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– Sí, mi señor. -Sano mantuvo la serenidad de tono y expresión. Por alto que hubiera llegado en el bakufu, nada había cambiado en realidad; su rango no lo eximía del Camino del Guerrero. Aún debía aceptar los abusos, por inmerecidos que fueran. Un cruel regodeo centelleó en los ojos de Matsudaira al percibir la lucha interior de Sano.

– Pero no temáis que la isla de Hachijo sea un lugar solitario. Tendréis compañía de sobra. -Atravesó con la mirada a Hirata, que dio un respingo involuntario-. Donde va el señor, va el vasallo.

La cara de Hirata adquirió la expresión del ciervo que ha visto apuntar al cazador una flecha directa hacia él. Matsudaira se volvió hacia el sogún.

– Creo que podemos levantar esta sesión, honorable primo.

El sogún asintió, demasiado confuso para objetar. Mientras él, sus hombres y los ancianos se levantaban y hacían una reverencia, Sano sintió la perdición en el aire como una tormenta en ciernes. El caballero Matsudaira dijo:

– Confío en que mañana sea un día más satisfactorio.

Fuera del palacio, Sano cruzó los jardines con Hirata. El ocaso pintaba una triste franja carmesí en el cielo por encima de las colinas de poniente; nubes como un muro de humo ocultaban la luna y las estrellas. Crecían las sombras y los insectos chirriaban bajo unos árboles que condensaban la noche en su follaje. En las linternas de piedra ardían las llamas; las antorchas de las patrullas de guardias destellaban en el paisaje oscurecido.

– Lamento no haber sido capaz de identificar al asesino -dijo Hirata, que parecía dispuesto a asumir toda la culpa.

– Yo lamento haberte metido en esta investigación. -Si le causaba a Hirata más perjuicios de los que ya había padecido, Sano nunca se lo perdonaría-. Pero no desesperemos todavía. Tenemos suerte de que el caballero Matsudaira nos haya concedido otra oportunidad. Es posible que las otras pistas nos conduzcan al asesino. Y el último crimen tal vez nos proporcione nuevos indicios.

– ¿Cuáles son vuestras órdenes para mañana? -preguntó Hirata.

Sano deseó una vez más poder excusar a su vasallo. Sin embargo, tanto el destino de Hirata como el suyo dependían del resultado, y no podía negarle la oportunidad de salvar su honor y su posición.

– Localiza al sacerdote que chocó con el jefe Ejima y al aguador que merodeaba cerca del comisario de carreteras Sasamura.

Hirata asintió, aceptando sin inmutarse la agotadora tarea de perseguir testigos por toda la ciudad.

– También me enteraré de si alguien vio al asesino acechando al coronel Ibe.

– Un incidente cualquiera podría proporcionar el empujón crítico que necesitamos -dijo Sano, si bien con más esperanza de la que sentía. Indicó a los detectives Marume y Fukida que se unieran a ellos-. En cuanto lleguemos a casa, organizad una búsqueda del sacerdote Ozuno. Tomad prestadas tropas del Ejército. Quiero todos los templos registrados. Si lo encontráis, retenedlo en algún sitio del que no pueda escapar y notificádnoslo a mí o a Hirata-san de inmediato.

Cruzaron la puerta que daba a los terrenos del palacio. Después de desearse las buenas noches, Hirata enfiló con Arai e Inoue el pasaje que llevaba al barrio administrativo. Sano se dirigió con Marume y Fukida a su complejo. Allí debía cribar la información sobre los contactos de las víctimas, buscar nuevos sospechosos y confiar en que tuvieran relaciones con los enemigos de Matsudaira. La sola idea lo agotaba. Probablemente se pasaría la noche en vela otra vez.

Cuando llegó a la mansión, se encontró el camino vacío salvo por sus guardias, que holgazaneaban ante la puerta. La visión era tan extraordinaria que él, Marume y Fukida se pararon en seco. Aunque Sano había cancelado todas sus citas, todavía era lo bastante temprano para que hubiera funcionarios prestos a enredarlo en cuanto apareciera. Dentro del patio, sus pasos resonaron en el fantasmagórico silencio.

– ¿Dónde está todo el mundo? -preguntó Fukida.

