– En cualquier caso, sólo los hombres rubios de treinta años pueden sentirse en peligro, ¿no cree usted? -preguntó Lebeau.
– Ni aún esos… ¿Qué ocurrió con nuestros cebos?… ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Se metieron desarmados en la misma boca del lobo, se codearon con todo el mundo a todas horas del día y de la noche… ¡y no corrieron el menor peligro, se lo aseguro a usted, Lebeau!… ¡Si lográramos saber de dónde han salido los muertos!…
El siguiente paso de aquella policía desorientada fue el control total de todos los puestos fronterizos. Se trasmitieron órdenes tendientes a localizar y seguir a todos los extranjeros que entrasen en el país y que reuniesen las características físicas requeridas. En diez días más, mientras la prensa desataba su bilis contra las instituciones, veintinueve extranjeros fueron localizados, seguidos día y noche y controlados en cualquier movimiento. Aquellos hombres, ignorantes de la persecución de que eran objeto, hicieron turismo o se dedicaron impunemente a sus negocios. Y ninguno de ellos corrió el menor peligro durante su estancia en el país. Ninguno de los que les siguieron advirtieron nunca que les amenazase nada ni nadie.
Fue entonces cuando Lebeau decidió actuar por su cuenta.
Una cosa era cierta, ante todo: él, Lebeau, un médico forense sin amigos influyentes no podía ser tomado en cuenta si formulaba una acusación que, por lo demás -él mismo lo reconocía- era totalmente gratuita y sin más base que unas palabras cabalísticas sin apariencia de sentido. Jugaba su baza sobre una sospecha sin fundamento y sobre su corazonada. No había siquiera pensado en circunstancias, motivos, ocasiones, agravantes o atenuantes. Simplemente, se dejaba guiar por su instinto. Y él mismo sabía que su instinto nunca había sido nada especial en lo que pudiera confiar ni siquiera para una sospecha. Mucho menos para una acusación. Pero la visión de los cadáveres destrozados que él mismo había tenido que diseccionar estaba clavada en su mente. Y el hecho horrendo de aquellas muertes espantosas le llevaba directamente a sospechar de la ineficacia de la misma policía para la que estaba trabajando y, por aquel camino, al convencimiento de que aquella misma policía se vería con las manos atadas para actuar con libertad si llegaba a comprobarse que Braunstein tenía algo que ver con la muerte de seis hombres rubios de treinta años. Sabía también que, si llegaba a dar un paso en falso, no solamente pondría en peligro su reputación, sino su puesto y aun -le gustaba regodearse con el autosentimiento del martirio- su propia vida. Porque, si se hallaba sobre una pista cierta, él mismo podría ser la siguiente víctima. Todo esto le produjo una sensación de lástima por sí mismo y se sintió a gusto con ella, una vez que tomó media botella de ginebra pura para darse ánimos.
Estaba decidido y, con esa decisión, logró conciliar el sueño después de quince noches de insomnio.
Se levantó tarde a la mañana siguiente y comenzó a elaborar su plan con todo detalle. Su primera sorpresa fue darse cuenta de que, después de años de trabajo rutinario, sin mirar más allá de lo inmediato, era aún capaz de concentrarse en una cuestión que le fascinaba. Más aún, se alegró dándose cuenta de que había algo -siquiera fuese aquella búsqueda de la que no saldría probablemente nada- que fuera capaz de despertar su entusiasmo hasta absorber totalmente su interés, por encima de la rutina diaria.
En primer lugar, los contactos entre él y Braunstein habían sido hasta entonces únicamente esporádicos y se habían limitado a una lejana presentación en no recordaba qué fiesta municipal y a algunos encuentros callejeros como el que le había abierto el camino de la sospecha que ahora quería comprobar. Lebeau recurrió discretamente a unos amigos comunes, el matrimonio Lind, él profesor adjunto de biología en la Universidad, ella encargada de un seminario de historia. La pareja, joven, había constituido para Braunstein en los últimos años una especie de sucedáneo de la familia perdida tanto tiempo atrás y el viejo profesor, según los mismos Lind le habían contado a Lebeau alguna vez, se escapaba muy a menudo de su trabajo diario para tomar con ellos una taza de té o un ponche caliente en las noches de invierno.
