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Las desventuras de la familia no duraron mucho. Cambió el gobierno de la provincia y Padre se valió de las nuevas influencias para que los ingenios le devolvieran algunas fincas. La casa volvió a ser la de antes. Madre tomó una sirvienta para el planchado y otra para la limpieza. Los domingos iban varias mujeronas a cocinar fuentes de puchero y a preparar guisos para toda la semana, que atesoraban en cacerolas de hierro.

Debieron improvisar una pieza de chapas junto a los piletones del lavadero para acomodar a las sirvientas. A veces, aprovechando el ajetreo de la cocina, Carmona se ocultaba allí y les hurgaba los enseres íntimos: aspiraba el perfume fuerte de los calzones y palpaba con delicadeza la huella negra de los pies en las chancletas que ellas usaban en las horas de desaliño: las inasibles señales de cuerpos que allí se erguían, sin dejarse ver, más verdaderos aún que en la cocina.

Una siesta, cuando las sirvientas oían entretenidas los novelones radiales en el comedor de diario, Carmona vio a uno de los gatos de los Alamino reptando hacia unas minúsculas zapatillas azules, que apestaban con la fuerza de mil pies. El gato se entretuvo reconociéndolas con las pezuñas durante algunos minutos y luego las lamió con voracidad. Era un gato negro, con una raya rubia en las ancas: al verlo hundir el hocico, Carmona tuvo la sensación de que una de las sirvientas brotaba de la zapatilla y agitaba la cola. Sintió el súbito deseo de lamer él también. Se agachó y apartó al gato. Al hundir la lengua, lo inundó un calor desconocido, y el cuerpo al que pertenecían las zapatillas le ocupó los sentidos. Una y otra vez lamió los recuerdos que daban vueltas por allí, lamió los pasos que la sirvienta no había dado aún. Lamió, lamió, con la fruición del gato.

Madre llevaba ya varios meses postrada en la cama cuando le dijo: «En cuanto te descuides, Carmona, los gatos te matarán». Un presentimiento era una manada de gatos surcando la noche; la noche era una pezuña enloquecida que seguía escarbando en los ardores del cuerpo. Un presentimiento era el ojillo alerta de los gatos, que no lo dejaba dormir.

Padre había muerto. Lo encontraron una mañana sobre las losas de una galería en construcción, azules los labios, el corazón destruido. El hematoma del infarto le amorataba el pecho. Quién sabe desde cuándo yacía allí, al sereno. Las moscas habían comenzado a cubrirlo, pero los gatos, al pasar, las espantaban con la cola. A veces, se acercaban al cuerpo y le clavaban las uñas. Tarde o temprano, los gatos se lo llevarían. «A vos también, Carmona», le recordaba Madre. «Cuando vengan a buscarte ya no tendrás escapatoria.»

A la semana siguiente, una tribu de gatos ocupó la casa. Madre dormía con dos o tres por temporada, cubriéndolos con sus sábanas y permitiéndoles que se le arrebujaran bajo el camisón. La primera de sus protegidas fue la Brepe. A los otros solía vérselos por la cocina, penetrándose junto a la lumbre. Llevaban la desvergüenza por todas partes y Madre, tan pudorosa con las personas, les consentía cualquier cosa.

Para sus alardes nupciales las gatas hembras preferían el amanecer: aunque las atormentara el deseo fingían desdén, ocultaban y ofrendaban a la vez las tetitas candentes y, cuando por fin cedían, las vergas lanceoladas de los machos les desgarraban la vagina. Del sufrimiento les venía el goce. Avanzaban más allá del dolor, sin tenerse lástima. ¿Qué habría del otro lado, cuando se cruzaba el límite? Qué: Carmona no lo sabía. Cada vez que algún deseo despuntaba en él, Madre se lo apagaba.

Aun en aquellos meses de postración, la salud de Madre parecía invencible. Ciertos días se levantaba temprano, regaba las plantas y, meciéndose en una hamaca de mimbre, al reparo del sol, leía las visiones de Swedenborg en el paraíso. El horizonte estaba siempre amarillo, por el resplandor de las montañas. Madre hablaba con nostalgia de los cráteres de agua que había visitado cuando estaba de novia, pero no quería volver a verlos. «¿Y si ya no se parecen a los de antes?», decía. «Nada es tan triste como decepcionarse de un recuerdo.» Lo que más temía, sin embargo, era que todo siguiera igual.

