Reiko había oído hablar del lugar a sus criadas, pero nunca lo había visitado porque se trataba de un destino más propio de las clases bajas. Sus guardias cabalgaban pegados al palanquín, dispuestos a protegerla de ladrones y demás malhechores que se confundían entre la multitud o acechaban en los callejones. Sin embargo, el ambiente perdulario de la zona la emocionaba.
Una joven monja, vestida con una ancha y basta túnica, con la cabeza rapada, se acercó al palanquín y metió su cuenco de las limosnas por la ventanilla.
– ¡Una caridad para los pobres!
Reiko le dijo:
– Había una feria propiedad de un hombre llamado Taruya. ¿Sabes dónde estaba?
La monja señaló calle abajo.
– Por esa puerta roja.
– Gracias.
Después de que Reiko soltara una moneda en el cuenco de la monja, sus guardias la llevaron hacia los dos postes de madera roja y coronados por una cubierta de tejas. Pensaba que se encontraría la feria cerrada, ya que el padre de Yugao había muerto, pero la gente formaba cola ante la taquilla. Al otro lado de la puerta se extendían los tenderetes interconectados de un Teatro de los Cien Días: un espectáculo de variedades. Mientras bajaba del palanquín y sus escoltas compraban entradas, tuvo el inquietante presentimiento de que a Sano no lo complacería descubrir que sus pesquisas la habían llevado más allá del poblado hinin. Sin embargo, debía servir a la justicia, y ya había viajado hasta allí.
Ella y sus escoltas atravesaron la puerta y se adentraron en otro mundo. Ante ella se extendían centenares de tenderetes. Sus tejados sobresalían por encima de un laberinto de callejuelas y bloqueaban el sol. Las linternas rojas colgadas de los techos proyectaban un resplandor estridente sobre los rostros ansiosos del gentío que se abría paso a codazos a su alrededor. Resonaban las charlas, las risas y la música; el olor a sudor y orina era penetrante. Buhoneros apostados ante las cortinas que vestían las entradas de las carpas hacían señas y llamamientos a los potenciales clientes. Algunos de esos cortinajes estaban abiertos para revelar garitos de juego donde los hombres tiraban flechas a blancos de paja o colaban pelotas por aros, y otros en los que algún narrador de historias recitaba para un público embelesado. En otros puestos las cortinas estaban echadas. Bandadas de hombres acudían a ellos y desembolsaban monedas. Uno de los anunciantes abrió una cortina para dar paso a un cliente y Reiko captó un atisbo de chicas con los pechos al aire bailando en un escenario. Mientras la muchedumbre la arrastraba a ella y sus acompañantes por un pasaje, vio alzarse otra cortina que reveló a dos hombres y una mujer, todos desnudos. La mujer estaba a cuatro patas mientras un hombre la penetraba por detrás y ella chupaba el órgano erecto del otro. Surgían gemidos de los hombres sentados debajo del escenario. Reiko estaba pasmada.
El teniente Asukai le gritó por encima del ruido:
– ¿Qué hacemos?
– Quiero hablar con quienquiera que sea el propietario -respondió Reiko a voces-. Encuéntralo.
Mientras el resto de los guardias se situaban alrededor de Reiko para escudarla de la chusma, Asukai se abrió paso entre el gentío y habló con el buhonero más cercano. Este respondió y señaló pasaje abajo. Reiko miró en la dirección indicada. Una joven se acercaba corriendo. Llevaba los pies descalzos y los ojos desorbitados de miedo. Se ceñía contra el cuerpo una túnica de algodón. A su espalda ondeaba una larga cabellera. Jadeaba mientras trataba de atravesar la muchedumbre. Dos samuráis la perseguían, y tras ellos avanzaba un hombre de mediana edad, bajito y regordete.
– ¡No dejéis que se escape, idiotas!- gritaba.
El teniente Asukai regresó a Reiko y dijo:
– Ese gordo es el propietario. Se llama Mizutani.
Reiko y sus guardias se sumaron a la persecución. El gentío los entorpecía, entre exclamaciones sobresaltadas. Recorrieron con esfuerzo las serpenteantes callejuelas, en pos del dueño de la feria. Los samuráis atraparon a la mujer en el mismo instante en que llegaba a la salida. Gritó. Mizutani le arrancó la ropa de un tirón y dejó a la vista sus pechos generosos y el pubis rasurado. Sacó una bolsita de tela de la túnica y luego le dio un bofetón en la cara.
