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Entró en la casa casi corriendo, el corazón ansioso, como cuando era niño. Madre leía el mismo libro de Swedenborg, meciéndose en la hamaca del patio. Hacía calor. Los pájaros volaban alto y del plumaje se les desprendían hebras irisadas. Carmona tomó las manos de Madre, que no tocaba desde hacía mucho, y las besó:

– Fuiste la única mujer para mí -le dijo-. Sos como mil mujeres -y tuvo la certeza de que Madre iba a repetir: «Me gusta que digas eso. Es lo que siempre he querido». Pero ella lo apartó con un desprecio que debía de llevar años esperando.

– Yo no soy mil mujeres. Yo soy yo -dijo-. A mí no tenes por qué meterme en tus porquerías.

Desde entonces, Carmona se había esforzado por ver a Madre tal cual era, pero la muerte no le había dado tiempo para poner la realidad en su lugar.

La noche antes de entrar en coma, Madre tenía el cuarto lleno de gatos. La Brepe estaba en sus brazos, y de tanto en tanto hundía el hocico entre los pechos fláccidos. Los otros gatos iban y venían por la cama llevando entre las fauces restos de la gran foto que Padre se había tomado junto a su última construcción: el alto pedestal para la estatua de un prócer, aún sin terminar. Madre ordenó a Carmona que arrojase a la basura los pedazos de la foto: estaban manchados por líneas de saliva, y el capitel románico en el que Padre se había esmerado tanto ya empezaba a descascararse.

Cada vez que Carmona vislumbraba en Madre algún gesto de amor se desconcertaba. Madre no podía amar a nadie, salvo a ella misma, y eso quién sabe. El amor y ella no parecían llevarse bien. Era tan inesperado para Carmona ver a Madre transportada de amor cuando jugaba con los gatos que, en vez de sobresaltarse, bostezaba.

– Me voy a la cama -dijo. Madre lo retuvo:

– Hace mucho que no cantas para mí, Carmona. Cántame ahora, mientras me duermo. En algún momento los hijos tienen que ser los padres de sus padres.

– Para cantar tengo que darte la espalda, Madre. A la voz le da miedo salir cuando te ve.

Fue hacia la puerta del cuarto y se quedó mirando el patio. La noche estaba llena de fugaces llamitas, libando de la negrura. Cantaré para ella un madrigal, Care Charming Sleep, pensó Carmona. La voz subió por los racimos alveolados de los pulmones y se dejó caer en las galerías de la tráquea. Estaba a punto de brotar cuando los gatos la inmovilizaron, clavándole los ojos.

– ¿Ves que no puedo, Madre? -dijo Carmona-. Quiero cantar, pero la voz se niega.

– No mientas -gritó Madre desde la cama-. Te pasas la vida echándole la culpa a tu voz. Cantas para cualquiera pero no para mí. Es lo único que te pido y te negás a dármelo.

Carmona trató de que su imaginación se alejara de allí, a un lugar que Madre no pudiese ver. Eso le daría confianza a la voz. Hizo un esfuerzo y pensó en los lirios de bronce que había visto brillar sobre una salina, pensó en las fotografías de unos palafitos a orillas del lago de Maracaibo, en una muchacha solitaria que lloraba en un baile, pensó en los lunares de las gemelas y en las montañas amarillas. Por un momento tuvo la voz en la punta de la lengua, pero la mirada fija de los gatos la ahuyentó nuevamente.

Corrió a su cuarto y se tendió en la cama. Madre le había llenado el dormitorio con los trastos inútiles de Padre. A los costados se amontonaban ahora columnas de facturas e impuestos de las fincas, planos, maquetas y cartapacios con interminables escuadrones de cifras que designaban quintales de hormigón y kilómetros de varillas para encofrados. Los papeles atraían un polen ceniciento y tenaz, que le irritaba la garganta.

Madre había dejado allí también los frascos de alcohol en los que Padre sumergía, de tanto en tanto, minúsculos animales rosados: larvas de la gran zanja, creía Madre. Pero Carmona sabía que no. Eran los huevos de los gatos que Padre solía castrar a escondidas. Yacían en un agua calma, azulada por la descomposición: algunos se habían desgajado en mínimas aletas, otros, carbonizados por el encierro, aún despedían calor. Cada vez que Padre los acercaba a la luz, los huevos se agitaban con pánico y trataban de ocultarse. Carmona quería vaciarlos en la pileta del fondo, que ya no se usaba, pero Madre no estaba de acuerdo.