– Vayamos aunque sólo sea hasta el pie de la falda -proponía Carmona-. Tomar aire te hará bien.

– El aire es el mismo en todas partes -contestaba Madre-. ¿Querés que salga para que me muera más rápido? No te voy a dar el gusto.

Y si Carmona, sofocado, se alejaba de ella por un instante, Madre lo llenaba de reproches:

– Siempre me dejas sola -le decía-. No te importa nada de mí -se quedaba mirándolo con ira, dilatadas las aletas de la nariz.

– Yo te quiero, Madre -repetía Carmona desde lejos, tratando de aplacarla. Pero ella lo rechazaba:

– ¿Y eso de qué me sirve?

Pasaban juntos la mayor parte del tiempo y, sin embargo, no bien se quedaba solo, a Carmona le costaba recordar cómo era ella. Sólo el perfil cada vez más delgado y el delta de estrías sobre los labios copiaban en la memoria el lejano dibujo de la realidad. Una noche, al retirarle la bandeja de comida, la descubrió besándose con uno de los gatos en la boca: ella le lamía el hocico y el gato, ávido, metía la lengua entre sus labios.

Carmona hizo como que no veía y preguntó:

– ¿Necesitas otra cosa?

– Sí -dijo ella-. Que te vayas y no aparezcas más.

Las gemelas, atareadas con los maridos, sólo la visitaban de vez en cuando. «¿Por qué no tomas una sirvienta?», aconsejaban al hermano. «Madre no las tolera», respondía él. «Se queja de que le roban los centavos, las amenaza con cuchillos y las encierra en el baño con llave. Hasta las más curtidas se van al día siguiente. No le gusta que nadie la atienda sino yo.» Madre quería que Carmona estuviera siempre a su alcance, pendiente de sus órdenes, pero a la vez tenía miedo de que él la matara. Se lo decía una y otra vez: «¿Para qué seguís esperando? Ya que vas a matarme, mátame ahora». Él no sabía cómo hacer para apartarle la idea de la cabeza. «Lo que pasa es que no te animas», insistía Madre. «Sabes que cuando te descuides, los gatos te lo harán pagar caro.»

Una tarde la dejó dormida y fue a ver Hiroshima mon amour. La película describía una ciudad blanca, o quizás sólo la desolación de la blancura. Se veían los pasillos infinitos de un hospital, los enfermos, las escaleras, y un río de muertos a través de las ventanas. Llovían cenizas y ramas carbonizadas. En medio de las ruinas una pareja solitaria se amaba. Hasta ese momento, Carmona no había pensado en Madre. Pero vio las imágenes del mundo huérfano y la extrañó. ¿Quién era él, sin Madre?

(Madre era un reproche que le oprimía la garganta y lo volvía niño: con movimientos diestros lo empujaba hacia dentro de los ataúdes para que besara la frente de los difuntos, y así era el fin. Madre era un vacío que lo llamaba, el vientre ceñido de seda negra, el plasma tibio, la ternura: el principio. Hiroshima era Madre.)

En la película, los cuerpos desnudos de la pareja se entrelazaban: zumos, papilas, grutas. Del roce de los cuerpos subían vapores: la mirada caminaba a veces sobre los cuerpos como por un desierto y, a lo lejos, de pronto, brotaba un geiser. Se oía la voz velada del hombre, un japonés: «Eres como mil mujeres para mí». «Porque no me conoces», respondía la mujer, «sólo por eso». Una mano rayó la blancura de la pantalla y se posó sobre la nada: era una lumbre en el agua. «A lo mejor no es tan sólo por eso», decía el hombre: «No por completo». La mujer le sonreía: «Me gusta ser mil mujeres para ti». Y otra vez llovían las cenizas.

Carmona sintió necesidad de Madre, deseo, el aguijón de un amor que nunca había podido saciarse. ¿Madre era mil mujeres para él? Tal vez lo era, y aún no se lo había dicho. Quién sabe cuánto tiempo llevaba esperando Madre que alguien la abrazara y le dijera: Sos todas las mujeres para mí. Mientras no le hablaran así, ella tampoco podía pertenecer a nadie. Una mujer que no es todas las mujeres ni siquiera puede pertenecerse a sí misma.