«Musulmán entre cristianos», se sintió Hernando al son de la música del órgano y los cánticos del coro que anunciaba la entrada del obispo, del inquisidor de Córdoba y del corregidor de la ciudad, todos por delante de sus respectivas cortes y de los reos. «Igual que aquella construcción», añadió para sí acariciando una de las columnas: el fervor cristiano se mostraba en todo el perímetro del templo, donde se hallaban las capillas. El espacio que se abría a partir de esas capillas, con sus mil columnas y arcos ocres y rojos cantaba la magnificencia de Alá, y en el centro, rodeada por las columnas, la nueva capilla mayor y el coro, de nuevo cristiana.
Hernando elevó la mirada al techo de la catedraclass="underline" los cristianos buscaban acercarse a Dios en sus construcciones, alzándolas cuanto sus recursos técnicos les permitían; firmes en sus bases, esbeltas en las alturas. Sin embargo la mezquita de Córdoba se mostraba como un prodigio de la arquitectura musulmana, el resultado de un audaz ejercicio constructivo en el que el poder de Dios venía a descender sobre sus creyentes. La sección de los arcos superiores de las dobles arcadas que descansaban sobre las columnas de la mezquita, era el doble de ancha que la sección de los arcos que los aguantaban. Al contrario de lo que sucedía con las construcciones cristianas, en la mezquita, la base firme, el peso, se hallaba por encima de las esbeltas columnas en notorio y público desafío a las leyes de la gravedad. El poder de Dios se situaba en las alturas, la debilidad de los creyentes que oraban en la mezquita, en su base.
¿Por qué no habrían derruido los cristianos todo vestigio de aquella religión que tanto odiaban, igual que con las demás mezquitas de la ciudad?, se preguntó con la mirada todavía en los arcos dobles por encima de las columnas. El cabildo catedralicio de Córdoba era de los más ricos de España y sus nobles también, y devoción no faltaba para haber asumido un proyecto como aquél. Podían haber proyectado la construcción de una gran catedral como las de Granada o Sevilla y sin embargo, habían permitido que la memoria musulmana perviviese en aquellas columnas, en los techos bajos, en la disposición de las naves… ¡en el espíritu de la mezquita! «Mágica unión la que, con independencia de las gentes, se respira en el interior de este edificio», suspiró.
Ninguno de ellos llegó a ver el auto de fe que se celebraba en un entarimado junto a la antigua capilla mayor; sólo aquellas filas más cercanas al cordón de seguridad establecido por los justicias y alguaciles alrededor de los principales pudieron llegar a contemplar el acto. Sin embargo sí que escucharon la lectura pública de las acusaciones y las sentencias, sin méritos, brevemente, en las que tan sólo se mencionaban las culpas y las penas impuestas contra cuarenta y tres reos del reino de Córdoba, de los que veintinueve eran moriscos, sobre el que el tribunal ejercía su jurisdicción, lecturas que los cristianos escucharon en silencio para luego vitorear o abuchear las penas con que concluía la exposición de cada uno de ellos.
Doscientos azotes a un cristiano, vecino de Santa Cruz de Múdela, por sostener que era falsa la afirmación del Credo en la que aseguraba que Dios vendría a juzgar a vivos y muertos. «¡Ya ha venido una vez! -Sostenía el reo-. ¿Por qué va a volver?» Varias penas también de azotes para otros tantos cristianos por haber afirmado en público que no eran pecado las relaciones carnales o el vivir amancebado siendo soltero; doscientos azotes y galeras durante tres años a un vecino de Andújar por bigamia; multa para un tejero de Aguilar de la Frontera por declarar que no existía el infierno sino para moros y desesperados: «¿Por qué van a ir al infierno los cristianos si existen moros?»; multa y escarnio público mediante soga y mordaza para otro hombre por manifestar que no era pecado yacer con una mujer pagando por ello; penas menores de multas y sambenitos para varios hombres y mujeres por haber blasfemado y puesto en tela de juicio la eficacia de la excomunión o por proferir palabras malsonantes, escandalosas o heréticas. Confiscación de bienes, azotes y galeras de por vida contra dos franceses por ser seguidores de la secta de Lutero y relajación en efigie para tres vecinos de Alcalá la Real por haber renegado de la religión católica en Argel, tras haber sido apresados por los corsarios.
