“Como yo, dentro de un rato. Como todos. No vamos a salir ni uno vivo. Bueno, tal vez Trepp, que tiene influencia en el cielo.”
Goy, el estudiante, entretuvo sus últimos minutos en analizar aquella extraña sensación de estar rodeado por una bovedilla de cristal transparente. Los estallidos sonaban cercanos, casi sobre su cabeza, pero llegaban a sus oídos con el ligero tamiz de un muro invisible. “Debe ser la muerte, debo estar herido, tan grave que ya no siento nada.” Un obús estalló a medio metro de él y le cegó. Abrió la boca cuanto pudo, para evitar, al menos, que le saltaran los tímpanos.
Luego, con la misma violencia de muerte que había surgido, el bombardeo cesó. Ross se dio cuenta de ello al volver lentamente el silencio y disiparse el humo. Las explosiones se alejaban y, poco a poco, como fantasmas, seis hombres surgieron de entre la nube de polvo acre que les rodeaba. Daniev había vomitado su propia muerte y Gulian se palpaba todo el cuerpo, buscándose la herida mortal. Trepp temblaba de pies a cabeza y Goy miraba en torno suyo, sintiendo que aquella extraña sensación de estar bajo una bóveda desaparecía lentamente. Flesher, de rodillas, lloraba como un chiquillo. Ross le dio una patada:
– ¡Arriba, imbécil!… Vamos, a formar, seguimos camino…
Los seis hombres echaron a andar. Ross volvió a sumirse en sus pensamiento a la cabeza de la columna de resucitados. Sí, ahora era un héroe. Había resistido con sus hombres un bombardeo espantoso y no habían echado a correr. Los jefes se darían cuenta de su espíritu. Dentro de unos días le esperaban los nuevos galones.
– Cota 32, cota 32, cota 32, y a la cota 32 se llega por este caminillo de mierda que hace que las narices se llenen de polvo. ¿Quién me metería a mí a decir que sabía manejar una motocicleta? Podría haberme quedado en servicios auxiliares, o en cualquier otra cosa y ahora estaría tranquilamente pegando tiros o en el fondo de una lancha de desembarco o cualquier otro sitio, y no subido en este chisme y dedicado a ir de la Ceca a la Meca llevando papelitos que no lee nadie. ¡Enlace! Y pensar que me sonó a bonito, cuando me lo dijeron… Un casco, unas gafas polarizadas, una guerrera de cuero y un saco para la correspodencia… ¡Bueno, la verdad es que no puedo quejarme!… Unas maniobras duran dos días, o tres. ¡O una semana!… Pero el resto del tiempo, uno tiene su motocicleta y puede ir por ahí, o dedicarse a limpiarla y así librarse de cualquier otro servicio. Pero estos días… Por cierto, ¿cuándo me licencian?… A ver, me incorporé en febrero, estamos a julio, ¡calor!, suda uno debajo de esta chaqueta de cuero. Si estuviéramos en el frente de verdad, me la podría quitar, porque allí todo marcha manga por hombro y cada uno hace de su capa un sayo. Pero ahora… Julio, sí, cuatro meses, hasta dieciocho, van… Si el coronel se llega a dar cuenta de lo que tardo en echar una resta, me manda a la escuela como primera providencia y luego, ¡a saber!… Catorce, eso es, catorce meses más y… ¡hala, a casita! Buena falta está haciendo que se acabe todo esto. Padre no puede llevar él solo el taller y Bet es demasiado pequeña para echarle una mano… Y el caso es que yo debería haberlo alegado, cuando me hicieron aquellas preguntas. Sólo que entonces yo estaba demasiado harto de casa para… ¿Qué ruido es ese? ¡Tendría gracia que hubiera algún movimiento de tropas por este sector! Bien, si lo hay, apretaré el acelerador, y a ver qué capitán es capaz de detenerme. ¡Un momento, que soy el enlace y tengo que!… No, no es gente, debe de ser un coche, un jeep o algo… Si es eso, tendré que apartarme yo, aunque con estos taludes vamos a tener que hacer maniobra; un poco difícil lo veo… ¡Jo!… Vaya ruido para ser un jeep! A la vuelta de la esquina lo ve… ¡Dios!… ¡Un carro! ¡Un carro de combate y a ciegas y sin poderle decir que se pare ni poderme volver yo para alejarme!…
