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– Saludos -dijo con una sonrisa de bienvenida.

Era un samurái bajo, fornido y jovial, cercano a los treinta y seis años de Sano. Se habían criado juntos, y en su momento Koemon había sido aprendiz del padre de Sano, que le había dejado la escuela. Sano en ocasiones envidiaba a su amigo y compañero de juegos de la infancia la sencilla vida que hubiera sido suya de no haber sido por las ambiciones que su padre tuvo para él.

Koemon retiró de un armero de la pared dos espadas de madera.

– Hace una eternidad que no os presentáis para una sesión de práctica. ¿Venís a compensar el tiempo perdido?

– La verdad es que vengo buscando a alguien -dijo Sano.

La escuela era un centro de chismorreos del mundo de las artes marciales, y una fuente de noticias que con frecuencia había sondeado. Sin embargo, cuando Koemon le lanzó una espada, la agarró. Se colocaron frente a frente, con las espadas derechas. Hacía más de un mes que Sano no libraba un combate, y la sensación de empuñar la espada resultaba placentera.

– ¿De quién se trata? -preguntó Koemon mientras se movían en círculo y la clase proseguía a su lado.

– Un experto en artes marciales que sabe aplicar el toque de la muerte.

Koemon acometió trazando una rápida curva con su espada. Sano esquivó y evitó por los pelos un golpetazo en la cadera.

– Con el debido respeto, vuestros reflejos son más lentos de lo que eran -observó Koemon-. No conozco a nadie que practique el dim-mak.

Retomaron su andar en círculos.

– Bueno, pues existe. -Sano lanzó una serie de mandobles que Koemon detuvo con facilidad, mientras le explicaba los asesinatos-. Y está en Edo.

– Es asombroso -dijo Koemon, y atacó a Sano con una lluvia de golpes rápidos y feroces que lo acorralaron contra la pared.

Ya sin aliento por el esfuerzo, Sano contraatacó, ganó espacio para maniobrar y rodeó a Koemon con un movimiento rápido. Cuando volvieron a encararse le caían gotas de sudor por la frente. De repente la espada se le antojaba pesada en las manos, que le dolían allá donde sus callos se habían ablandado.

– ¿Has oído hablar de algún maestro de artes marciales recién llegado a la ciudad? -A lo mejor el asesino se contaba entre los ronin que vagaban por Japón, librando duelos, dando lecciones y reuniendo discípulos. Habían surgido legiones de ellos tras la batalla de Sekigahara, hacía casi un siglo, en la que el primer sogún Tokugawa Ieyasu, había derrotado a los señores de la guerra rivales cuyos ejércitos después se habían desbandado, pero su número había ido menguando con el paso de las décadas.

– No últimamente -contestó Koemon.

– Podría tratarse de alguien que haya estado aquí toda la vida. -Sano se inclinaba por esa teoría-. A lo mejor el asesino es un enemigo de las víctimas, o del caballero Matsudaira, que ha ocultado hasta ahora su conocimiento secreto del dim-mak. -Sano cargó y lanzó un tajo.

Koemon se apartó de un salto, pero la espada le rozó la manga.

– Bien, estáis entrando en calor -dijo. Una idea le alteró la expresión-. Acabo de recordar una cosa. ¿Conocéis al sacerdote Ozuno?

– El nombre no me suena -dijo Sano mientras lidiaban-. ¿Quién es?

– Un samurái de los de antes. Cuando perdió a su señor, tomó votos religiosos. Entró en el monasterio del templo de Enriaku, en el monte Hiei.

El monte Hiei era el pico sagrado cercano a la capital imperial. El templo de Enriaku había sido un poderoso bastión budista de monjes guerreros hasta hacía unos cien años, cuando su influencia política y poderío militar supuso una amenaza para el señor de la guerra Oda Nobunaga, que lo arrasó. Más adelante el templo había sido reconstruido, y las tradiciones no morían de la noche a la mañana.

– Los sacerdotes enseñaron a Ozuno sus antiguos secretos. -La espada de Koemon castigó a la de Sano-. Cuando bajó de la montaña, era un experto en las artes marciales místicas, muy solicitado como maestro.

– Esa historia la han usado infinidad de samuráis que intentan hinchar su reputación o atraer alumnos -replicó Sano-. Si es cierta en el caso de Ozuno, ¿por qué no se ha hecho famoso?

