Se le cruzó la imagen de los gatos y al mismo tiempo la tentación de las montañas. Me gustaría no tener ya patria, pensó. Me gustaría no haber tenido Madre nunca y saber elegir libremente. Toda la vida había pensado en las montañas como una patria final y en los gatos como la perdición. Y ahora la perdición lo atraía con más fuerza que la felicidad. Ya no quería saber qué era la felicidad: eso correspondía al pasado. Tampoco quería saber qué era la perdición, pero sí estar en ella: pertenecer a un sitio donde Madre no pudiese alcanzarlo. Le vinieron a la cabeza oleadas de sensaciones que no podía explicar. Qué será de los gatos cuando se queden solos, pensó. Hasta ese instante, nunca le habían importado. Pero una súbita punzada en la lengua se los recordó.
– Toda la vida he querido ir a los montaños amarillos -se oyó decir-, pero mañana no puedo. Si lo hubiese sabido antes, tal vez: me las habría arreglado de algún modo. Pero mañana, ¿cómo explicarlo?, me parece prematura. Todavía no me siento preparado.
Su turbación hizo reír a la señora. Pensó que ponía el sexo de las palabras al revés por mera pose, para que hiciera juego con el timbre de su voz.
– ¿Han oído eso? -se volvió hacia los caballeros, excitada-. Ah, me divierte muchísimo la extravagancia. ¿Cómo fue? ¿Los montaños amarillos? Un hallazgo. Deberíamos hablar todos así esta noche. No se me escape. Tengo que averiguar de dónde ha sacado esa moda.
Otra de las orquestas, en el parque vecino al río, estaba afinando los instrumentos. Por las aguas iban y venían botes llenos de mujeres golondrina, envueltas en frazadas grises: algunas llevaban los pechos al aire y los hijos suspendidos de los pezones.
– ¡Cuánto siento que deban soportar este espectáculo! ¡Cuánto lo siento! -iba disculpándose la señora, mientras revoloteaba entre los invitados-. Ya ni en nuestras propias casas tenemos paz.
Se apoyó en el brazo de Carmona y lo condujo hacia una de las glorietas. Para apagar el murmullo tenaz de los golondrina, los músicos dejaron de afinar los instrumentos y ensayaron una canción de moda que se llamaba Lady Madonna o algo así: era la preferida de la señora.
– ¿Está enamorado, Carmona? -lo encaró ella. En las copas de los árboles se prendían y se apagaban guirnaldas de colores, como si fuera víspera de Navidad-. Prometo no decírselo a nadie. Sólo quiero ser la primera que lo sabe.
– ¿Enamorado? No. Es que… me siento un poco débil. Eso es todo.
– Cuando un hombre habla de esa manera es porque no quiere decir lo que le pasa. Confíe en mí, querido. Cuénteme quién es ella. La invitaremos a los montaños amarillos, ¿qué le parece? Yo la llevaré conmigo y usted podrá tenerla cerca sin que nadie se entere.
Carmona suspiró y se apoyó en la balaustrada de la glorieta. Le faltaba el aire.
– Si supiera usted, querida Doncella… Lo que me persigue son… las gatos.
– No se burle de mí.
– No me burlo. Madre dejó la casa llena de gatos y no sé qué hacer con ellos. Eran los gatos de Madre. Era su casa. Ahora ni los gatos ni la casa se quieren separar de mí.
– Ya hablaremos mañana, en los montaños amarillos. No olvide las partituras. Con el aire puro se le pasará la inquietud.
Las parejas se arremolinaban en el parque. Bajo los toldos, los sirvientes encendieron las estufas a gas. Salió una luna tan desmesurada que parecía artificial. Sobre el río inmóvil flotaban hebras de neblina. Parecía que el río estuviera por morir a cada instante, pero el paso incesante de los botes lo mantenía vivo.
Carmona retiró su abrigo del guardarropa y salió hacia la noche. En la calle lo asaltaron los mendigos y a duras penas se abrió paso.
Estaba tan extenuado o tan ansioso que no consiguió dormir. Varias veces se acercó a las ventanas del comedor para contemplar los imponentes altares amarillos que iluminaban la lejanía. De vez en cuando, los gatos se acercaban a las ventanas y rasguñaban el vidrio, como si quisieran marcharse. Pero cuando Carmona les abría los postigos se quedaban mirándolo, extrañados. Si al menos supiera lo que quieren. Si estos hijos de puta tuvieran lenguaje, pensamientos, algo en común conmigo y no este infierno de diferencias, estas miradas turbias. Si fueran como yo, se irían.
