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El paisaje de la pantalla se adelantó vertiginosamente y se detuvo ante el objeto de luz. Era un huevo traslúcido, de sal y ópalo, cuya entraña latía con la ansiedad de un corazón humano. Yacía en lo profundo de la trinchera y más allá brotaban los manantiales de las montañas amarillas.

La historia de la zanja solía volver a los recuerdos de Carmona cuando velaba las anginas de Madre o cantaba madrigales de Purcell en la mansión de la señora Doncella. Aunque la belleza y el horror de la historia le lastimaban a veces el corazón, jamás había compartido con nadie una sola palabra de todo eso. La intemperie, la inútil construcción en el desierto, el río de hombres expuestos a la nada, la imagen de una luz donde aparecía la eternidad eran el único bien que iba a llevarse de este mundo.

El japonés apagó la máquina y las tinieblas los envolvieron. Con una voz que no era la suya, reveló que el huevo de luz era lo que en verdad buscaban desde el principio del viaje. Las privaciones, los meses de soledad, las fatigas de la trinchera habían sido la condición necesaria para alcanzar ese fin.

Alguien encendió entonces un farol de querosén. El japonés se creyó en la obligación de explicar: «Lo que han visto no tiene explicación, pero cuando lleguemos a la luz ya nadie necesitará preguntar nada».

Con la punta de las botas, los hombres restregaron el suelo. Uno contestó, sin levantar los ojos: «Yo no voy a seguir». Y los demás dijeron: «Aquí se ha terminado el trabajo. Las mulas están listas. Vamos a despedirnos al amanecer».

En ese punto, la historia se volvía confusa. La voz de Estrella caía en súbitos apagones o se perdía, tal vez, en el sueño de los oyentes. Como siempre, recordaba Carmona, Ikeda y sus hombres habían dormido aquella noche a la intemperie. Pero al amanecer se desencontraron. Soplaba un viento feroz y el aire estaba lleno de sal. No había huellas ni voces: sólo las chispas infinitas del sol que se reflejaba en los cristales. El viento amainó cuando se marchaban y las montañas amarillas aparecieron a lo lejos.

Mucho antes de que Estrella terminara su relato, el tren aceleró el paso y entró en la oscuridad. Los viajantes de comercio iban y venían por el pasillo, contando en alta voz chistes procaces que nadie festejaba. Al fondo del vagón varios grupos que jugaban a las cartas terminaron por atraerlos. Apostaban porrones de ginebra y alguien los entretenía rasgueando una guitarra.

Cuanto más se internaban en las honduras del desierto, más real parecía la vida en el vagón. Desde hacía rato, la enferma de páncreas y su acompañante dormían, con las cabezas juntas y los ojos abiertos. Estrella se había quitado las botas y trataba de recostarse sobre su mochila, pero los salientes del compás y del sextante se le clavaban en la espalda. Luego de una breve lucha decidió instalarse al lado de Carmona. Con toda naturalidad le apoyó la cabeza en los hombros y también se adormeció. Él se quedó rígido, desvelado.

Unas horas después el tren se detuvo. Las luces del vagón estaban apagadas y la noche fluía pálida, absoluta. Por los altavoces, el conductor anunció que la locomotora sufría una pérdida de presión y que tardarían algún tiempo en repararla. Los guardas se afanaban en los pasillos, alumbrando a los pasajeros con unos faroles verdes.

Las matronas despertaron sobresaltadas y cuando les dieron la noticia se pusieron a sollozar.

– Dios no es justo -protestó la enferma-. Primero me manda la maldición del páncreas y, cuando por fin descubro al médico capaz de curarme, no me deja llegar a tiempo.

– Si se queja de Dios nunca saldremos de aquí -le advirtió Estrella-. Hay que tener cuidado con los ojos y oídos que tiene Dios en estos lugares. Todavía no hay por qué inquietarse. Sea valiente y seqúese el llanto.

– Usted es una santa -comentó la matrona, limpiándose con un pañuelo perfumado.

– Lo único irremediable es que ya no podré dormir -suspiró Estrella-. Para mí la noche se ha terminado.

El sueño no le había hinchado los ojos y, aunque faltaba mucho para el amanecer, su cuerpo estaba amaneciendo desde hacía rato. Se inclinó sobre Carmona y lo invitó en voz baja:

– Bajemos a ver la zanja. Nunca conocerá nada igual.

– Está muy oscuro -dijo él-. Podríamos

caernos.

– Afuera hay luz -lo alentó ella-. Desde aquí no se ve, pero hay más luz que si fuera de día.

Carmona lo descubrió al salir del vagón. Las estrellas saturaban la intemperie. A lo lejos fosforecían las osamentas. Avanzaron sobre una tierra que parecía impenetrable: hebras de roca, de salitre, filos de sílice. Casi en seguida debieron remontar la cuesta erosionada del antiguo terraplén. Aluviones de greda y rollos de espino habían cubierto el fondo de la zanja, pero aún quedaban restos de las paredes de adobe y señales de una vida remota: un cedazo, un punzón roído por la herrumbre, el tablón de una mesa.

Se detuvieron en uno de los labios de la zanja. Ascendía tanta luz desde las ruinas que Carmona sintió vértigo. Y a la vez una paz intensa, deseos de quedarse allí para siempre. Para no perder el equilibrio debió aferrarse a la cintura de Estrella. La sangre pasaba por allí como una rápida fogata y, cuando se apagaba, Carmona sentía un profundo desamparo y el presentimiento de que todas las felicidades que alguna vez había imaginado estaban por acabar: las felicidades que nunca viviría también estaban por acabar. Le vino a la memoria una imagen que había leído en el infierno del Dante: «Estábamos solos, sin ninguna sospecha». Y trató de recordarla en italiano, para no desfigurar su belleza: «Soli eravamo e sanza alcun sospetto». Ahora reinaba la misma emoción: el tiempo aleteaba, solitario, y en ellos no había sospecha porque el pasado no existía. Ninguno de los dos sabía quién era el otro; quién, por fin, era quién.

Aunque las palabras estaban de más, ella habló:

– No van a dejar que seas feliz. A la gente como nosotros no le permiten ser feliz. Yo nunca lo he sido, ¿sabes?

Carmona sintió el tuteo como una caricia.

– ¿Nunca? Si alguien me hubiera preguntado cómo es la felicidad, yo habría dicho: Es una mujer que conocí en el tren.

Ella se llevó las manos a la boca y, como sus dedos eran traslúcidos, él la vio sonreír. Reconoció la sonrisa de soslayo que se parecía tanto a la de Madre. Como si le adivinara el pensamiento, la mujer murmuró, mirándolo a los ojos:

– Ojalá hubieras sido mi hijo.

En eso, el tren silbó: primero sin convicción, como un convaleciente; luego dos veces más, largas y firmes.

– Ya todo ha pasado -dijo Estrella-. Tenemos que irnos.

– No -se resistió Carmona-. No vayamos.

Trataba de aferrar el instante pero no sabía cómo hacerlo. Ningún instante, nunca, había querido quedarse con él.

– No has visto este lugar de día, Carmona. No lo has visto. Estamos en el medio de la nada. Si nos quedáramos sería para morir.

– No importa.

Ella escondió su impaciencia y le habló como si fuera de verdad su hijo:

– Éste es un no lugar, hecho para ninguna cosa. Miles de personas lo cavaron para nada. Aquí perderíamos todo, hasta la sensación de que estamos muriendo. ¿Cuánto tiempo más crees que seguiríamos vivos?

Él respondió en voz baja:

– La eternidad.