– Es un solitario y odia la publicidad. Y es muy selecto con quien decide adiestrar. Toma un solo discípulo cada vez y lo adiestra durante años. Hace que todos juren no revelar que han estudiado con él ni explicar las técnicas que les enseña.

Ese aura de secretismo cuadraba con lo que Sano sabía sobre el dim-mak y sus practicantes. Cansado de defenderse, se agachó para esquivar la espada de Koemon, que le pasó silbando por encima de la cabeza.

– ¿Dónde puedo encontrar a Ozuno?

– Cuando está en la ciudad, vive en un templo u otro -respondio Koemon-. Tiene amigos que le ofrecen un lugar donde alojarse. No sé si sigue enseñando. Debe de tener noventa años, pero todavía vagabundea por el país cuando le entra la comezón de recorrer mundo.

Mientras Sano reflexionaba sobre la prometedora pista, su atención se alejó de la pelea. La espada de Koemon lo alcanzó de lleno en el estómago. Sano se dobló por la mitad, encogido por el golpe y humillado por la abrupta derrota.

– Mis disculpas -dijo Koemon, arrepentido.

– No hacen falta -respondió Sano-. Ha sido una victoria justa.

Se hicieron sendas reverencias, dejaron las espadas en su sitio y echaron un trago de agua de una vasija de cerámica. Sano le dio las gracias por la información y el ejercicio.

– De nada -dijo Koemon-. Haré correr la voz de que buscáis a Ozuno y os haré llegar cualquier noticia que oiga.

Cuando Sano salió de la escuela, se encontró a sus detectives en un puesto de comidas, tomando té y fideos. Se unió a ellos y, mientras comía, les habló del misterioso sacerdote.

Marume, interesado pero escéptico, se atiborraba la boca de fidéos con sus palillos.

– Aunque el tipo siga en buena forma a los noventa años, no me parece que vaya a tener ninguna conexión con el jefe Ejima y los demás.

– O el caballero Matsudaira -añadió Fukida.

– A lo mejor uno de sus discípulos secretos sí. En cualquier caso, creo que valdrá la pena hablar con él. -Sano se acabó la comida y dejó a un lado el cuenco vacío-. Volveremos al castillo y organizaremos una búsqueda de Ozuno. Y a lo mejor llega alguna nueva de Hirata y el detective Tachibana.

Capítulo 17

Reiko daba vueltas por la habitación de la residencia de su padre donde había interrogado a Yugao dos días antes. Al llegar esa mañana le había pedido al magistrado Ueda que le dejara hablar con la acusada otra vez, y él había mandado unos hombres a la cárcel para recogerla. Era casi mediodía cuando se abrió la puerta. Dos guardias entraron a Yugao. Llevaba grilletes en las manos y la misma ropa sucia. Pareció sorprendida y molesta de encontrarse con Reiko.

– Vos otra vez -masculló-. ¿Qué queréis ahora?

Los guardias la arrodillaron por la fuerza ante la hija del magistrado y luego salieron, cerrando la puerta tras de sí.

– Quiero hablar un poco más -respondió Reiko.

Yugao sacudió la cabeza, obstinada.

– Ya he dicho todo lo que tengo que decir.

La noche en la cárcel de Edo no le había sentado bien. Tenía el cuello comido de picaduras de pulga y los ojos legañosos e hinchados. A Reiko le inspiró tanto animadversión como lástima.

– Tenemos nuevos asuntos que comentar.

Yugao levantó las manos para rascarse las picaduras de pulga y esperó en receloso silencio.

– Ayer hice una visita a tu casa.

Yugao parpadeó asombrada.

– ¿Fuisteis al poblado hinin? -Enderezó la espalda y miró a Reiko fijamente-. ¿Para qué?

– No quisiste contarme lo que pasó la noche en que tu familia fue asesinada -explicó Reiko-, de modo que tuve que descubrirlo por mi cuenta. Hablé con el jefe y con tus vecinos.

Yugao sacudió la cabeza, presa de una ostensible confusión. Se frotó las manos y juntó las rodillas de manera espasmódica. Reiko pensó que a lo mejor se había convencido de que su voluntad de ayudar era sincera. Tal vez Yugao empezaba a otorgarle el margen de confianza necesario para hablar.