudeó.
Don Diego se acercó y apoyó una mano en el hombro del muchacho con familiaridad. El contacto, no obstante, intimidó a Hernando: ¡había recitado algunas suras!
– ¿Sabes por qué se llama Saeta? -El caballerizo real no esperó su respuesta-. Porque es rápido y duro como ellas, y también ágil y gallardo, y se mueve elevando manos y pies como si quisiera tocar el cielo con rodillas y corvejones. Tengo puestas grandes esperanzas en este potro. Cuídalo. Cuídalo bien. ¿Dónde has aprendido de caballos?
Hernando titubeó… ¿Debía contárselo?
– En Sierra Nevada -trató de zafarse.
Don Diego ladeó ligeramente la cabeza, en espera de mayores explicaciones.
– En las sierras sólo tenían caballos los monfíes -apuntó ante su silencio.
– Con Ibn… Aben Humeya -se vio obligado a reconocer entonces-. Me ocupé de sus caballos.
Don Diego asintió, su mano derecha seguía apoyada en el hombro de Hernando.