Sano se dirigió a los guardaespaldas:
– ¿Perdisteis de vista en algún momento al coronel Ibe?
Los hombres se miraron, avergonzados de haber descuidado la vigilancia y de que ese descuido pudiera haber propiciado la muerte de su señor. Uno farfulló:
– Fue sólo un momento.
– Anoche, en el Sanja Matsuri -aclaró el otro-. Lo perdimos entre la multitud.
Sano les dio las gracias a ellos y al teniente Oda por su información, les autorizó a llevarse a casa el cuerpo de su señor y les dijo que permitieran que el burdel reabriera sus puertas. Él, Hirata y sus hombres avanzaron por la calle hacia la entrada del barrio.
– Ese festival convierte el templo de Asakusa en una olla de grillos -dijo Hirata-. Parece el sitio ideal para que el asesino haya acechado al coronel Ibe hasta asestarle el toque de la muerte.
– Sin que nadie se enterara -añadió Sano.
Hizo un alto ante la puerta, se volvió y miró calle abajo por Nakanocho. Vio a los guardaespaldas transportando el cadáver amortajado del coronel Ibe en una camilla. Mientras la gente se congregaba para curiosear, oyó el zumbido de las conversaciones emocionadas y vio que el gentío de la calle se agrupaba en corros, para comentar la noticia. Las cortesanas apretaban la cara contra los barrotes de sus escaparates y los juerguistas salían en tropel de los salones de té, ansiosos por enterarse del motivo de la conmoción.
– ¿Creéis que fue el capitán Nakai? -preguntó Hirata.
– Tenemos que descubrir dónde estuvo anoche. Y más nos vale regresar al castillo e informar de este último asesinato al caballero Matsudaira. -Sintió un repentino temor al imaginarse cómo reaccionaría el primo del sogún.
Capítulo 19
Aquel salón de té era el decimocuarto que visitaba Reiko desde que saliera del Tribunal de Justicia.
Ya había buscado a la antigua amiga de Yugao en los demás establecimientos cercanos al Teatro de los Cien Días, pero ninguno de los clientes, propietarios o criados conocía a Tama. Tras extender su búsqueda a los barrios colindantes, Reiko bajó de su palanquín delante de ese salón de té, ubicado en una calle de casas de vecindad sobre tiendas de verduras y fruta en conserva. Era casi idéntico a todos los que había visto. Una cortina colgaba de los aleros hasta media altura de la fachada abierta. Una camarera se recostaba, mirando al suelo y aburrida, contra un pilar al borde del suelo elevado de tablones. La sala que tenía detrás estaba vacía a excepción del propietario, un hombre de mediana edad acuclillado junto a su vasija de sake, sus jarras y vasos. La mujer avistó a los guardias de Reiko y se le iluminaron las facciones.
– Hola -saludó al teniente Asukai. Ya no era joven, pero tenía formas voluptuosas. Sus ojos refulgieron ante la perspectiva de compañía masculina y generosas propinas-. ¿Puedo serviros algo de beber a vos y vuestros amigos?
– Gracias -dijo Asukai-. Por cierto, mi señora tiene unas preguntas que hacer.
Curiosa pero desconfiada, la camarera miró a Reiko.
– Como deseéis.
El propietario sirvió sake y Reiko le dijo a la doncella:
– Busco a una mujer llamada Tama. Trabaja en un salón de té de por aquí. ¿La conoces?
– Oh, sí -respondió la camarera-. Antes trabajábamos juntas, aquí. Su padre era el dueño de este local. Reiko se animó.
– ¿Sabes dónde puedo encontrarla? La mujer sacudió la cabeza.
– Lo siento. Hace, a ver… dos años que no la veo. Ella y su familia se fueron del barrio. No sé dónde se mudaron. Su padre vendió el salón de té. -Le hizo una seña con la mano al propietario, que estaba sentado con los guardias de Reiko, dándoles educada conversación-. Oye, ¿qué fue de Tama?
Él sacudió la cabeza para indicar que no lo sabía. Decepcionada, Reiko siguió probando.
– ¿Conociste a una chica llamada Yugao? Era amiga de Tama.