– Elvira Bolat -cantó el notario a continuación de los relajados de Alcalá-, cristiana nueva de Terque…
– ¡Elvira! -se le escapó a Fátima. Un hombre y una mujer que estaban por delante de ellos se volvieron sorprendidos: primero hacia la muchacha, luego hacia Hernando, a quien ella trataba de darle una explicación-: Era mi amiga antes de que…
Abbas se santiguó ostensiblemente.
– Mujer -la interrumpió con brusquedad Hernando, que se santiguó imitando al herrador-, renuncia a este tipo de amistades de la infancia. No te convienen. Reza por ella -añadió apretándole el antebrazo-. Ruega la intercesión de la Virgen María para que Nuestro Señor la guíe por el camino del bien.
El hombre que se había vuelto hacia ellos asintió en señal de conformidad a la reconvención, y él y su mujer volvieron a prestar atención a la lectura.
Multa, sambenito y cien latigazos. Cincuenta en Córdoba y cincuenta más en Écija, de donde era vecina Elvira, por «cosas de moros». Similar suerte -sambenitos, períodos de evangelización en las parroquias y cien o doscientos latigazos según el sexo- corrieron los restantes moriscos encausados, todos reconciliados con la Iglesia tras admitir sus faltas y herejías. El siguiente reo era un esclavo reincidente apresado tratando de huir a Berbería y que en todo momento se mantuvo fiel a la secta de Mahoma: relajación. La gente estalló en vítores y aplausos. ¡Ya tenían garantizado su espectáculo! La quema en la hoguera de las tres efigies inanimadas de los apóstatas de Alcalá cautivos en Argel no satisfacía a nadie; la del esclavo impenitente, vivo, que de insistir en su postura ardería sin la gracia de ser previamente ejecutado a garrote vil, sí les atraía.
– Así lo pronunciamos y declaramos.
Los miembros del tribunal pusieron fin al auto de fe y los reos fueron entregados al brazo secular para que ejecutase las penas impuestas. Antes de que se hubiera podido oír la última palabra, la gente ya corría hacia el Quemadero, en el campo del Marrubial, ubicado en las afueras de la ciudad en su extremo oriental. Tenían que cruzar toda la ciudad.
El alboroto que originó la multitud permitió a Hernando dirigirse a Abbas sin cautelas. Se sentía asqueado. Hombres y mujeres de todas las edades se empujaban, reían y gritaban.
– ¡Un moro menos! -oyó que decía uno de ellos.
Un coro de risotadas aplaudió las palabras.
– ¿También tenemos que presenciar cómo queman a uno de los nuestros? -preguntó él entonces.
– No, porque nos esperan en la biblioteca -contestó el herrador con cierta frialdad-, pero deberíamos hacerlo. -Hernando se dio cuenta al instante del error cometido-. Ese hombre morirá reivindicando la verdadera religión delante de miles de cristianos exaltados, ávidos de sangre y venganza todos ellos. Piensa que cuantos creyentes han sido hoy condenados se sienten orgullosos por ello. Las mujeres, con la excusa del frío, pedirán sambenitos con los que vestir a sus hijos pequeños a fin de que les acompañen para mostrarnos a todos que no han olvidado a su Dios, que el culto sigue vivo entre los creyentes. -Fátima escuchaba con los ojos entrecerrados y con ambas manos sobre la barriga. Hernando hizo ademán de pedir excusas, pero Abbas no se lo permitió-: No hace mucho, hemos tenido conocimiento de que algunos días después de que se celebrase un auto de fe en Valencia, el verdugo que intervino en la ejecución de las penas acudió al pequeño pueblo de Gestalgar, en la serranía, para cobrar a nuestros hermanos los honorarios por su infame trabajo. Uno de ellos se negó a pagar porque no había sido azotado.