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– Todo eso está muy bien, pero no nos interesa. Sólo quiero saber si Carmona puede o no seguir cantando en público. No me gustaría pasar papelones.

El profesor dejó su jugo de moras y cruzó las piernas. Luego, soltó un sarcasmo:

– No entiendo por qué los papelones serían de la señora. ¿Cantan ustedes a dúo?

Madre sintió la provocación y las aletas de la nariz se le dilataron. Antes de que estallara, Padre intervino con comedimiento:

– No es eso, profesor. Es que la muda de Carmona nos tiene los nervios de punta. Ya estábamos acostumbrados a su hermosa voz de niño y ahora sufrimos porque vamos a perderla. No sabemos qué hacer. ¿Debemos sacarlo cuanto antes del coro o hay que dejarlo allí unos meses más?

– Sáquenlo ahora mismo. No tiene ningún sentido que se quede.

Madre estaba de lo más intrigada:

– ¿Le han dañado la voz?

– Peor -dijo el profesor-. No le hacen nada. Este chico tiene demasiada voz para una ciudad tan pequeña. Deben llevárselo cuanto antes.

– Si hacemos algo, será después de la muda -dijo Padre.

El profesor meneó la cabeza, como si tuviera que lidiar con un auditorio de idiotas.

– La muda no será un estorbo -explicó-. Él puede hacer con la voz lo que se le dé la gana. Puede ser tenor, barítono, hasta soprano. Tiene lo que se llama una voz absoluta.

– Me lo debe a mí -murmuró Madre, con la mirada vacía.

Sólo Carmona la oyó. Padre no parecía convencido. Ajustándose los quevedos, encaró al profesor:

– En la escuela de canto nadie opina como usted. Piensan que la voz del chico es muy hermosa, pero que la perderá después de la muda.

– Se equivocan -insistió el viejo-. Si tuviera una sola voz, vaya y pase. Pero él tiene por lo menos siete. Una voz con siete vidas. Sólo hay que clavarla en un registro de dos a tres octavas, y allí se quedará para siempre. Éste es uno de los raros casos en que no necesitamos obedecer a la naturaleza.

Madre seguía con los ojos muy abiertos y el cuerpo inclinado hacia adelante. Nunca había estado sumida en un interés tan profundo.

– A mí me gustaría que le dejáramos una voz de soprano coloratura -dijo-. Ya que podemos hacer cualquier cosa, al menos hagamos algo que llame la atención.

Carmona permanecía callado. Sentía que los deseos de Madre lo incomodaban: y a Padre también. Pero ninguno de los dos se animaba a contradecirla. Por fin, Padre dijo:

– No me convence que Carmona cante como una mujer. Cuando lo miren como a un fenómeno pasaré mucha vergüenza. Ya estoy oyendo a la gente: ¿No tenías acaso un hijo varón? ¿Qué le ha ocurrido? Eso será más fuerte que yo. Hagan con la vida de Carmona lo que quieran, pero a la mía no me la toquen.

Ya estaba oscuro cuando el profesor se despidió. Afuera llovía. Tan húmedo estaba el aire que aun caminando bajo techo había que apartar las mortajas del agua. Comieron en silencio y con el último bocado Madre mandó a los chicos a la cama. Las sirvientas solían fregar con lejía los lunares de las gemelas para que se les disiparan, pero esa noche Madre no les dio permiso. Quiso que apagaran la luz en seguida y se durmieran. Carmona no pudo. La voz le rodaba de un lado a otro de la garganta, inquieta por el acoso de un mundo sin misericordia. Oyó hablar a Madre. En puntas de pie fue acercándose a su dormitorio hasta que las palabras le llegaron claramente. «¿Y si aprovecháramos la voz antes de la muda, Padre?», estaba diciendo ella. «¿Y si grabásemos algunos discos, presentándolos como si fueran míos: qué mal haríamos? Yo, Madre, soprano coloratura: ¿cómo te suena eso? Sería lo justo. Al fin de cuentas, Carmona no tendría la voz que tiene si yo no hubiera estado pensando en eso desde que fuimos a las montañas amarillas. Yo le enseñé todo lo que sabe. Yo le saqué la voz de adentro. Viéndolo bien, esa voz me corresponde más a mí que a él.» Padre opinó que eran vanas fantasías, que con las voces no se puede jugar como con las palabras escritas por otros. «No se puede plagiar. Apenas oigan los discos querrán que des recitales por todas partes. ¿Cómo harás, entonces? ¿Pondrás el útero en el escenario?»