– Es una buena pregunta. -Sano tuvo la inquietante sensación de que algo andaba mal. Se encontraron a su asesor rondando por la entrada a la residencia, y Sano le preguntó-: ¿Qué sucede?

– No lo sé. -Kozawa parecía tan desconcertado como ellos.

– ¿Ha sido así todo el día?

– No, honorable chambelán. A primera hora de la mañana había el gentío de costumbre. Pero hacia mediodía ha empezado a decaer. No ha habido visitas desde entrada la tarde… hasta ahora mismo.

El instinto agudizó el desasosiego de Sano.

– ¿Quién es?

– El comisario de policía Hoshina. El y dos de sus comandantes esperan en la antesala.

Sano vio cómo un día malo de repente giraba a peor.

– ¿Queréis que lo eche? -se ofreció Marume.

Aunque estaba tentado, Sano recordó la advertencia de Hirata. Le convenía enterarse de qué nueva jugarreta tramaba Hoshina contra él.

– No -dijo, y se dirigió a Kozawa-. Veré al comisario en mi despacho.

Sus detectives lo escoltaron hasta allí. Les ordenó que no perdieran de vista a los hombres de Hoshina y se sentó ante su escritorio, respirando hondo y tratando de sacudirse la tensión de su encuentro con Matsudaira. Al poco Kozawa abrió la puerta, y entró Hoshina.

– Saludos, honorable chambelán -dijo con una sonrisita insolente. Se había quitado las espadas, como mandaba la norma para los visitantes, pero aun así se movía con orgullo fanfarrón.

– Bienvenido. -Sano adoptó un tono lacónico para indicar que la visita sería corta-. ¿Qué os trae por aquí?

Hoshina le dedicó una superficial reverencia. Al arrodillarse ante Sano, paseó la mirada por la habitación. Una amarga nostalgia le tiñó la expresión y Sano supo que recordaba los tiempos en que había sido amante y vasallo mayor de su anterior ocupante.

– Bah, se me ha ocurrido pasarme a ver qué tal os iba todo.

– No creo que hayáis venido por el placer de una charla intrascendente -repuso Sano.

Hoshina se sonrió e hizo caso omiso de la invitación de Sano a que declarara el motivo de su visita.

– Qué tranquilo está todo. ¿No es asombroso que cuatro palabras dejadas caer en una charla informal puedan tener un efecto tan drástico?

Sano sintió un vuelco en el estómago al percibir una conexión entre su oficina desierta y Hoshina.

– ¿De qué estáis hablando? -Hoy he topado por casualidad con varios conocidos mutuos. -Hoshina arrastraba las palabras, recreándose, disfrutando de la turbación de Sano-. Les he mencionado que os está costando resolver este caso, y que la muerte del coronel Ibe no ha ayudado. Les ha interesado descubrir que el caballero Matsudaira está sumamente insatisfecho con vos y que eso ha puesto en peligro la consideración en que os tiene. -Hoshina sacudió la cabeza con falsa compasión; los ojos le centelleaban de malicia-. Las ratas siempre abandonan el barco que se hunde.

Sano se dio cuenta de lo sucedido. Hoshina, que tenía espías por todas partes, había estado siguiendo su investigación, advirtiendo a la gente que era probable que no lograra resolver el caso y que más le valía limitar su contacto con él o compartirían su castigo. Si la estratagema de Hoshina daba resultado, Sano perdería su influencia ante los altos funcionarios Tokugawa y los señores feudales. Su miedo a quedar aislado y perder el control del gobierno y la nación asumió una nueva y angustiosa realidad. Debería haber previsto que su enemigo lo atacaría con malas artes cuando más vulnerable era. Lanzó una mirada furibunda a Hoshina, que esperaba sonriente su reacción.

– No puedo decir que me sorprendan vuestras noticias -dijo con disciplinada calma-. Vuestro comportamiento en el pasado ha demostrado que nunca dejaréis de intentar destruirme, por mucho que me esfuerce en hacer las paces entre nosotros. Lo que sí me sorprende es el método que habéis elegido esta vez.

– ¿Cómo es eso? -preguntó Hoshina, orgulloso de su ingenio.