Выбрать главу

– ¿Hago bien en suponer que Yugao no se ha mostrado más propicia hoy que otras veces? -dijo su padre.

– Supones bien. -El fracaso descorazonaba a Reiko.

– ¿Has decidido si es culpable?

Ella repasó todos sus hallazgos y dijo:

– A veces la respuesta más obvia es la correcta. Creo que Yugao en efecto asesinó a su familia.

– Si tú lo crees, bastará con eso. Confío en tu juicio y confirma el mío. Además, hemos hecho un esfuerzo de buena fe por descubrir la verdad.

– Pero sigo sin entender por qué lo hizo.

– A lo mejor está perturbada.

Reiko sacudió la cabeza.

– Desde luego se comporta como si lo estuviera, pero me parece que está tan cuerda como cualquiera. Creo que tiene motivos lógicos para hacer lo que hace; ojalá pudiera descubrirlos.

– La ley no exige que se determine el móvil de un delito como condición previa a la condena de un acusado -le recordó el magistrado.

– Lo sé, pero es posible que me esté acercando al móvil de Yugao. Se alteró mucho cuando mencioné a su amiga Tama. Me interesa descubrir qué sabe Tama que Yugao no quiere que me cuente. Sospecho que tiene que ver con los asesinatos.

– ¿Todavía no has hablado con esa Tama? -Cuando Reiko le describió su búsqueda infructuosa de la amiga de Yugao, el magistrado arrugó el entrecejo-. No puedo aplazar más el veredicto. Tres personas han sido brutalmente asesinadas, y Yugao parece la culpable más allá de toda duda razonable. Mientras no la condene a muerte, estaré rehuyendo mi deber de administrar justicia y me haré merecedor de censuras justificadas. Además, no es justo que se haga una excepción con una criminal entre millares, sobre todo cuando lo agradece tan poco.

Reiko asintió; los argumentos de su padre eran irrebatibles. Sin embargo, la reconcomía la sensación de dejar cabos sueltos. Aunque hubiera reunido indicios convincentes contra Yugao, no quería cejar en sus indagaciones. Trató de explicarse.

– Creo que el motivo por el que Yugao mató a su familia es más importante incluso que el hecho de que sea la asesina. Si no descubrimos de qué se trata, la amenaza para la ley, el orden y el bien público será mayor que si la dejas en libertad.

– ¿En qué fundamentas esa opinión?

– En mi intuición.

El magistrado elevó los ojos al cielo. En su infancia, Reiko solía hacer afirmaciones que, según ella insistía, eran ciertas porque así lo dictaban sus sentimientos. Antes de que él pudiera aducir, como había hecho aquellas veces, que las emociones no eran hechos y que las mujeres eran criaturas veleidosas e irracionales, ella añadió:

– Mi intuición se ha demostrado acertada en el pasado.

– Hum. -Su padre se mostró renuente.

Durante la investigación de los asesinatos en el templo del Loto Negro, las sospechas infundadas de Reiko habían resultado ciertas.

– Creo que lo que sea que esté ocultando Yugao es demasiado peligroso para permitir que se lo lleve a la tumba -insistió-. Si lo hace, lo lamentaremos. Te ruego me concedas un poco más de tiempo para encontrar a Tama. Y que esperes por lo menos a que oiga lo que ella tiene que decir antes de condenar a Yugao.

El magistrado sonrió.

– Nunca he encontrado fácil decirte que no, hija. Bien, dispones de un día más para investigar. A esta hora de mañana, reabriré el juicio a Yugao. A menos que presentes pruebas que la exculpen, o justifiquen una prolongación de la investigación, la mandaré al campo ejecución. Es mi deber.

Un día no parecía tiempo suficiente para resolver aquel misterio en que la justicia y la vida de una joven mujer pendían de un hilo. Sin embargo, Reiko sabía que había presionado a su padre hasta hacerlo excederse en su autoridad y que Sano estaría más contrariado si cabe que cuando le había hablado por primera vez de la investigación.

– Gracias, padre -dijo-. Tendré las respuestas listas mañana.

