– Supongo que no debería sorprenderme que haya huido. Es un milagro que no se fuguen todos los prisioneros cuando los sueltan por un incendio -comentó.
– Quizá no. La mayoría de los condenados a muerte tienen el espíritu tan quebrantado que aceptan su destino con docilidad. Y saben que si huyen, les darán caza y los torturarán. Además, todos los presos son conscientes de que no pueden regresar al lugar de donde vienen; los encargados de sus barrios o los informadores de la policía los delatarían. Los delincuentes de poca monta prefieren afrontar su castigo. La vida del fugitivo es dura. Tienen que recurrir a la mendicidad o la prostitución si no quieren morir de hambre.
– Esto es culpa mía-dijo Reiko-. Si no hubiera estado tan encaprichada en saber por qué Yugao mató a su familia, si no hubiera insistido en tomarme el tiempo necesario para descubrirlo, la habrían ejecutado antes de ese incendio.
– No te culpes. Fue decisión mía que investigases los asesinatos, y nadie podría haber previsto ese incendio. En retrospectiva, tendría que haber aceptado la confesión de Yugao y haberla condenado a muerte en el acto. La responsabilidad de su fuga es mía. Aun así, Reiko se sentía enferma de remordimientos. -¿Qué vamos a hacer? -He dado órdenes a la policía de que la busquen.
– Pero ¿cómo van a encontrar a una sola persona en esta ciudad enorme? -preguntó Reiko, presa del desespero-. Edo tiene muchos rincones para que un fugitivo se esconda. Y la policía anda tan ocupada buscando rebeldes forajidos que no se desvivirá por encontrarla.
– Cierto, pero ¿qué otra cosa podemos hacer?
Reiko se puso en pie.
– Voy a buscar a Yugao por mi cuenta.
El magistrado la miró con comprensión pero sin mucha fe.
– A ti te resultará más difícil aún que a la policía. Ellos al menos disponen de muchos agentes, ayudantes civiles y representantes de barrio, mientras que tú eres una mujer sola.
– Sí, pero al menos estaré activa en lugar de esperando a que la encuentren. Y es posible que la gente que la haya visto esté más dispuesta a hablar conmigo que con la policía.
– Si insistes en buscarla, te deseo suerte. Debo reconocer que si la encuentras, me prestarás un valioso servicio. Que ande suelta una asesina porque yo pospuse su ejecución es una mancha negra en mi historial. Si no la capturan, podría perder el puesto.
Reiko no quería perjudicar a Sano, sobre todo ahora que su propia vida estaba amenazada; tampoco deseaba dañar su matrimonio. Aun así, no podía permitir que su padre sufriera, como tampoco que una asesina quedara libre. Su intuición le decía que averiguar el móvil del crimen de Yugao era más importante que nunca. Y buscar a la prófuga la distraería del miedo a que Sano muriera.
– La encontraré, padre -dijo-. Lo prometo.
La primera parada de Sano fue el distrito administrativo del castillo. El y los detectives Marume y Fukida desmontaron ante la puerta de Hirata, donde los saludaron los centinelas. La niebla era opresiva, como lo era el extraño vacío de las calles salvo por un puñado de criados y soldados de patrulla. Al atravesar el patio en dirección a la mansión donde antaño viviera, Sano sintió una punzada de nostalgia.
Recordó las ocasiones en que había llegado a esa casa agotado, desanimado y temeroso por su vida y su honor. En todas ellas lo había sustentado la fuerza física de su cuerpo. Aun cuando lo habían herido, sabía que se recuperaría. Había dado por descontada su buena salud y nunca había creído del todo que pudiera morir, aunque a menudo se encontrara cara a cara con la muerte. Ahora aquellas ocasiones se le antojaban idílicas. En ese momento lo acosaba la mortalidad. Se imaginaba una explosión en su cabeza al rasgarse un vaso sanguíneo, y su vida extinguida como una llama de vela. Si en verdad el asesino lo había tocado, toda su sabiduría, poder político y riqueza serían incapaces de salvarlo. Sintió el impulso de echar a correr en un vano intento de escapar a la fuerza mortífera insertada en su propio cuerpo. Debía concentrarse en atrapar al asesino. Debía salvar otras vidas aunque él estuviera señalado para la muerte.