– No… -La camarera recapacitó-. Ah, sí, había una chica que venía a veces de visita. -Sin embargo, cuando Reiko le preguntó por el carácter y la familia de Yugao, no supo darle ninguna información-. Y bien, ¿a qué tantas preguntas? ¿Tama ha hecho algo malo?
– No que yo sepa -dijo Reiko-, pero tengo que encontrarla. -Tama parecía su única oportunidad de revelar hechos que arrojasen luz sobre los asesinatos-. ¿Dónde vivía?
La camarera le dio las señas de una casa situada a cierta distancia, y luego dijo:
– A lo mejor puedo enterarme de qué ha sido de ella. Puedo preguntar por ahí, si lo deseáis. -Hizo tintinear el dinero que llevaba en a bolsita bajo la faja, insinuando que una propina nunca estaba más. Reiko le entregó una moneda de plata.
– Si encuentras a Tama, manda recado a la dama Reiko en el Tribunal de Justicia del magistrado Ueda, y te pagaré el doble.
Subió al palanquín y pidió a los porteadores que la llevaran a la casa donde había vivido Tama. El tiempo disponible hasta la hora límite de su padre volaba, y Reiko tenía la acuciante sensación de que debía descubrir la verdad sobre los crímenes antes de que ejecutaran a Yugao o habría terribles consecuencias.
Un pasillo tan oscuro y húmedo como un túnel subterráneo comunicaba las celdas de la cárcel de Edo. Por él avanzaba penosamente un carcelero con una torre de bandejas de madera con comida. Se paraba para deslizar una por el hueco debajo de cada puerta cerrada. Los cautivos celebraban la llegada del rancho con gritos escandalosos.
Dentro de una celda, ocho mujeres se abalanzaron sobre la comida como gatas hambrientas. Lucharon entre empujones, arañazos y chillidos por el arroz, las verduras en vinagre y el pescado seco. Yugao se las ingenió para agarrar una bola de arroz. Huyó a comer en un rincón de la celda, que sólo contaba con diez pasos de lado y la luz que entraba por un pequeño ventanuco con barrotes cerca del techo. El resto de mujeres se arrodillaron para engullir su comida. El pelo les colgaba desgreñado por encima de la cara; se chupaban los dedos y se los limpiaban con sus sayos de arpillera. Yugao mascó el arroz apelmazado y duro. Maldijo que unos pocos días en la cárcel la hubieran reducido, junto a las demás reclusas, a la condición de animales salvajes. Sin embargo, se recordó que ella había elegido ese destino. Formaba parte de su plan. Debía aguantar y aguantaría.
Cuando acabó de comer, estiró el brazo hacia la jarra de agua, pero Sachiko, una ladrona a la espera de juicio, se le adelantó. Era una adolescente fea y dura que se había criado en las calles de Edo y había vivido con una pandilla de hampones antes de su arresto. Bebió de la jarra y luego clavó una mirada beligerante en Yugao.
– ¿Qué pasa? -dijo-. ¿Tienes sed?
– Dámela. -Yugao trató de aferrar la jarra.
Sachiko la apartó fuera de su alcance y sonrió.
– Si lo pides por favor, a lo mejor te doy un poco.
El resto de las mujeres observaban expectantes. Todas le daban coba a Sachiko porque le tenían miedo. Yugao las despreciaba por su debilidad y odiaba a la matona. No pensaba doblar la cerviz ante ella.
– No me incordies -dijo con tono pausado y amenazante-. Soy una asesina. He matado a tres personas. Dame el agua o te mataré a ti también.
Un repentino temor borró la sonrisa arrogante de Sachiko. Yugao sabía que su crimen, el más grave de todos, le confería un estatus especial en la cárcel. Las otras la tenían por loca y, en consecuencia, peligrosa. Desde que la habían encerrado con ellas, Sachiko andaba buscando pelea, y si quería conservar su posición como cabecilla de esa celda no podía consentir que Yugao la intimidara.
– Te debes de creer mejor que las demás -dijo Sachiko-. He oído decir a los guardias que el magistrado aplazó tu sentencia y que te sacaron ayer porque quería hablar contigo otra vez. ¿Para qué? ¿Hizo que se la chuparas?