Capítulo 18

El sol de la tarde caía sobre una cola de soldados, funcionarios y criados que atestaban el paseo delante del castillo y avanzaba hasta sus puertas. Los centinelas examinaban las credenciales de cada persona, que consistían en un pergamino con su nombre, cargo y el sello con la firma del sogún, antes de dejarla pasar. Cacheaban y registraban a todos los visitantes en busca de mensajes o explosivos ocultos. En la sala del guardia que remataba los enormes portales remachados de hierro, más centinelas, armados con arcabuces, supervisaban a través de los barrotes el tráfico de la calle. En los pasadizos cubiertos que coronaban los muros de piedra que rodeaban los edificios del castillo y serpenteaban ladera arriba hasta el palacio, otros guardias ojeaban la ciudad con sus catalejos. El caballero Matsudaira, espoleado por su miedo a un atentado, había aumentado las precauciones habituales de seguridad y convertido el castillo de Edo en el lugar más seguro de Japón.

Sano cabalgó con sus detectives hasta la cabeza de la cola. Los hombres que la conformaban le hicieron reverencias y le cedieron el puesto con educación. Oyó que alguien lo llamaba por su nombre y se volvió. Era Hirata, que galopaba hacia él, acompañado por Inoue y Arai. Sano indicó a sus hombres que esperaran. Hirata y los detectives se les unieron.

– Traemos noticias -dijo el recién llegado. A las puertas, los centinelas reconocieron a Sano y sus acompañantes y los dejaron pasar sin inspeccionar sus documentos. Pasaron por delante de los soldados que cacheaban a todo el mundo y abrían cofres y alforjas en la garita y cabalgaron colina arriba por los pasajes.

– Hemos reconstruido los movimientos de todas las víctimas salvo el ministro Moriwaki -explicó Hirata-. Su hábito de andar a solas lo ha hecho imposible. En cuanto al supervisor Ono, los vasallos que lo acompañaron fuera del castillo no vieron que nadie lo tocara ni a ningún desconocido que se comportara de forma sospechosa cerca de él.

– ¿Qué hay del comisario de carreteras Sasamura y el jefe Ejima? -preguntó Sano.

– Ahí hemos tenido suerte. Ejima fue a una tienda de incienso dos días antes de morir. Uno de sus guardaespaldas dice que un sacerdote que pasaba por ahí tropezó con Ejima y le hizo caer el paquete de incienso de las manos. Ejima se agachó para recogerlo. El sacerdote podría haberlo tocado en ese momento.

– ¿El guardaespaldas no se fijó?

– El trajín de la calle le impidió verlo.

– ¿Has conseguido una descripción del sacerdote? -preguntó Sano.

– Llevaba una túnica color azafrán, sombrero de mimbre y un cuenco para pedir limosna. -Hirata sacudió la cabeza con pesadumbre-. Igual que cualquier sacerdote de Japón. En un momento estaba allí y al siguiente había desaparecido.

– ¿Tuvo también el comisario un encontronazo con un sacerdote poco antes de su muerte?

– No, pero sí con otra persona, en el local de un prestamista. -Aunque los funcionarios del grado de Sasamura cobraban abultados estipendios, muchos los derrochaban en un estilo de vida lujoso y acababan endeudados con los mercaderes banqueros-. Un guardia apostado delante del establecimiento vio que un aguador deambulaba por las inmediaciones mientras Sasamura estaba dentro. Eso no hubiera tenido nada de raro, si no fuera porque el guardia reparó en que los cubos de agua estaban vacíos. Pensó que se trataba de un bandido disfrazado que pretendía atracar a quienes sacaran dinero prestado de local. Lo ahuyentó de la zona.

– A lo mejor el aguador y el sacerdote eran el asesino disfrazado, que acechaba a Ejima y Sasamura para matarlos -reflexionó Sano-. Y esos encuentros «casuales» fueron deliberados.

– Yo creo lo mismo -corroboró Hirata-.Por desgracia, el guardia ha sido incapaz de describir al aguador, salvo para decir que parecía como todos los demás.