– Su excelencia tiene razón -dijo Matsudaira, disimulando el descontento y fingiendo contrición-. Disculpadme, chambelán Sano. Este último asesinato no es culpa vuestra. -Su torva mirada a los ancianos proclamaba dónde colocaba él la culpa-. Contadnos qué avances habéis realizado en la captura del asesino.
– He identificado a un sospechoso. El caballero se inclinó hacia delante.
– ¿Quién es?
Sano observó que Kato e Ihara se preparaban para una acusación contra su camarilla.
– El capitán Nakai.
La sorpresa afloró a los rostros de Matsudaira, los ancianos y Yoritomo. El sogún arrugó la frente como si tratara de recordar quién era el aludido.
– Pero el capitán Nakai… -empezó Ihara, y se calló. «Luchó en el bando del caballero Matsudaira en la guerra de las facciones. ¿Cómo puede ser él quien trata de socavar el nuevo régimen?» Las palabras no pronunciadas resonaron en la sala.
– ¿Por qué sospecháis del capitán Nakai? -preguntó el primo del sogún.
Sano explicó que Nakai había tenido contacto con el jefe Ejima y el ministro Moriwaki durante los días previos a sus muertes.
– Y está contrariado porque no lo han compensado por sus recientes méritos.
Matsudaira entrecerró los ojos y se acarició la barbilla mientras asimilaba lo que Sano estaba dando a entender. Los ancianos eran incapaces de ocultar del todo su alivio al ver que el incriminado era uno de los hombres de su rival, en lugar de ellos.
– Oigamos lo que tiene que decir el capitán en su defensa -dijo Matsudaira-. ¿Dónde está?
Sano hubiese preferido interrogar a Nakai en privado, pero su posición ya era lo bastante débil.
– Debería estar de servicio en el puesto de mando de la guardia del castillo.
– Traedlo -ordenó el caballero a un sirviente.
Al cabo de poco, el capitán Nakai entraba con paso firme en la sala de audiencias. Resplandecía de orgullo cuando se postró e hizo las reverencias de rigor.
– Excelencia; caballero Matsudaira; es un honor. -Sano intuyó que creía que iba a recibir, después de tanto tiempo, la recompensa que anhelaba. Pero al ver la expresión sombría del primo del sogún y reparar en Sano, el capitán se cargó de aprensión-. ¿Puedo preguntar por qué se me ha convocado?
– El coronel Ibe ha sido asesinado. ¿Has sido tú? -inquirió Matsudaira, saltándose las formalidades para ir directo al grano.
– ¿Qué? -El capitán se quedó boquiabierto de un asombro que a Sano le pareció genuino.
– ¿Mataste también al jefe de la metsuke Ejima, el ministro del Tesoro Moriwaki, el inspector de la corte Ono y el comisario de carreteras Sasamura? -preguntó el caballero.
– ¡No! -El capitán Nakai miró a Sano y su desconcierto dio paso al ultraje-. Os dije que era inocente. Juro que lo soy. -Una horrorizada comprensión le demudó las facciones-. Le habéis dicho a su excelencia y al caballero Matsudaira que soy culpable.
– ¿Y bien? -La intensa mirada del primo del sogún desafió a Sano-. ¿Es o no es el culpable?
– Sólo hay un modo de resolver la cuestión. Debo rogaros que esperéis un momento. -Y susurró al detective Marume-: Si el detective Tachibana está haciendo su trabajo, debería andar por aquí cerca. Ve a buscarlo y tráelo aquí.
Marume salió. Pasó un breve lapso de tiempo, durante el cual el caballero y los ancianos esperaron en malcarado silencio. Yoritomo le explicó con un murmullo al sogún lo que había pasado. El capitán Nakai miraba de uno a otro, como si buscara que lo rescatasen. Abrió la boca para hablar y luego se mordió el labio. Meneaba las manos y tensaba los músculos. Toda la fuerza física que había hecho de él un héroe en el campo de batalla no iba a servirle de nada allí. Su miedo a la ruina y la muerte impregnaba el aire como un hedor. Sano sintió que la tensión de la sala se acumulaba hasta un punto intolerable. En el último momento llegaron los detectives Marume y Tachibana.
