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– El jefe me contó por qué tu padre era hinin.

Un repentino arranque de ira afeó las facciones de Yugao.

– ¡Metisteis las narices en mis asuntos! Vosotros los samuráis hacéis lo que os viene en gana sin que os importe la intimidad de nadie. ¡Os odio a todos!

El estallido desilusionó a Reiko, porque la conversación no iba por donde ella quería. Sin embargo, continuó:

– Que un hombre cometa incesto con su hija es no sólo un crimen, sino también una traición al amor que ella le tiene. ¿Te lo hizo tu padre esa noche?

– No pienso hablar de mi padre -respondió Yugao con amarga indignación.

– Entonces hablemos de tu madre y tu hermana. ¿Ellas también te hicieron daño de alguna manera? -Una nueva teoría cobró forma en la cabeza de Reiko-. ¿Fueron crueles contigo porque te culpaban de tener que vivir como parias?

– Tampoco pienso hablar de ellas.

Mientras Reiko controlaba su exasperación, vio un posible motivo por el que Yugao se negaba a hablar. Quizá se avergonzaba tanto de su sórdida vida que prefería morir a revelarla. Quizá se culpaba y quería que la castigaran aunque no hubiera matado a su familia. Como la ley trataba a las personas como culpables de las transgresiones de sus parientes y asociados, era lógico que ellas creyeran que en realidad lo eran.

– Deberías recapacitar -le aconsejó-. Si apuñalaste a tu padre mientras él te violaba, es diferente de un asesinato. Si tu madre y tu hermana te agredieron porque te estabas protegiendo, tenías derecho a defenderte de ellas. Matar en defensa propia no es un delito. No te castigarán. El magistrado te pondrá en libertad.

Cualquier otro acusado de un crimen habría aprovechado sin vacilar esa explicación como una oportunidad de salvar la vida. Sin embargo, Yugao apartó la cara y dijo con voz fría y recalcitrante:

– Eso no es lo que pasó.

– Entonces cuéntame qué fue.

– Apuñalé a mi padre hasta matarlo. Luego apuñalé a mi madre y mi hermana. Los asesiné. No estoy obligada a decir por qué.

Reiko visualizó de nuevo la escena de los asesinatos. Vio a Yugao blandiendo el cuchillo, oyó los gritos, olió la sangre. Sin embargo, su imaginación sumada a la confesión de Yugao no equivalía necesariamente a la verdad.

– Escucha, Yugao -le dijo-. Mi padre forzó la ley al aplazar el veredicto en tu juicio. Me he ganado muchos quebraderos de cabeza por ayudarte. -Hasta se había arriesgado a poner a Sano en peligro-. Eso te obliga a contarme la verdad.

Un despreció burlón abrió los labios de la acusada.

– Nunca os pedí que me salvarais. Estoy dispuesta a aceptar mi castigo. Así que marchaos antes de que os escupa otra vez.

Reiko dio unas zancadas por la habitación para desahogar su impaciencia. Empezaba a apreciar los beneficios de la tortura. Un poco de cobre fundido vertido sobre Yugao desde luego habría mejorado sus modales además de romper su silencio.

– No pienso marcharme hasta que me convenzas de que eres culpable -le dijo mientras daba vueltas a su alrededor-. Y si de verdad es eso lo que quieres, tendrás que esforzarte más, sobre todo a la luz de lo demás que descubrí ayer.

– ¿Y ahora de qué parloteáis? -El tono de Yugao era insolente, pero Reiko detectó un matiz de miedo.

– Tú y tu familia no erais los únicos presentes en tu casa la noche de los asesinatos. El amigo de tu hermana Ihei ha reconocido que estuvo allí, durmiendo con ella en el cobertizo. El chico que estaba de guardia para los incendios lo vio alejarse corriendo tras los asesínatos.

Yugao soltó un bufido desdeñoso.

– Ihei es un torpe y un alfeñique. Si intentara apuñalar a alguien se cortaría.

– ¿Qué me dices del alcaide de la cárcel? -preguntó Reiko. Estuvo en tu casa la tarde antes. Él y tu padre se pelearon. Nadie puede llamarlo alfeñique a él.

