– ¿Y bien? -preguntó Azucena-. ¿Estáis satisfecha?
– Una cosa más -dijo Reiko. Yugao seguía siendo un misterio. Si era inocente, su confesión resultaba aún más desconcertante-. ¿Conocías a Yugao?
– No mucho. Taruya mantenía a sus hijas alejadas de la gente que trabajaba para él. -Soltó un bufido desdeñoso-. Le parecían demasiado buenas para mezclarse con nosotros.
– ¿Hay alguien que sí la conociera?
– Había una chica amiga suya. Siempre iban juntas. -Azucena arrugó la frente para hacer memoria-. Se llamaba Tama. Su padre tenía un salón de té por aquí. -Se impacientó-. ¿Me he ganado mi recompensa?
Reiko le pagó de la bolsita en que llevaba dinero para comprar información. Azucena se marchó con un aspecto mucho más alegre que antes.
– Se está haciendo tarde -advirtió Asukai. Reiko, absorta en su investigación, no había reparado en que el ocaso empezaba a oscurecer el cielo. El distrito del ocio había ganado en bullicio; las mujeres y los niños habían partido; jóvenes bravucones y soldados de permiso engrosaban el gentío-. Deberíamos llevaros a casa.
– Sólo un poco más -dijo Reiko-. Tengo que descubrir dónde estaban Mizutani y sus ronin la noche de los asesinatos. Y quiero buscar a Tama, la amiga de Yugao.
Capítulo 15
Cuando Sano llegó a casa esa noche, Reiko y Masahiro fueron a verlo a sus dependencias privadas.
– Masahiro tiene algo que enseñarte -dijo ella.
Estaba demasiado jovial, algo que despertó recelos en Sano.
– Veámoslo -dijo.
Masahiro los condujo a un ala desocupada de la mansión. De las vigas de una sala vacía que olía a polvo colgaban telarañas.
– Mira, papá -dijo el niño, señalando un cuchillo clavado en la pared-. He encontrado trampa.
Demostró cómo había activado el cuchillo dando un golpe en cierto punto del suelo con un palo. Uno de sus juegos favoritos era buscar las trampas que Yanagisawa había instalado por todo el complejo. El día en que Sano y Reiko se habían mudado, Masahiro había caído por una trampilla del almacén a un pozo diseñado para atrapar ladrones. Al principio se había llevado un susto, pero pronto le entró fascinación por las trampas. Le encantaba recorrer la mansión de puntillas, armado con un palo con el que golpeaba paredes y suelos. La verdad era que había encontrado más de una trampa que a los criados les había pasado por alto en sus registros. Vivir allí era una diversión para él.
– Está muy bien, Masahiro. -Sano dio gracias a los dioses en silencio porque el cuchillo le hubiera pasado por encima a su hijo. De haber sido tan alto como un adulto, lo habría matado-. Algún día serás un buen detective.
– Lo lleva en la sangre -observó Reiko.
A Sano se le henchía el corazón de orgullo y afecto hacia Masahiro. Daba la impresión de que su hijo se hacía mayor con cada día que pasaba. Sano albergaba sueños de que al crecer se convertiría en un honorable samurái, se labraría un nombre y tendría sus propios hijos. Se dirigió a Reiko en voz baja:
– No quiero aguarte la fiesta, pero será mejor que encargue a mis hombres realizar otra inspección de la casa mañana. -La seguridad de su precioso hijo era lo primero.
Él y Reiko siguieron al niño al jardín, donde los grillos cantaban en el oscuro paisaje de árboles, rocas, estanque y linternas de piedra. El pequeño se alejó correteando en pos de las luciérnagas que centelleaban por encima de la hierba. La fragancia de los jazmines aromaba el aire.
– Qué agradable y pacífico es esto, comparado con otros lugares del mundo. Somos muy afortunados de vivir aquí -musitó Reiko, antes de preguntarle-: ¿Cómo ha ido tu investigación?
Él le contó que había interrogado a la familia y los subordinados del jefe Ejima, y a otras personas que tuvieron contacto con él.