– Lo más probable es que el asesino tocara al coronel Ibe ayer, en el festival del templo de Asakusa -explicó Sano, y se dirigió al capitán Nakai-: ¿Dónde estuvisteis anoche?
Algo parecido al alivio, combinado con el desafío, surcó la expresión de Nakai.
– En casa.
Sano se volvió hacia el detective Tachibana.
– ¿Es eso cierto?
– Sí, honorable chambelán -contestó su hombre, nervioso en presencia de sus superiores, pero seguro de su respuesta-. Pasó allí toda la noche. No se movió de su casa en ningún momento.
– Puse al capitán Nakai bajo vigilancia -explicó Sano a los presentes-. La declaración de mi detective confirma su coartada.
– ¿Hicisteis que un hombre me siguiera? -Nakai miró a Sano con indignación y asombro redoblados.
– Deberíais darle las gracias -observó Kato-. Os ha exculpado.
– Ciertamente. -Matsudaira lanzó a Sano una mirada especulativa y reprobatoria.
Yoritomo susurró al oído del sogún, que asintió y dijo:
– Capitán Nakai, aah, parece que no eres el asesino que buscamos. Regresa a tu puesto.
Estupefacto, el aludido no movió un músculo.
– ¿Eso es todo? -preguntó a Sano-. ¿Me acusáis delante de todos, arrastráis mi honor por el fango y luego se me despacha como si no hubiera pasado nada? -Tenía la cara roja de ira-. ¿Cómo se supone que debo mantener la cabeza alta en público?
Sano lamentaba haber dañado la reputación de un inocente, También tenía motivos para sentir que Nakai no fuera el asesino.
– Os ruego que aceptéis mis disculpas. Me encargaré de que todo el mundo sepa que vuestro honor está intacto y de que os compensen cualquier molestia que hayáis sufrido.
Nakai, ciego de ira, estalló contra el caballero Matsudaira:
– Después de todo lo que he hecho por vos, ¿consentís que me deshonren cuando deberíais recompensarme?
– Sugiero que obedezcáis la orden de su excelencia y salgáis antes de que vuestra lengua os meta en problemas -repuso el primo del sogún con frialdad.
El capitán se puso en pie, bufando de orgullo herido.
– Nunca habéis olvidado que tengo conexiones con el clan de vuestro enemigo. ¡Siempre me lo habéis echado en cara aunque no sea culpa mía! -Y salió de la sala hecho una furia.
Los reunidos esperaron un instante en silencio a que se despejara el ambiente emponzoñado. Sano sabía que se avecinaban más problemas. Detectó un temor similar al suyo en los rostros impasibles que lo rodeaban. Sólo el sogún estaba tranquilo en su ignorancia.
– Debo decir que no me sorprende que el capitán Nakai sea inocente -comentó Matsudaira. Tampoco parecía contrariado-. Nakai ha sido bendecido por la buena suerte. Otros no son tan afortunados. -Su mirada, preñada de acusación, atravesó a los dos ancianos.
Kato e Ihara intentaron disimular su desazón al ver las sospechas apuntadas de nuevo hacia su facción. El sogún le pidió con un codazo a Yoritomo una explicación de lo que acababa de suceder, pero los ojos luminosos y asustados del muchacho estaban fijos en Sano.
– Vos también tenéis un problema, honorable chambelán -prosiguió el caballero Matsudaira con el mismo tono amenazante-. Ahora que vuestro principal sospechoso ha quedado libre de culpa, la investigación se encuentra de vuelta donde empezó: sin ninguna idea de quién es el asesino.
Aunque el revés lo angustiaba, Sano no podía permitirse que Matsudaira creyera que la situación era tan aciaga como parecía.
– Hay varias líneas de investigación más -empezó.
El caballero lo atajó con un gesto de impaciencia.
– No me hagáis perder el tiempo hasta que se demuestren más válidas que lo que habéis descubierto hasta ahora. -Miró a los dos ancianos y luego a Sano, con un claro sentido: más valía que cualquier nueva vía que explorase apuntara a sus enemigos-. Si el asesino golpea de nuevo, habrá algunos cambios en el escalafón superior del régimen. ¿No os parece que la isla de Hachijo tiene sitio para más de un chambelán exiliado?