¡Ay, madre, papá, que me pilla, que no puedo subir la cuesta, que me resbalo y no voy a!… Soy enlace, y tendría que terminar el servicio… ¡Catorce meses!… Me aplasta, me aplasta, me aplasta, ¡Dios!…
No…
No puede ser…
Ha pasado por ¡encima! de mí sin rozarme… Tendría que haberme dejado hecho un sello de correos. ¡No!… He vomitado de miedo, la moto está destrozada… No puede ser. Ha aplastado la moto y luego se ha elevado sobre el suelo el espacio suficiente para no hacerme una papilla… No hay duda, las huellas se elevan por el aire, justo encima de mi cuerpo y… Seguro. Seguro que madre estaba rezando por mí…
Desde arriba, parece siempre que haya paz en la tierra. Desde arriba, las nubéculas de las explosiones son como flores en el paisaje árido y las balas trazadoras son puntos luminosos de unos fuegos de artificio inofensivos. Las lanchas de desembarco parecen yates de recreo y los cruceros, barquitas de pescadores puestas al pairo. El motor del helicóptero y sus aspas cortando el viento ahogaban cualquier otro ruido, el de las explosiones allá abajo y el de los supersónicos por encima de las cabezas. Por eso, cuando uno se acostumbra al ruido del motor, ese mismo ruido le parece silencio y ese silencio ruidoso apaga los demás ruidos, hasta hacer creer que uno flota en una nube.
Hacía un instante que se habían elevado en un simulacro de recogida de heridos en el frente de combate. El “herido” charlaba ahora con el radiotelegrafista y el “muerto” se había quedado dormido, después de una jornada incesante de ataques y sudor. El camillero había venido a sentarse junto al piloto y, juntos, miraban el apacible paisaje que se extendía quinientos metros por debajo de ellos.
– Se acabó por hoy, supongo…
El piloto miró al cielo:
– Vete a saber… Por de pronto, una ducha y que se chinchen los de tierra.
– Yo lo que tengo es sed… ¿Tú no, Tob?… -se volvió hacia el radio.
– Estoy más seco que un desierto de arena en agosto.
El “muerto” se levantó un poco y miró a través de los vendajes ficticios que le ocultaban casi todo el rostro.
– ¿Tenéis bar en los L. S. D.?
– El más surtido de toda la flota. Pero no sirven a los muertos. Está prohibido.
– ¿Pues qué hacéis con ellos?
– Los tiramos al agua.
– Menos mal. Yo soy muerto simbólico.
– Te echaremos simbólicamente, no te preocupes…
– ¡Callad! -gritó, de pronto, el piloto.
Todos se volvieron a mirarle. El piloto escuchaba atentamente el zumbido del motor, como si algo le hubiera alarmado.
– ¿Algo que no va bien?
– No sé… ¡Callad!
– Tú, no asustes, Bud… Ahora que íbamos a bañarnos…
Pero la broma del radio no tuvo efecto. Los demás seguían ansiosos, a quinientos metros sobre la tierra, los mínimos movimientos de un piloto alarmado. Por fin le vieron bufar.
– ¡Estos trastos!… Se descacharran en dos años.
– ¿Pero qué le pasa?
– No lo sé. Le falla algo…
El “muerto” se levantó de un salto de su camilla.
– Mi teniente, si quiere, yo salgo a ver qué pasa.
Pero nadie rió la broma. El “herido” y el camillero miraban la altura de vértigo a sus pies. De pronto, el zumbido del motor se convirtió en una tos convulsa y sobrevino el silencio. Los ojos de todos se volvieron a las aspas, que se habían detenido.
iAfuera!… -gritó el piloto, levantándose de su asiento y ajustándose el paracaídas. Pero, súbitamente, al volverse, se dio cuenta de que sólo la tripula ción poseía paracaídas. El “muerto” y el “herido” les miraban aterrados, como viendo ya la muerte ante sus ojos. Ese segundo de vacilación hizo sentir al piloto algo extrañísimo: el helicóptero no caía, ¡y tenía que estar cayendo! Seguía su rumbo como si el motor funcionase, aunque las aspas que le mantenían en el aire permanecieran inmóviles.
– ¡Un momento! ¿Qué es esto?
No habían perdido altura y el helicóptero se dirigía, solemne y silencioso, hacia el buque L. S. D. que tenía que albergarle.