Se acercó a la ventana.
– ¿Veis lo vacío que está el castillo? -Sano asintió-. Todo el mundo se ha enterado de que el asesino os tuvo a tiro anoche. Aquí, en el único lugar que todos creíamos seguro. La gente tiene miedo de salir. No quieren ser los próximos en morir. Están escondidos en sus casas, rodeados de guardaespaldas. El bakufu entero se ha parado en seco.
Sano se imaginó cortada la comunicación entre Edo y el resto de Japón y al régimen Tokugawa perdiendo su control de las provincias. La anarquía engendraría rebeliones. No sólo aprovecharían los restos de la facción de Yanagisawa la oportunidad de recobrar el poder, sino que los daimios quizá se alzaran contra el dominio Tokugawa.
– Esto podría ser desastroso. Asignad soldados para escoltar y proteger a los funcionarios mientras cumplen con sus cometidos -dijo Sano.
El general frunció el entrecejo, poco convencido. -El Ejército ya anda metido en demasiadas cosas a la vez.
– Pues tomad prestadas tropas a los daimios. Traed a más de las provincias.
– Como deseéis -dijo el general, aunque todavía a regañadientes-. Por cierto, ¿os habéis enterado de que el asesino tiene mote? La gente lo llama «el Fantasma», porque acecha a sus víctimas y las mata sin que nadie lo vea. -Hizo un gesto hacia la ventana-. Dadme un enemigo al que pueda ver, y mandaré todos mis arcabuceros, arqueros y espadachines contra él. Pero mi ejército no puede combatir a un fantasma. -Se volvió hacia Sano-. Vos sois el detective. ¿Cómo lo encontramos y atrapamos?
– Con la misma estrategia que usaríais para derrotar a cualquier enemigo. Analizamos la información de la que disponemos. Luego vamos por él. Isogai parecía escéptico.
– ¿Qué sabemos de él salvo que tiene que ser un loco? -Su ataque contra mí me ha enseñado dos cosas -explicó Sano-. Primero, su motivación es destruir el régimen del caballero Matsudaira matando a sus funcionarios clave.
– ¿No lo sospechabais ya desde que el jefe de la metsuke murió en la carreras de caballos?
– Sí, pero ahora es una certeza. No conocía bien a ninguna de las víctimas; no compartíamos amigos, asociados, lazos familiares ni enemigos personales. No teníamos nada en común salvo nuestros nombramientos para el nuevo régimen del caballero Matsudaira.
El general asintió.
– Entonces el asesino debe de ser un recalcitrante de la oposición. Pero no creeréis que está conchabado con los ancianos Kato e Ihara y su pandilla, ¿verdad? Juegan fuerte en política, pero no puedo creer que se atreviesen a algo tan arriesgado como un asesinato múltiple.
– Kato e Ihara todavía no están libres de sospecha -dijo Sano-, pero tengo otra teoría, a la que llegaré en un momento. Lo segundo que he aprendido sobre el asesino es que es un experto no sólo en las artes marciales místicas, sino además en el sigilo.
– Tuvo que serlo, para entrar a escondidas en vuestro complejo y llegar a vuestro lado mismo -corroboró Isogai.
– Si pudo conseguir eso, pudo entrar en el castillo desde fuera -prosiguió Sano-. No haría falta que se tratase de alguien de dentro.
El general torció el gesto, poco satisfecho con la idea de que las poderosas defensas del castillo pudieran fallar, pero dijo:
– Supongo que es posible.
– ¿De modo que es un experto en sigilo y pertenece a la oposición? Me viene a la cabeza en particular el escuadrón de soldados de élite de Yanagisawa.
Aquellos hombres habían sido maestros del sigilo y las artes marciales, muy bien adiestrados, contratados por Yanagisawa para mantenerse en el poder. Habían sido sospechosos de pasados asesinatos políticos de enemigos del ex chambelán, pero nunca atrapados: cubrían su rastro demasiado bien.
El general alzó las cejas en señal de sorpresa.
– Sabía que eran una panda peligrosa, pero nunca oí que pudieran matar con un roce.
– De haber podido, lo hubieran mantenido en secreto. -A Sano lo asaltó una idea perturbadora-. Me pregunto cuántas muertes se han producido a lo largo de los años que han parecido naturales pero en realidad fueron asesinatos ordenados por Yanagisawa. -Sin embargo, no podía hacer gran cosa al respecto en ese momento-. El motivo de mi visita es preguntaros qué fue del escuadrón de élite tras la caída de Yanagisawa.
