– Don Fernando de Válor y de Córdoba -musitó-. Dicen que murió clamando su cristiandad. Don Juan de Austria ordeno que se exhumara su cadáver de las sierras y se le enterrase cristianamente en Guadix. -El noble pensó durante unos instantes- Retírate -indicó después-. Hoy es domingo, ya continuarás mañana.
Hernando desvió la mirada hacia las ventanas: el sol empezaba a ponerse. ¡Fátima! Hizo una torpe reverencia y abandonó las cuadras presuroso.
Don Diego, sin embargo, permaneció con la mirada fija en Saeta.
– He visto a muchos hombres reaccionar con violencia cuando un potro les cocea o se defiende -comentó a su lacayo sin volverse hacia él-. Entonces los maltratan, los castigan y sólo consiguen resabiarlos. Por el contrario, este chico se ha acercado a él con ternura. Cuida de ese muchacho, José. Sabe lo que hace.
Hernando subió corriendo las escaleras que llevaban a las habitaciones y golpeó la puerta.
– Tendrás que esperar -le dijo Fátima desde el interior.
– Está anocheciendo -se oyó decir a sí mismo en un tono tremendamente ingenuo.
– Pues tendrás que esperar -contestó ella con firmeza.
Paseó arriba y abajo el pasillo que daba a las habitaciones hasta que se cansó de hacerlo. ¿Qué estaba haciendo? El tiempo transcurría. ¿Volvía a llamar? Dudó. Al final optó por sentarse en el suelo, justo frente a la puerta. ¿Y si le veía alguien? ¿Qué les diría? ¿Y si alguno de los demás empleados que vivían en el piso superior…? ¿Y si era el propio caballerizo? ¡Estaba abajo, en las cuadras! ¿Qué habría escuchado de las palabras que le había susurrado al potro? Estaba prohibido hablar en árabe. Sabía que los moriscos habían elevado una petición al cabildo cordobés en la que exponían la dificultad que para muchos de ellos suponía abandonar el único idioma que conocían. Suplicaban una moratoria en la aplicación de la pragmática real para dar tiempo a que, aquellos que no lo sabían, aprendieran el castellano. Se la denegaron y hablar en árabe continuaba castigándose con multas y cárcel. ¿Qué pena conllevaría, entonces, el recitar el Corán en árabe? Sin embargo, don Diego no había dicho nada. ¿Sería cierto que allí la única religión eran los caballos…?
Unos tímidos golpes en la puerta le alejaron de sus pensamientos. ¿Qué significaba…?
Los golpes se repitieron. Fátima golpeaba desde dentro.
Hernando se levantó y abrió con delicadeza. La puerta no estaba atrancada. Se quedó paralizado.
– ¡Cierra! -le gritó Fátima con un hilo de voz y una sonrisa en los labios.
Obedeció con torpeza.
A falta de túnica, Fátima le recibió desnuda. La luz del ocaso y el titilar de una vela tras ella jugueteaban con su figura. Sus pechos aparecían pintados con alheña en un dibujo geométrico que ascendía en forma de llama hasta lamer la punta de los dedos de la mano de oro que volvía a pender de su cuello. También se había pintado los ojos, circundándolos hasta terminar dibujando unas largas líneas que resaltaban su forma almendrada. Un delicioso aroma de agua de azahar envolvió a Hernando mientras recorría con la mirada el esbelto y voluptuoso cuerpo de su esposa, los dos quietos, en un silencio sólo roto por sus respiraciones entrecortadas.
– Ven -le pidió ella.
Hernando se acercó. Fátima no hizo ademán de moverse y él siguió con la yema de los dedos el dibujo de sus pechos. Luego, en pie frente a su esposa, jugueteó con sus pezones erectos. Ella suspiró. Cuando fue a tomar uno de sus pechos con la mano, ella le detuvo y tiró de él hasta donde estaba la jofaina. Entonces empezó a desnudarle con delicadeza y le lavó el cuerpo.
Entonces Hernando balbuceó unas primeras palabras y se abandonó a los estremecimientos que le sacudían tan pronto uno de los senos de Fátima rozaba su piel, cada vez que sus húmedas manos corrían sensualmente por su torso, por sus hombros, por sus brazos, por su abdomen, por su entrepierna…
Y mientras tanto, ella le hablaba en susurros, con dulzura: te quiero; te deseo; hazme tuya; tómame; condúceme al paraíso…
Cuando terminó, le besó y se colgó de su cuello.
