Hizo una pantomima de felación y rompió a reír; las otras mujeres la imitaron obedientes.
– No debiste de hacerlo lo bastante bien, o te hubiera soltado en vez de mandarte de vuelta.
Yugao ardía de rabia, pero sabía que Sachiko le tenía envidia, y con motivo. Ella, a diferencia de esas otras criaturas lamentables, tenía una oportunidad de evitar el castigo. Le bastaría con inventarse una historia de que algún otro había asesinado a su familia. Aquella mema de la dama Reiko la creería y le diría al magistrado que la soltase. Sin embargo, Yugao no pensaba rectificar su confesión y negociar por su vida. La tuvieran por culpable o no, ella quería que le atribuyeran el crimen. Era su regalo a la persona que más le importaba en el mundo. ¡Cómo los odiaba por intentar embaucarla para que hablase de más y lo traicionara! Los odiaba por retrasar su condena a muerte y prolongar su estancia en ese infierno. El rencor hacia ellos avivó su furia hacia Sachiko.
– Cierra tu bocaza -le espetó- o te la cerraré yo. Ahora dame el agua.
– Si tanto la quieres, toma -replicó Sachiko con desdén.
Le lanzó a Yugao el contenido de la jarra. El agua le salpicó la cara y le empapó la ropa. Sintió una cólera homicida. Se abalanzó sobre Sachiko y ambas cayeron al suelo. Yugao le propinó puñetazos y le lanzó arañazos a los ojos. Sachiko le daba golpes en la cabeza y le tiraba del pelo. Todas las presas gritaban:
– ¡Dale, Sachiko! ¡Enséñale quién manda!
Sachiko era más grande que Yugao y sabía pelear. No tardó en estar encima de su rival. Contra el suelo, Yugao se revolvió y lanzó golpes a ciegas, pero Sachiko le cerró las manos en torno a la garganta. Yugao tosió y jadeó mientras el apretón le iba cortando la respiración. Sin embargo, sintió un abrumador impulso de no morir allí, en una estúpida pelea carcelaria, sino mantenerse con vida y recibir su condena a muerte en el campo de ejecución. Encontró a tientas la pesada jarra de cerámica. La agarró y la estrelló contra la cara de Sachiko, que aulló y cayó hacia atrás con la nariz ensangrentada. Yugao se le echó encima y empezó a golpearla en la cabeza con la jarra.
– ¡Para! -gritó Sachiko, sollozando de dolor y terror-. ¡Ya basta! ¡Tú ganas!
Sin embargo, Yugao se sentía poseída por una desenfrenada violencia. Siguió golpeando a Sachiko sin piedad.
– ¡Quitádmela de encima! -chilló la ladrona.
En lugar de eso, las otras mujeres aporrearon la puerta y gritaron:
– ¡Socorro! ¡Socorro!
Arrastrada por su locura, Yugao apenas oyó cómo el carcelero abría la puerta y gritaba:
– ¡¿Qué pasa aquí?!
De repente la celda estaba llena de hombres. La apartaron bruscamente de Sachiko, mientras ella gritaba y se revolvía. La ladrona se quedó tendida gimiendo y las demás mujeres se acurrucaron en un rincón. Los guardias sacaron a rastras de la celda a Yugao.
– Te enseñaremos a comportarte -le espetó el carcelero.
Él y los guardias la pusieron a cuatro patas en el pasillo a base de empujones. Yugao se debatió, pero la tenían bien sujeta. Le subieron el sayo y un hombre se arrodilló detrás de ella, que dio una sacudida cuando notó su miembro erecto tanteándole entre las nalgas. El guardia la penetró de golpe. Ella cerró los ojos y apretó los dientes para aguantar la agonía. Uno tras otro, los hombres fueron violándola. Con las mejillas anegadas en lágrimas, Yugao se dijo que aquello no era nada comparado con la deshonra y los padecimientos que él había sufrido. Tenía que soportarlo por él, igual que, llegado el momento, moriría por él.
El remoto repicar de una campana se coló en su conciencia. Oyó que uno de los guardias exclamaba:
– ¡Es la alarma de incendios!