«A Padre le costó mucho su colección de larvas», solía decir. «Lo menos que podemos hacer es respetar las cosas que le gustaban.»

Había en los frascos cierta fosforescencia que no dejaba dormir a Carmona: los destellos se convertían a veces en pequeñas burbujas impacientes, como flores de esperma. Todas las noches, al acostarse, se tomaba el trabajo de guardar los frascos en un armario, pero a la mañana siguiente aparecían otra vez al descubierto. Ahora, al salir del cuarto de Madre, aquellas mudas simientes soltaban en el alcohol estelas púrpuras de súplica. Carmona oyó caer la humedad de la noche. La luna llena resbaló en las paredes del patio y dibujó vetas de azufre y níquel, como las que había visto Madre en las montañas amarillas. En ese momento regresó la voz. Asomó su huidiza cabeza y poco a poco dejó salir el fino cuerpo, la pulpa, las membranas vibrátiles. Tanteó primero el aire con un par de escalas y luego, al ver que nadie estaba acechándola, cantó Care Charming Sleep como una adolescente intimidada. «Un poco más alto», le pidió Carmona, deseoso de que Madre la oyera. La voz avanzó con cautela por los corredores silenciosos del cuarto, y estaba a punto de levantar vuelo cuando Madre gritó:

– ¡La leche para los gatos, Carmona! ¡Te has olvidado de traer la leche!

A la mañana siguiente, Carmona despertó como a las diez. Por el patio rodaban corrientes de viento frío y en el cielo azul se veían relámpagos de tormenta. Envuelto en una sábana corrió al cuarto de Madre. Los gatos bloqueaban la puerta y andaban de aquí para allá sin sosiego, con la determinación de que nadie pasara. Entrevió el cuerpo de Madre en la penumbra, pálido y afilado, y la oyó balbucear algunas broncas palabras sin sentido. Quiso llamar su atención agitando una punta de la sábana sobre la espesa arboleda de gatos, pero ella no respondió. «Madre, no sufras», le dijo. «Voy a pedir a las gemelas que vengan. Voy a hablar con el médico. Te lo ruego: no sufras.» Qué iba a sufrir la desgraciada. Estaba desde hacía rato sumida en un coma de bienestar, del que salía cuando le daba la gana.

Se quedó un rato mirándola. Parecía que fuera a morirse de un momento a otro. Estaba indefensa, más indefensa aún de lo que estaba cuando muriese. Tengo que ganarle de mano, pensó Carmona, porque cuando muera ya no seré capaz de hacerlo.

Fue al cesto de la ropa sucia y se puso una de las mañanitas de Madre, con la esperanza de que el olor confundiera a los gatos. En cuclillas, fingiendo que deseaba acariciarlos, les tendió los brazos y los llamó con voz seductora: «Míos, míos, queriditos». Los animales retrocedieron, erizando el pelo de las ancas. «Míos, míos», repitió. A medida que se les acercaba, Carmona sentía más miedo. El filo de sus miradas se le clavaba en las vísceras. Tenía la sensación de que en cualquier momento le saltarían a los ojos. Eran capaces de lastimarlo a traición, de matarlo mientras dormía. Por fin, uno de los gatos se apartó del grupo y lamió, curioso, las manos tendidas de Carmona.

A pesar de que la lengua del animal era rugosa como un papel de lija, transmitía indefensión y ternura. «Son criaturas muy especiales, criaturas del cielo», solía decir Madre. Y era eso lo que la lengua del gato dejaba en su mano: una saliva mansa, que sólo podía bajar del cielo. Carmona no se dejó seducir. Mientras el gato lo lamía, le acarició la cabeza con suavidad y tanteó el orden perfecto de sus músculos, la elasticidad de los huesos, la porfiada vida que latía en cada centímetro de aquel cuerpo incomprensible. De pronto, con un movimiento rápido lo aferró por la cola y lo puso boca abajo. El gato lanzó unos vagidos humanos, lastimeros. Todo sucedió tan de improviso que los demás gatos sólo atinaron a montarse unos sobre otros en el rincón. De espaldas a la cama de Madre, Carmona dobló la pequeña vértebra donde terminaba la columna y quebró el hueso como si fuera una maderita. El dolor estalló con tanta nitidez que también lo hirió a él y estuvo persiguiéndolo largo rato, como un dolor lleno de ecos. Quizás un día el gato podría curarse de aquel dolor. Pero no él. El dolor que había echado a rodar era de los que marcan para siempre.