Se miraron a los ojos, paralizados por el terror a que se convirtiera en la sexta víctima del dim-mak.
– No lo sé, pero creo que sí. Creo que eso es lo que me despertó.
– ¡No! -Reiko lo agarró de las manos, desesperada-. Tienes que estar equivocado. No sientes nada raro, ¿verdad?
Sano sacudió la cabeza.
– Pero no creo que los demás lo sintieran, tampoco. -Visualizó al intruso inclinado sobre él mientras dormía, estirando una mano sigilosa hacia él. Sentía en todo el cuerpo el hormigueo de la sensación del toque fatal. ¿Era su imaginación o la realidad?-. No sabían que les pasaba nada malo, hasta que…
Con la voz entrecortada, Reiko dijo:
– ¡Voy a llamar a un médico!
– No serviría de nada. Si he recibido un toque de la muerte, el daño ya está hecho. Ningún tratamiento podría salvarme.
Los ojos de Reiko se poblaron de lágrimas.
– ¿Qué vamos a hacer?
Que el destino pudiera empeorar tan de repente, en un simple instante, resultaba incomprensible. Si el asesino lo había tocado, podía ser su fin aun antes de que Matsudaira lo castigara por no atrapar al asesino o Hoshina acabara con él. La idea de ver su vida segada de cuajo, de dejar a su amada esposa e hijo, lo destrozaba. Tenía poco consuelo que ofrecer a Reiko.
– No hay nada que podamos hacer ahora -dijo-, salvo esperar dos días y ver qué pasa.
Capítulo 22
Una espesa niebla matutina envolvía Edo y desdibujaba la distinción entre la tierra y el cielo. Barcos invisibles flotaban en los ríos y canales. Las voces de quienes cruzaban los puentes eran eslabones de cadenas de sonido que sorteaban el agua.
En el suburbio colindante con la cárcel, cuatro manzanas cuadradas estaban en ruinas. Todavía se alzaban volutas de humo de las vigas de madera, las tejas chamuscadas y caídas y los montones de cenizas lo que antes fueran muchas casas. Los residentes desolados rebuscaban entre los restos, tratando de rescatar sus posesiones. Sin embargo, la prisión se erguía intacta por encima de la desolación. A través del puente y sus puertas desfilaban los presos a los que habían soltado al declararse el incendio el día anterior. Regresaban voluntariamente para acabar de cumplir sus condenas o esperar su juicio. Dos carceleros, apostados a la entrada con los guardias, contaban cabezas y tachaban nombres de una lista.
Cuando el último recluso hubo entrado, uno de ellos dijo: -Vaya. Normalmente vuelven todos. Esta vez nos falta uno.
Reiko miró por la ventanilla de su palanquín mientras salía del castillo, pero apenas reparó en lo que veía u oía. El miedo a que su marido muriera habitaba su pensamiento como una presencia maligna y dejaba sin sitio al mundo que la rodeaba. El sollozo atrapado en su garganta crecía por momentos. La idea de perder a Sano, de vivir sin él, era más que insoportable.
Cuando él le expuso la posibilidad de que el asesino le hubiera asestado el toque de la muerte, Reiko había querido agarrarlo con fuerza, anclarlo a ella y a la vida. Se había alarmado al oírle decir que debía salir.
– ¿Adonde? -había preguntado ella-. ¿Por qué?
– Para seguir con mi búsqueda del asesino -había sido su respuesta.
– ¿Ahora?
Un tranquilo distanciamiento había reemplazado el terror de Sano.
– En cuanto me haya aseado, vestido y desayunado. -Se dirigió hacia el cuarto de baño.
– ¿Es preciso? -dijo Reiko, apresurándose a seguirlo. No quería perderlo de vista.
– Todavía tengo un trabajo que hacer.
– Pero si sólo te quedan dos días de vida, deberíamos pasarlos juntos -protestó Reiko.
En el baño, Sano se vertió un cubo de agua sobre el cuerpo y empezó a frotarse.
– El caballero Matsudaira y el sogún no aceptarán esa excusa. Me han dado órdenes de atrapar al asesino, y debo obedecer.
Reiko experimentó un súbito odio recalcitrante hacia el bushido, que concedía a sus superiores el derecho a tratarlo como un esclavo. Nunca le había parecido más cruel el código de honor samurái.