– ¿Cómo te atreves a robarme mi dinero, putilla? -gritó. Luego se dirigió a los samuráis-. Dadle una lección.
Los aludidos empezaron a pegar a la mujer. Mientras ella chillaba, sollozaba y levantaba los brazos en un vano intento de protegerse, los espectadores lanzaban vítores y carcajadas. Reiko gritó a sus guardias:
– ¡Detenedlos!
Los escoltas se acercaron y agarraron a los samuráis, que parecían ronin contratados para encargarse del trabajo sucio de la feria.
– ¡Ya basta! -ordenó el teniente Asukai. Él y sus camaradas apartaron a los ronin de la mujer-. Dejadla en paz.
La chica salió corriendo por la puerta, deshecha en llanto. Mizutani soltó una exclamación indignada.
– ¡Eh, eh, ¿qué hacéis?! -A Reiko le recordaba a una tortuga: tenía cuello corto y nariz ganchuda; sus ojos poseían una mirada fija fría, de reptil-. ¿Quiénes os creéis que sois para inmiscuiros en mis negocios? -Se volvió hacia los ronin-. ¡Echadlos!
Los matones desenvainaron sus espadas. A Reiko la perturbaba haber creado sin querer otra escena problemática y peligrosa.
El teniente Asukai se apresuró a decir:
– Somos hombres del magistrado Ueda.
La actitud del dueño pasó bruscamente de una encendida indignación a una consternación asombrada: se las veía con agentes de la ley.
– Ah, bueno, en ese caso… -Agitó la mano en dirección a los ronin. Estos envainaron sus armas mientras él se aprestaba a defenderse-. Esa bailarina se estaba quedando las propinas de los clientes en lugar de entregármelas. No puedo dejar que mis empleados me estafen y se vayan de rositas, ¿o sí?
– Eso da igual -dijo Asukai-. El magistrado manda a su hija con una misión. -Señaló a Reiko-. Quiere hablar contigo.
Los fríos ojos del propietario parpadearon de perplejidad al volverse en su dirección.
– ¿Desde cuándo la hija del magistrado se ocupa de sus asuntos?
– Desde ahora -dijo Asukai.
Reiko se alegró de contar con su respaldo, aunque habría preferido tener autoridad propia.
– ¿Conocías a Taruya? -le preguntó al gordo.
Este se envaró, ofendido por verse interrogado con tanto atrevimiento por una mujer. El teniente Asukai terció:
– Más te vale responder, a menos que quieras que el magistrado Ueda realice una inspección de tu feria.
Amilanado por la amenaza, Mizutani cedió.
– Taruya era mi socio.
– ¿La feria era propiedad de los dos? -preguntó Reiko.
– Sí. Empezamos hace dieciocho años, con un tenderete. Fuimos ampliándolo hasta llegar a esto. -Su gesto orgulloso abarcó su extenso y bullicioso imperio.
– Y ahora la feria es toda tuya -comentó Reiko, perspicaz-. ¿Cómo llegó a suceder eso?
– Taruya se metió en líos. Se acostaba con su hija. Alguien lo denunció a la policía. Lo degradaron a hinin y le prohibieron hacer negocios con el público, de modo que yo tomé las riendas.
Reiko echó un vistazo a los buhoneros que cobraban a los clientes que acudían en tropel a los puestos. La desgracia de Taruya había sido lucrativa para el que fuera su socio.
– ¿Compraste la parte de Taruya?
– No. -Mizutani se relamió; su lengua parecía gris y escamosa. Se lo notaba incómodo, aunque a Reiko no le parecía el tipo de hombre que siente remordimientos por aprovecharse de los problemas de un socio-. Hicimos un trato antes de que Taruya partiera al poblado hinin. Yo le enviaría dinero todos los meses y dirigiría el espectáculo hasta que terminara su condena. Luego, cuando regresara, volveríamos a ser socios.
– Muy generoso de tu parte -comentó Reiko-. Pero no va a regresar. ¿Sabías que lo asesinaron?
– Sí, me enteré. Una tragedia. -El tono compungido de Mizutani sonó a falso; sus ojos no revelaban emoción alguna, sólo el deseo de averiguar el objeto de la visita de Reiko-. Se rumorea que su hija Yugao lo apuñaló, a él y a su madre y su hermana.