El hombre que la estaba violando se retiró y los demás la soltaron. Yugao se derrumbó en el suelo, boqueando. Los guardias salieron disparados por el pasillo. Desatrancaron y abrieron las puertas, gritando:
– ¡Fuego! ¡Todo el mundo fuera!
Entre gritos de miedo y emoción, los presos salieron en estampida de sus celdas y corrieron por el pasillo sorteando a Yugao. Ella olió el humo de algo que se quemaba por allí cerca. Un guardia le dio una patada en las costillas mientras seguía a los reclusos hacia el exterior de la cárcel.
– Levántate y corre si no quieres morir achicharrada -le dijo.
La ley ordenaba que se liberara a los presos cuando un incendio amenazaba la cárcel. Era un ejemplo de misericordia en un sistema legal por lo demás cruel. Yugao, asombrada, cayó en la cuenta de que todo acababa de cambiar. Antes pensaba que su muerte por ejecución era lo único que podía ofrecerle a él y que volverían a encontrarse en el paraíso que existía al otro lado de la muerte. Ahora el destino había intervenido.
Se puso en pie llena de júbilo. Trastabillando de dolor y haciendo caso omiso del reguero de sangre que le bajaba por las piernas, salió con el resto de los prisioneros a un patio donde el sol la deslumhró por un instante. Se estaban formando nubes de humo acre por encima de los tejados en un barrio contiguo a los muros de la cárcel, pero el aire era más fresco que en su celda. Yugao respiró con agradecimiento. Un torrente de prisioneros surgía del resto de alas de la prisión. Los guardias los dirigían a toda prisa hacia la puerta principal.
– ¡No olvidéis volver en cuanto apaguen el incendio! -advirtieron a gritos a la horda que se alejaba.
Cuando Yugao superó el puente sobre el canal, la ciudad se extendió ante ella, luminosa, bella y acogedora. ¡Qué milagroso golpe de suerte! Podía vivir, por él y con él. Ebria de libertad y esperanza, se adelantó corriendo a los otros prisioneros y desapareció en los callejones de los suburbios que rodeaban la cárcel de Edo sin mirar atrás.
Capítulo 20
– Os dije que un asesino rondaba los cargos recién nombrados -dijo el caballero Matsudaira cuando Sano informó de la muerte del coronel Ibe. Paseó una mirada de triunfo por el sogún y Yoritomo, sentados en la tarima por encima de él, y los dos ancianos que se hallaban de rodillas a un lado-. ¿Me creéis ahora?
– Sí. Teníais razón -reconoció Ihara. El descontento arrugaba sus rasgos simiescos.
Kato asintió con una renuencia que la máscara de su rostro no acertaba a disimular. Sano, sentado junto a Hirata en el suelo, cerca de la derecha del sogún, observó la mirada consternada que intercambiaron ambos ancianos: estaban preocupados porque el último asesinato daba más peso a la teoría de Matsudaira de que existía una conspiración contra su régimen.
El primo del sogún lanzó una mirada furibunda a Sano.
– Se suponía que debíais atrapar al asesino. -Sus ojos se desplazaron hacia los ancianos, insinuando que debería haberlos implicado en el complot-. En cambio, me decís que el asesino ha vuelto a golpear. ¿Cómo osáis fallarme después de que yo depositara mi confianza en vos?
– Mil perdones, mi señor. -Sano estaba abochornado, pero aceptó el reproche con el estoicismo propio de un samurái-. No hay excusa.
Los ancianos parecían complacidos por su deshonra y satisfechos de que fuera él, y no ellos, el blanco de las iras del caballero. Hirata y Yoritomo parecían preocupados.
– Lamento, aah, discrepar -dijo el sogún, rebelándose contra su primo como en otras ocasiones-. Sano-san ciertamente cuenta con una, aah, excusa legítima. Fue sólo, aah, anteayer cuando empezó a investigar los asesinatos. No deberías ser tan impaciente, primo.
Sano pensó en lo irónico que resultaba que el sogún, que siempre había esperado de él resultados inmediatos, lo defendiera en ese punto. Saltaba a la vista que lo soliviantaba el control que ejercía sobre él Matsudaira, y aprovechaba cualquier oportunidad de plantarle cara. A lo mejor Yoritomo lo había inducido a que abogara por Sano.