Madre era muy inteligente, pero cuando su ambición o su propio ser entraban en juego perdía toda noción de las medidas. Insistió. A Carmona le partía el alma, pobre Madre. Comprendía sus razones. Si ella no hubiera dicho: Sólo te enseñaré a leer cuando aprendas a cantar, ¿dónde estaría tu voz, Carmona? ¿Cuál hubiera sido la brújula de tu voz sin el fonógrafo que ella salvó de los montepíos para que pudieras oír los trinos de la Reina de la Noche?

– Por más que trato, me cuesta entender a ese profesor ridículo -porfió Madre-. Supone que aceptamos su consejo. ¿Te moverías vos de esta ciudad?

– No -respondió Padre.

– ¡Claro que no! -convino Madre-. Si Carmona tiene una garganta privilegiada, esta ciudad da lo mismo que cualquier otra. Yo tampoco pienso marcharme.

Carmona sintió que muchas luces se le apagaban en el corazón y el mundo quedaba a oscuras. Tal vez el mundo había estado siempre oscuro para él y sólo ahora se daba cuenta. Entró en el cuarto de los padres sin golpear. Los vio sentados en la penumbra de la cama, dándose la espalda. Padre se había quitado los quevedos y sus ojillos miopes estaban acurrucados bajo el plumaje de los párpados, como un pájaro que se dispone a dormir. Carmona quiso arrojarse en los brazos de Madre pero sintió que si lo hacía ella no iba a perdonárselo.

– No te preocupes, Madre -le dijo desde la puerta-. Ya no sufras. Si querés mi voz, llévatela. Todo lo que tengo es tuyo. A nada voy a decirte nunca que no.

El paraíso

Sentémonos, Carmona. Estás muy tenso. No deberías ya pensar en nada. Traté de palpar sus manos, las yemas de los dedos, pero se me escurrían. Tenía un cuerpo muy incierto. ¿Tenía un cuerpo? Nunca he sabido si el cuerpo es nuestra posesión; si en verdad lo tenemos o más bien lo llevamos como algo ajeno al ser: una carga. No creo que el cuerpo de Carmona fuera de él cuando caminábamos por los laberintos de hortensias y magnolias, cerca de la Filarmónica: el pobre cuerpo de Carmona ya no pertenecía a nadie. Daba lástima. Esos sentidos que se le desprendían, esos gajos del ser tan torpemente apagados, ¿adonde irían? El gusto, el tacto: aquellas avecitas de vuelo corto, ¿se las habría llevado Madre? Él me dijo: cuanto más pasa el tiempo, más me parezco a Madre. Entonces trata de que tu cuerpo deje el mal camino por donde va, le advertí. En vez de parecerte a Madre te pareces a su muerte.

Estábamos al descampado y soplaba el viento, pero las ráfagas se mantenían en las cúpulas de las iglesias y en lo alto de los árboles. Abajo, en cambio, no se alteraba la calma.

Entonces, en aquel tiempo: comenzó a decir Carmona. ¿En aquel tiempo es cuándo?, lo interrumpí. Yo no quería que sus recuerdos se enredaran con los míos. Era como si lavásemos juntos nuestros recuerdos: al sacarlos del agua ya no podíamos reconocerlos. En aquel tiempo no sabíamos qué hacían Padre y Madre con el cuerpo. Yo tenía unos pocos pelos suaves entre las piernas y, cuando les permitía a las gemelas que los vieran, ellas se desprendían la blusa y me mostraban los pechos: eran todavía planos y pálidos, pero si yo acercaba los ojos notaba una hinchazón tenue bajo la piel, como si escondieran algún umbral o zócalo que llevase a lugares desconocidos. A Padre y Madre nunca los veíamos desnudos. Yo quería verlos. Una noche dejaron la luz del dormitorio encendida hasta muy tarde. Tenían la costumbre de acostarse en silencio, pero aquella vez había muchas palabras aleteando, frenéticas, y casi todas eran de Madre. Aceché por el hueco de la cerradura y la vi de espaldas, con un corpiño largo, que le cubría también el vientre. Padre llevaba calzoncillos y por la abertura yo distinguía una pequeña larva viscosa, mustia: lo que había sido mi principio. Madre le decía: «¿Qué puedo hacer para que me dejes en paz? ¿No lo entendés, Padre? Hace de cuenta que soy una enferma. Te la pasas acosándome como si no supieras. ¿A una enferma de cáncer la acosarías? No, ¿verdad? Entonces, déjame en paz». Padre no estaba oyéndola. Suspiraba, con la cabeza baja, y repetía: «Mi desgracia, Dios mío. Mi desgracia». Le saltaban las lágrimas, aunque tratara de reprimirlas: tenía la cara húmeda y, cuando se la secaba con las sábanas, las lágrimas aparecían otra vez, por su cuenta, como si vinieran de otra parte y se hubieran detenido en unos ojos que les parecían hospitalarios.