– ¿Creéis de verdad que Ihei o el alcaide lo hicieron? -inquirió Yugao. Su mirada ardía de hostilidad-. ¿Los han arrestado? -Leyó la respuesta en la cara de su interlocutora y soltó una carcajada-. No tenéis nada contra ellos, sólo lo que acabáis de decir. Si vuestro padre nos sometiera a los tres a juicio, tendría que condenarme antes que a ellos. Me sorprendieron en la casa, con el cuchillo.

Nada en la experiencia de Reiko con el delito y los criminales la había preparado para entender a esa mujer tan decidida a morir por aquellos asesinatos. Probó una estrategia distinta.

– Hagamos un trato. Le diré a mi padre que eres culpable si me cuentas por qué mataste a tu familia.

En respuesta al estrambótico regateo, Yugao se limitó a reír de nuevo.

– Pensaba que ya lo teníais todo claro. Mi padre cometió incesto conmigo. Mi madre y mi hermana me atacaron.

– Eso es sólo una teoría. He empezado a dudar de que haya habido incesto alguna vez. En realidad, me pregunto si tu padre fue condenado injustamente a ser un paria.

Yugao frunció el entrecejo, recelosa de un truco.

– Fui al Teatro de los Cien Días y conocí a su antiguo socio. ¿Sabías que fue Mizutani quien denunció el supuesto incesto entre tú y tu padre? -Reiko esperó a que Yugao hablara, pero ella se mantuvo callada e impertérrita-. A lo mejor se lo inventó todo. A lo mejor contrató a alguien para que matara a tu padre. Así no podría regresar a la feria a reclamar su parte. Y al resto de tu familia la mató para no dejar testigos.

– No-dijo Yugao tajante.

– ¿No acusó en falso a tu padre? ¿Quieres decir que tu padre era culpable de incesto?

Yugao habló con odiosa vehemencia:

– Quiero decir que podéis coger vuestro trato y metéroslo por ese trasero tan fino. Ya estoy harta de vos. Por lo que a mí respecta, esta conversación ha acabado. -Unió las manos en el regazo, apretó la boca y clavó la mirada en la pared.

Desesperada, Reiko dio voz a la teoría que más sentido tenía para ella.

– ¿Estás cargando con las culpas por el bien de otro? ¿Intentas proteger a alguien?

Yugao permaneció tercamente muda. Reiko esperó. Pasó el tiempo. Cambió el ángulo y la intensidad del sol que entraba por la ventana; la gente iba y venía por los pasillos de fuera de la habitación. Sin embargo, Yugao parecía dispuesta a esperar hasta que ambas murieran de vejez y sus esqueletos se convirtieran en polvo. Al final Reiko suspiró.

– Tú ganas -dijo-. Pero voy a descubrir la verdad, te guste o no, sea sobre ti o sobre quien sea.

La expresión de Yugao desdeñó las palabras como un farol.

– ¿Puedo volver ya a la cárcel?

– Por el momento, mientras encuentro a tu vieja amiga Tama.

– ¿Tama? -farfulló Yugao con súbita aprensión. Cuando sus miradas se encontraron, ésta vio derretirse la pose desafiante de acusada.

– Sí, Tama. -Satisfecha de haber hallado un punto débil, Reiko explotó su ventaja-. Te acuerdas de ella, ¿no es así? ¿Qué crees que podrá contarme sobre ti?

La tez carcelaria de Yugao palideció más cuando replicó entre dientes:

– No os acerquéis a Tama.

– ¿Por qué?

– ¡Dejadla en paz y punto! -gritó Yugao.

– ¿Tienes miedo de lo que pueda decir?

– ¡Dejad de incordiarme! -Yugao se puso en pie con dificultades y cruzó a trompicones la habitación. Golpeó la puerta con sus manos encadenadas, mientras chillaba-: ¡Sacadme de aquí! ¡Sacadme! -Luego se puso a soltar gritos y maldiciones.

Se abrió la puerta. En el umbral apareció el magistrado Ueda, flanqueado por dos guardias. Tenía una expresión severa, reprobatoria.

– Condenadme a muerte -le suplicó Yugao-. ¡Haced que me deje en paz!

El magistrado se dirigió a los guardias:

– Vigiladla mientras hablo con mi hija.

Le indicó a Reiko con los ojos que lo siguiera. Fueron hasta un patio rodeado de almacenes, cuyas gruesas paredes enyesadas y tejados y puertas de hierro protegían de los incendios valiosos documentos. El sol desteñía los muros y el pavimento. Reiko oía gritar a Yugao dentro del edificio.