Dio vueltas y vueltas en la cama. Los sueños estaban enredados con la realidad, lamiéndole los pies delgados: ellos también como lenguas. En uno de los sobresaltos del sopor se le aparecieron personas olvidadas desde hacía tiempo, a las que había visto sólo de lejos, en teatros y recitales.
Aunque los aparecidos se esforzaban por hacerse oír, los gatos maullaban tanto que la voz se les perdía. Estás muy ocupado ahora, Carmona, trataban de explicar. Volveremos en una ocasión mejor. Ay por favor, quédense. ¿No ven que tengo adoloridas las papilas, el tacto?: los sentidos están en mal estado. Y por el barullo no se inquieten. Madre consintió tanto a los gatos que se han arrebatado un poco. Ya se les pasará. No me abandonen.
Eran personas importantes y habían llegado a verlo de tan lejos que cómo no iba a desvivirse por atenderlas. Aléjense gatos, cállense. Piensen que no me piensan. Pero ellos seguían siseando y bufando; o encaramados en el celo, lloraban.
El que le daba más vergüenza era Raúl Galán, un poeta de cara mustia y de ojos caídos, que escudriñaba la tierra. Estaba triste porque había muerto el día anterior en un accidente de automóvil, y el manuscrito se le había perdido entre los escombros de la carretera. ¿Me acompañarías a buscar el manuscrito, Carmona?, decía Galán, y yo no sabía cómo disculparme. Lo haría con gusto si mañana no tuviera que ir a cantar en las montañas amarillas. Al pobre Galán se le había quedado un poema por la mitad y no podía morir del todo sin verlo terminado. Para colmo, empezaba con una invocación a Dios:
«Señor, hoy te encomiendo a mi enemigo. / Que nada lo atormente. / Que nunca necesite pan ni abrigo…».
Y allí el Señor se lo había tronchado: en ese punto.
Galán tenía el infortunio de que lo consolara una escritora de comedias radiales a quien él había exiliado, tiempo atrás, de sus tímpanos. La autora porfiaba en hacerse oír, sentada en la cama de Madre, con una falda de plumetí y una capelina rosada. Soy Yaya Sudrez Corvo y he servido de musa a los mejores poetas. Se le notaba: hablaba recitando. Tenía arropado a Galán con su mortaja estampada, plena de abejorros silvestres, margaritas y rosas del campo: era una mortaja fresca, todavía dura por el almidón.
Subió la fiebre de los gatos, se aceleraron los maullidos, y Yaya, que estaba atenta a todo, los ojillos redondos, las pestañas erizadas, no pudo oír cómo era el libreto que el director de cine Leopoldo Torre Nilsson estaba leyéndole a Gene Tierney y Rita Hayworth, las actrices favoritas de Madre.
Aunque todos dijeron al llegar que estaban muertos, Carmona no les podía creer. Rita llevaba las piernas enfundadas en unas medias negras con adornos de mariposas, y cada tanto bajaba la cabeza, como si fuese a recoger algo del piso. Luego echaba el pelo hacia atrás y mostraba la curva de los pechos. A Gene Tierney le habían tiznado las ojeras con carbonilla y la tensa piel de los hombros lucía más blanca así, con su rocío de pecas. Con la voz sentenciosa de su juventud, Torre Nilsson les repetía lo que Borges estaba escribiendo en el purgatorio, pero las actrices no conseguían entenderlo, y menos Yaya, porque eran frases que no armonizaban con las cosas simples de la vida. Si hubieran oído a Galán todos ellos lo habrían preferido, pero los gatos no daban paz.
Los maullidos se arrastraron y se volvieron roncos, como si provinieran de un disco pasado a baja velocidad. Y las apariciones, que desde hacía rato estaban tratando de marcharse, aprovecharon el desasosiego de Carmona para dejarlo a solas: que se siguiera calentando al fuego de las montañas amarillas, donde Padre y Madre habían visto, cada cual a su modo, el fulgor de la felicidad.
Al amanecer estaba ya afeitado y dispuesto, con el pantalón blanco que las gemelas le habían planchado al vapor, zapatillas de suela gruesa para escalar y el echarpe violeta que imponía al conjunto el indispensable toque de medio luto. Estuvo más de una hora ablandando la garganta con escalas y trinos, posándose sobre un agudo bíblico -¿un fa o un si?- que hasta entonces le había resultado inalcanzable, y cuando sintió que las cuerdas estaban a punto abrió las partituras en abanico, para verificar si faltaba alguna. En eso llamaron a la puerta y al mismo tiempo sonaron las bocinas de los jeeps. Corrió al baño a retocarse el peinado y a rehacer el nudo del echarpe.