– Acabo de hablar con sus informadores. Como todos los demás, tuvieron la oportunidad de matarlo. Como todos los demás, niegan que lo hicieran. Y tengo motivos para creerlos.
– ¿Carecían de móvil o de medios?
– Las dos cosas. -Reiko se le antojaba demasiado interesada en un caso en el que ella no participaba-. Los informadores son funcionarios de poca monta que estaban descontentos y pretendían arruinara a sus superiores contándole historias sobre ellos a Ejima. Él estaba de su parte. También les pagaba con generosidad. Además, no me han parecido expertos en artes marciales. Son del tipo de samuráis que llevan las espadas como un adorno y nunca pelean.
– Ese capitán Nakai parece el culpable más plausible -comentó Reiko.
Sano asintió.
– Estoy esperando a oír los resultados del seguimiento del detective Tachibana. -Sacudió la cabeza-. Casi desearía poder poner a todos los sospechosos bajo vigilancia.
– Puedes poner a tu disposición tantos hombres como necesites -le recordó Reiko.
– No hay suficientes para hacer un buen trabajo. No hay suficientes que me parezcan de confianza y punto. -Sano estaba aprendiendo las limitaciones de su poder-. Además, es posible que a Ejima y el resto de las víctimas las matara alguien cuyo nombre todavía no ha salido a la superficie.
Masahiro corrió hacia el estanque. Reiko le advirtió:
– ¡No te caigas al agua!
– ¿Cómo ha ido tu investigación? -preguntó Sano.
Ella se tensó; su jovial animación se desvaneció.
– Bueno… He ido al escenario del crimen. Me temo que han surgido pequeños contratiempos. -Le contó a regañadientes cómo los habían asaltado unos bandidos.
Sano se dio cuenta de que había temido contárselo. Lo inquietó constatar que no había sido tan discreta en sus indagaciones como él hubiera querido.
– Lo siento -dijo Reiko, contrita-. Te ruego me perdones.
– No es culpa tuya -aseveró Sano con sinceridad-. Y me preocupa más tu seguridad que mi posición. Será mejor que no vuelvas al poblado hinin. Si lo haces, es posible que el jefe no se presente para rescatarte otra vez.
Reiko asintió.
– Creo que allí ya he descubierto todo lo que podía. -Vaciló, antes de confesar-: Después he ido al Teatro de los Cien Días del que fue propietario el padre de Yugao.
Mientras le describía lo que había averiguado, Sano se horrorizó aún más al descubrir que sus pesquisas habían crecido a lo ancho en geografía y a lo alto en el escalafón social. ¿Seguirían en secreto mucho más? Aun así, no podía criticarla por hacer lo mismo que habría hecho él en su lugar.
– Ahora que tienes sospechosos alternativos además de indicios contra Yugao -dijo-, ¿qué piensas hacer?
– He descubierto que el ex socio de su padre y sus dos ronin se encontraban en una timba de cartas la noche de los asesinatos. Eso puede exculparlos o no. No he podido encontrar a la amiga de Yugao. Pero antes de probar otra vez, voy a hacerle otra visita a Yugao. A lo mejor, cuando vea lo que he descubierto, accede a contarme la verdad.
A lo mejor eso ponía punto final a la investigación. Sano dijo:
– Espero que logres llevar al asesino ante la justicia, con independencia de quién sea.
Reiko sonrió, aliviada al ver que no estaba enfadado. -¿Qué hay de tu investigación?
– Voy a poner a prueba una nueva teoría. He estado examinando la vida de las víctimas en busca de sospechosos que pudieran conocer el dim-mak. Pero ¿y si las víctimas no conocían a su asesino? Podría haber sido un extraño al que se encontraron por la calle. En ese caso, su nombre no constaría en sus registros de citas.
Y podría tratarse de alguien muy alejado del castillo de Edo y el distrito administrativo.
– Será muy trabajoso reconstruir todos los movimientos que hicieron esos hombres e identificar a todo el mundo que los tuvo al alcance de la mano. Sin embargo, a menos que tengamos un golpe de suerte muy pronto, más nos vale poner manos a la obra. Y buscaré específicamente a hombres que conozcan el dim-mak.