Lebeau se las ingenió lo mejor que supo para fomentar la esporádica amistad que le unía con los Lind y les visitó durante algunos días en su viejo apartamento cercado a la Universidad. El recuerdo de pasados tiempos de escuela secundaria sirvió fácilmente de pretexto y la soledad de Lebeau ayudó largamente a encontrarse a gusto entre sus amigos, hasta el día en que, casualmente, en una de sus ahora frecuentes visitas, se encontró con Braunstein y tuvo ocasión de departir largamente con él. No era difícil esto, por otro lado, puesto que Braunstein, acostumbrado a la soledad de su laboratorio, agradecía -como había agradecido ya en otra ocasión, al encontrarle en la calle- cualquier ocasión de hablar por los codos, con un humor que a Lebeau, de no tener tan arraigada su sospecha, le habría confirmado abiertamente la absoluta inocencia del profesor de física. En cualquier caso, le hizo pensar más bien que, si alguna culpabilidad había en Braunstein, se debería más al silencio por lo que pudiera saber que a una acción directa.
Lebeau, deseoso de escarbar en la vida anterior del profesor, habría querido que aquella conversación hubiera girado en torno a la vida del anciano treinta años antes, porque suponía que, si había en el algún odio recóndito, debería proceder de aquellas lejanas fechas. Sin embargo, Archibald Lind, seguramente sabedor de que a Braunstein le desagradaban o le entristecían aquellos viejos recuerdos, desvió las sugerencias de Lebeau hacia sus actuales trabajos de investigación física, en los que el viejo se sentía más a sus anchas. Braunstein, entusiasmado, se explayó en términos que a Lebeau le parecieron extraños e incomprensibles, muy lejanos de sus posibilidades de entendimiento y más lejanos aún de sus intenciones respecto al viejo investigador.
Pero, de pronto, como si el mismo Braunstein se hubiera dado cuenta de que tenía que ponerse al nivel científico de sus interlocutores, se puso a hablar de algo que hizo levantar el interés de Lebeau:
– … Por eso he querido mantener el secreto ante el gobierno, al menos por ahora…
– ¿Qué quiere usted decir, profesor? Esa distorsión del tiempo de la que hablaba…
– Justamente… -vaciló súbitamente Braunstein, como si se diera cuenta de que había dicho algo más de lo que él mismo habría querido.
– ¿Se puede acaso trastocar el tiempo?
– En teoría, se pudo hacer ya hace muchos años. En la realidad, es precisamente lo que he intentado ahora…
– Cambiar entonces el curso de la historia…
– ¡No!… Esa es nuestra equivocación de seres tridimensionales… La historia, el devenir del hombre no se puede distorsionar, ¡está ya distorsionado en cada segundo!… La historia que nosotros conocemos es una, pero la real es una serie infinita de posibilidades que se realizan en cada instante.
– Pero se realizan de un modo.
– Nosotros no conocemos más que una de sus realizaciones, pero eso no quiere decir que no existan más. De hecho, hay una sucesión infinita de mundos paralelos, dentro de nuestro mismo mundo, pero fuera de cualquier posibilidad física de entreverlos.
Braunstein comenzó a entusiasmarse, viendo el interés efectivo que ahora estaba despertando en sus interlocutores y se olvidó momentáneamente del secreto que parecía haberse juramentado a guardar.
– Pero la historia es una sola…
– La Historia es como un árbol que bifurca sus ramas a cada segundo. A Julio César le asesinaron, pero en otro lugar y en otra dimensión, su asesinato fracasó y pudo cumplir sus planes de conquista. ¿Se imagina usted cómo será la historia en esa otra dimensión?… ¿O en la dimensión en la que Hitler, precisamente por no haber seguido los consejos de Hanussen, consiguió la fisión atómica en Peenemünde?…