– Eres la mujer más bella de la tierra -le dijo Hernando-. ¡Cuánto he esperado este…!
Pero Fátima no le dejó continuar: alzó ambas piernas hasta ceñirlas a su cintura, quedó suspendida de él y se movió delicadamente la vulva hasta encontrar su pene erecto. Sus jadeos se confundieron en uno solo cuando Fátima se deslizó hacia abajo y él la penetró hasta llegar a lo más hondo de su cuerpo. Hernando, en tensión, sus músculos brillantes de sudor, la sostuvo agarrada por la espalda y ella se arqueó, contorsionándose en busca del placer. Fátima impuso el ritmo: escuchó con atención sus jadeos, sus suspiros y sus ininteligibles susurros; se detuvo en varias ocasiones y le mordisqueó los lóbulos de las orejas y el cuello, hablándole para sosegar su ímpetu, prometiéndole el cielo para luego, de nuevo, iniciar un rítmico baile sobre su miembro. Al fin, alcanzaron el orgasmo al tiempo.
Hernando aulló; Fátima se deleitó en un éxtasis que se alzó por encima del grito de su esposo.
– Al lecho, llévame al lecho -le rogó la muchacha cuando él hizo ademán de alzarla y separarse-. Así. ¡Llévame! -Se abrazó todavía más a él-. Los dos juntos -le exigió-. Te amo. -Tiraba de sus cabellos mientras él la conducía al tálamo-. No te separes de mí. Quiéreme. Mantente dentro de mí…
Tumbados, sin romper su unión, se besaron y acariciaron hasta que Fátima notó que el deseo renacía en Hernando. Y volvieron a hacer el amor, con frenesí, como si fuera la primera vez. Luego ella se levantó y preparó limonada y frutos secos, que le sirvió en la misma cama. Y mientras Hernando comía, le lamió todo el cuerpo, moviéndose como una gata hasta que él se sumó a su juego tratando de alcanzarla con su lengua a medida que ella se deslizaba de un lado a otro.
Esa noche, los dos juntos, recorrieron una y otra vez los milenarios caminos del amor y del placer.
35
8 de diciembre de 1573,
festividad de la Concepción de Nuestra Señora
Habían transcurrido siete meses desde que contrajeran matrimonio. Aisha cumplió los sesenta días de condena, fue puesta en libertad y Hernando obtuvo el permiso del administrador para que, junto a Shamir, compartiera con ellos las habitaciones de encima de las cuadras.
Fátima estaba embarazada de cinco meses y Saeta acabó entregándose a sus cuidados y caricias. No volvió a hablarle en árabe. La misma noche de bodas, tumbados en la cama, sudorosos, había explicado a Fátima lo que le había sucedido con el potro y don Diego.
– Un cristiano siempre será un cristiano -le contestó ella en un tono absolutamente distinto al utilizado a lo largo de la noche, recelosa ante la afirmación de que allí la única religión eran los caballos-. ¡Malditos! No te fíes, mi amor: con caballos o sin ellos, nos odian y lo harán siempre.
Luego Fátima volvió a buscar el cuerpo de su esposo.
Hernando trabajaba de sol a sol. Dos veces al día tenía que pasear a los potros del ronzal para que hicieran ejercicio. Lo hacía con un ronzal largo alrededor del que giraban los animales; con una vara verde untada con miel en la boca, cuyo grosor debía ir en aumento hasta llegar al de una lanza para que se acostumbrasen al freno de hierro que un día les embocarían, y con sacos de arena en el lomo para que se hicieran al peso de un jinete. En las cuadras los limpiaba restregándoles todo el cuerpo con un mandil; les levantaba pies y manos y les limpiaba los cascos preparándolos para el momento en que los herrasen. Saeta fue el primero en admitir el trabajo en el patio con un saco de arena en el lomo y una gruesa vara en la boca. Con independencia de esos trabajos, a menudo alguno de los jinetes le pedía que le acompañara a recorrer la ciudad como hiciera con Rodrigo.