– Habéis venido al lugar indicado.
El general se acercó a una tabla, pegada a la pared, que mostraba una lista de treinta nombres. Dieciocho estaban tachados con rayas rojas; había anotaciones en los márgenes. Sano no reconoció ninguno de los nombres.
– Trataban de pasar desapercibidos -explicó el general-. Usaban alias cuando viajaban de un lado a otro. Era difícil seguir el rastro de sus movimientos. -Señaló los nombres tachados de rojo-. Estos hombres murieron en la batalla cuando asaltamos la casa de Yanagisawa. Mis hombres mataron a la mitad. Los demás prefirieron suicidarse a que los tomáramos prisioneros. Sin embargo, los otros doce no se hallaban en el recinto en ese momento, y escaparon. Capturarlos ha sido una prioridad porque creemos que son cabecillas del movimiento clandestino y responsables de ataques contra el Ejército.
Sano se alegró de tener nuevos sospechosos, pero la perspectiva de localizar a doce implicaba un trabajo muy arduo.
– ¿Habéis atrapado a alguno?
– Estos cinco. -Isogai dio unos golpecitos con el dedo en los nombres-. El invierno pasado tuvimos un golpe de suerte. Pescamos a uno de sus secuaces y lo torturamos hasta que nos reveló dónde encontrarlos. Cercamos su escondrijo, los prendimos y los ejecutamos.
– Eso reduce las posibilidades -dijo Sano, aliviado. Si sólo disponía de dos días para atrapar al asesino antes de morir, tendría que trabajar rápido-. ¿Tenéis alguna pista sobre los demás?
– Estos últimos siete son los más listos. Es como si fueran fantasmas de verdad. Nos acercamos a ellos y… -El general agarró el aire y luego abrió la mano vacía-. Lo único que tenemos últimamente es un puñado de posibles avistamientos, de informadores no demasiado fiables.
Abrió un libro de su escritorio y pasó el dedo por una columna de caracteres.
– Todos fueron vistos en salones de té de la ciudad. Varios eran lugares donde los hombres de Yanagisawa solían beber antes de la guerra. Os haré una copia de los nombres y las localizaciones, junto con los nombres de los siete soldados de élite que siguen dados a la fuga. -Mojó en tinta un pincel y escribió en una hoja, que secó antes de entregar a Sano.
– Muchas gracias -dijo éste, confiando en tener el nombre del asesino y la clave de su paradero.
– Si el Fantasma es un miembro del escuadrón de Yanagisawa, os deseo más suerte para atraparlo de la que hemos tenido nosotros -dijo el general.
Intercambiaron reverencias y, cuando Sano daba la vuelta para partir, Isogai dijo:
– Por cierto, si vos y vuestros hombres os enfrentáis con esos demonios, tened cuidado. Durante el asalto a la casa de Yanagisawa, los dieciocho mataron a treinta y seis de mis soldados antes de ser derrotados. Son peligrosos.
En los ojos del general centelleó una sardónica comicidad.
– Pero a lo mejor eso ya lo sabéis por experiencia propia.
Capítulo 23
Pasaba del mediodía, y el sol había evaporado la niebla, cuando Reiko salió del poblado hinin tras buscar a Yugao. Nadie había visto allí a la mujer desde su detención. Desanimada pero resuelta, fue al distrito del ocio de Riogoku Hirokoji.
Escoltada por el teniente Asukai y sus demás guardias, avanzó por la bulliciosa y abarrotada avenida. Pensó en el comisario Hoshina y miró hacia atrás para ver si alguien la seguía. Mientras dudaba a quién preguntar primero por Yugao, el viento sacudió las linternas de los tenderetes. Las borlas desprendidas de una armadura durante una pelea trazaban remolinos por el suelo con el polvo. Una masa de nubes de tormenta se extendió por el cielo como tinta sobre papel mojado. Una lluvia cálida se abatió sobre Reiko. Ella, sus escoltas y los centenares de transeúntes corrieron a cobijarse bajo los aleros de los puestos. El viento barría la lluvia en láminas que empaparon la avenida vacía; se formaron charcos. El puesto en el que se habían resguardado Reiko y sus guardias ofrecía juguetes baratos como premio por lanzar bolas por una rampa y colarlas en agujeros. Sólo una persona más había hallado cobijo allí: un hombre, y el mono que llevaba atado con una correa.