Hirata lo recibió delante de la mansión. La noche anterior Sano le había mandado un mensaje para informarle del ataque del asesino, y parecía destrozado por la noticia.
– Sano-san, yo… -La emoción ahogó sus palabras. Se hincó de rodillas ante Sano y agachó la cabeza.
A Sano lo conmovía que Hirata pudiera sentirse apesadumbrado por él, que había sido la causa de su atroz herida. Se dirigió a él con un tono falsamente animado:
– Levanta, Hirata-san. Todavía no estoy muerto. Ahorra tus lamentos para mi funeral. Tenemos trabajo que hacer.
Hirata se levantó, confortado por la actitud de Sano.
– ¿Todavía queréis que localice al sacerdote, al aguador y quien sea que haya acechado al coronel Ibe?
– Sí. Y seguiremos adelante con el resto de los planes que trazamos ayer.
– Marume y yo ya hemos organizado la búsqueda del sacerdote Ozuno -terció Fukida.
– Haré todo lo que esté en mi poder por atrapar al asesino -declaró Hirata-. Ahora se trata de algo personal.
– Si vengas el asesinato de tu señor antes de que éste muera, te ganarás un lugar en la historia -dijo Sano.
Hirata y los detectives rieron de la broma. Sano acusaba la tensión de tener que mantenerlos animados a ellos además de a sí mismo.
– Tomémoslo por el lado bueno. Toda desdicha trae beneficios inesperados. Lo que pasó anoche ha aportado nuevas pistas que me dispongo a seguir ahora mismo.
El cuartel general del Ejército Tokugawa estaba situado en el interior del castillo de Edo, en una torrecilla que brotaba de un muro ubicado en las alturas de la colina. Se trataba de una estructura elevada y cuadrada revestida de yeso blanco. Por encima de cada uno de sus tres pisos sobresalía un tejado. El general Isogai, comandante supremo de las fuerzas militares, tenía un despacho en la parte más alta. Sano y los detectives Marume y Fukida llegaron a la torre por un pasillo cubierto que corría paralelo al muro. Mientras lo recorrían echaron un vistazo entre los barrotes de las ventanas hacia los pasajes que quedaban por debajo. A Sano le sorprendió ver tan sólo a los guardias de patrulla y los centinelas de los puestos de control. Los funcionarios que por lo general abarrotaban los caminos estaban ausentes.
– El lugar está tan desierto como vuestro complejo -observó Marume.
– Por algún motivo no puedo creer que el comisario Hoshina sea también responsable de esto -dijo Fukida.
Tampoco Sano, que tenía un mal presentimiento al respecto. Entraron en la torre y subieron por las escaleras, donde se cruzaron con varios soldados que les hicieron reverencias. Sano se plantó en el umbral del despacho de Isogai, donde el general presidía una reunión de oficiales. El humo de sus pipas enturbiaba el ambiente y escapaba por las ventanas hacia la niebla. El general reparó en Sano, lo saludó con un gesto de la cabeza y despidió a sus hombres.
– Saludos, honorable chambelán. Entrad, por favor.
Sano le dijo a Marume y Fukida que esperaran fuera y entró. Espadas, lanzas y arcabuces colgaban de soportes en la pared, al lado de mapas de Japón que mostraban las guarniciones militares.
– ¿Puedo seros de utilidad? -preguntó el general Isogai.
– Podéis, pero, antes, os ruego que aceptéis mis condolencias por la muerte del coronel Ibe.
La expresión jovial del general devino sombría.
– Ibe era un buen soldado. Un buen amigo, también. Ascendió desde abajo conmigo. Lo echaré de menos. -Profirió una carcajada sin humor-. ¿Recordáis nuestro último encuentro? Estábamos muy satisfechos porque teníamos las cosas bajo control. Ahora han asesinado a uno de mis hombres más importantes y vos tenéis de malas al caballero Matsudaira porque no lográis atrapar al culpable.