– Si existe un momento para desobedecer las órdenes, es éste. Dile al caballero Matsudaira y al sogún que ya has sacrificado tu vida por ellos, que vayan ellos a atrapar al asesino. -Fuera de sí, Reiko suplicó-: Quédate en casa, conmigo y con Masahiro.
– Ojalá pudiera. -Sano se metió en la bañera, se aclaró, salió y se secó con la toalla que le pasó Reiko-. Pero tengo más motivos que antes para llevar al asesino ante la justicia. -Soltó una risita-. No toda víctima de asesinato dispone de la ocasión de vengarse de su verdugo antes de morir. Esto que se me presenta es una oportunidad única.
– ¿Cómo puedes reírte en un momento así?
– Es reír o llorar. Y recuerda que es posible que el asesino no me tocara. Si ése es el caso, los dos nos estaremos riendo de esto muy pronto. Nos dará vergüenza haber armado tanto jaleo.
Sin embargo, Reiko vio que Sano no lo creía, como tampoco ella.
– Por favor, no te vayas -insistió mientras lo seguía al dormitorio.
Él se puso la ropa.
– No tengo mucho tiempo para atrapar al asesino y evitar más muertes. Y lo conseguiré, aunque sea lo último que haga.
Ninguno de los dos verbalizó su temor a que en efecto lo fuera. Sano se volvió hacia su esposa y la abrazó.
– Además, si no voy, no haré más que preocuparme y sufrir. No querrás que pase así los dos últimos días de mi vida, ¿verdad? -dijo con dulzura-. Volveré pronto, lo prometo.
Reiko lo había dejado partir, porque, aunque la hería que no se quedara con ella, no quería negarle la oportunidad de pasar su precioso tiempo como prefiriese. Había decidido que era mejor para ella atender a sus asuntos que angustiarse por un destino que no podía cambiar.
En ese momento su comitiva se detuvo entre la niebla ante la mansión del magistrado Ueda. Se bajó del palanquín y con paso rápido cruzó la puerta y el patio, vacío dado lo temprano de la hora. Entró en la residencia, donde encontró a su padre sentado al escritorio de su despacho. Había un mensajero de rodillas ante él. El magistrado leía un pergamino que el correo en apariencia le acababa de entregar. Arrugó la frente, redactó una nota breve y se la pasó al mensajero, que hizo una reverencia y partió. El magistrado alzó la vista hacia Reiko.
– Llegas temprano, hija -dijo. El ceño se le relajó en una sonrisa que se desvaneció al ver la cara de Reiko-. ¿Qué pasa?
– El asesino se coló anoche en nuestra casa, y mientras mi marido dormía…
No pudo seguir porque un sollozo le ahogó la voz. Vio comprensión y horror en la mirada de su padre, que empezó a levantarse, con los brazos extendidos para atraerla hacia ellos. Reiko alzó una mano para detenerlo, porque cualquier gesto de consuelo sería su ruina.
– No estamos seguros de que pasara nada -explicó, con la voz tensa para dominarse-. Sano se encuentra bien. -Se obligó a reír-. Es probable que nos estemos preocupando por nada.
– Seguramente así es. -La expresión del magistrado era grave a pesar de su tono tranquilizador.
– Pero no he venido por eso -dijo Reiko, deseosa de cambiar de tema-. Vengo a decirte que he concluido mi investigación. -Por lo menos Sano no tendría que preocuparse de que le causara más quebraderos de cabeza-. No hace falta que pospongas la condena de Yugao.
El magistrado soltó el aire y sacudió la cabeza.
– Me temo que tendré que hacerlo de todas formas.
– ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
– El mensajero que acaba de marcharse me traía una noticia inquietante. Ayer hubo un incendio al lado de la cárcel. Soltaron a los presos. Han vuelto todos esta mañana, menos Yugao.
Reiko se llevó una impresión tan fuerte que estuvo a punto de olvidar sus problemas.
– ¿Yugao ha desaparecido?
Su padre asintió.
– Aprovechó el incendio y escapó.
Horrorizada, Reiko cayó de rodillas. Yugao era violenta y estaba perturbada, era muy posible que volviera a matar.