El mono lanzó un grito a Reiko. Llevaba armadura, casco y espadas en miniatura. Los guardias rieron. El mono la sorprendió tanto que apenas reparó en el amo hasta que éste dijo:
– Disculpad los malos modales de mi amigo.
En ese momento Reiko vio que era tan llamativo como su acompañante. No era más alto que ella, con una mata de pelo crespo y enmarañado, así como un profuso vello corporal. Unos ojos como cuentas devolvieron la mirada estupefacta de Reiko; unos dientes afilados sonrieron por debajo de su bigote. Para mayor asombro, lo reconoció.
– ¿Eres el Rata? -preguntó.
– El mismo. A vuestro servicio, bella dama.
– Tenemos un conocido mutuo -dijo Reiko-. Se llama Hirata, y es el sosakan-sama del sogún. -Hirata le había contado que el Rata procedía de la norteña isla de Hokkaido, famosa por el hirsuto vello corporal de sus nativos. Mercadeaba con la información que recogía en sus viajes a lo largo y ancho de Japón en busca de nuevos monstruos para su espectáculo en el distrito del ocio del otro lado del río, y era confidente de Hirata.
– Ah, sí -dijo el Rata. Hablaba con un extraño y rústico acento bronco-. Oí que habían herido a Hirata-san en una pelea. ¿Cómo está?
– Mejor -respondió Reiko.
Sus guardias intentaron acariciar al mono, pero este desenvainó su minúscula espada y los atacó. Retrocedieron entre carcajadas. El Rata examinó a Reiko con curiosidad.
– ¿Quién sois? -Ella recordó que debía ser discreta, pero antes de que acertara a inventarse una identidad falsa, él la señaló con un dedo peludo-. No me lo digáis. Tenéis que ser la dama Reiko, la mujer del chambelán.
– ¿Cómo lo has sabido?
– El Rata conoce gente -repuso él con una mirada sagaz.
– Por favor, no le cuentes a nadie que me has visto aquí.
El Rata le guiñó un ojo y se llevó un dedo a los labios.
– Yo no cuento nada sobre mis amigos, y cualquier amigo de Hirata-san es amigo mío. ¿Qué hace una distinguida dama como vos por aquí?
Reiko se animó.
– Estoy buscando a alguien. A lo mejor puedes ayudarme.
– Me encantaría; y, por ser vos, renunciaré a mis habituales honorarios. ¿De quién se trata?
– De una mujer llamada Yugao. Escapó ayer de la cárcel de Edo. -Reiko la describió-. ¿La has visto?
El Rata sacudió la cabeza.
– Lo siento. Pero mantendré los ojos abiertos. -El mono chilló y blandió su espada hacia los guardias de Reiko, que habían desenvainado las suyas y libraban contra él una batalla de mentirijillas-. ¡Eh, no le hagáis daño! -dijo el Rata, y le preguntó a Reiko-: ¿Por qué encarcelaron a Yugao?
– Mató a su familia. Los apuñaló.
La expresión del hombre se animó de interés.
– Me sorprende no haber oído nada. ¿Dónde pasó?
– En el poblado hinin.
– Ah. -El interés del Rata se esfumó, como si los crímenes entre hinin fueran rutinarios e irrelevantes-. ¿Por qué busca la esposa del chambelán a una paria fugada?
Antes que explicarle la triste historia, Reiko prefirió decir:
– Mi padre me ha pedido que la encontrara. Es el magistrado que la juzgó por los asesinatos.
El Rata enarcó sus pobladas cejas, insinuando que quería más explicaciones. Reiko no añadió nada. El mono atizó al teniente Asukai en la pierna con su espada. El agredido lanzó un grito de dolor y sus camaradas se deshicieron en carcajadas.
– Os lo merecéis, por incordiar a un pobre animalito -gruñó el Rata; luego dijo-: La ley se mueve por caminos extraños, ¿y quién soy yo para cuestionarla? Pero, ya que tengo el privilegio de hablar con la hija del magistrado, tal vez sabréis decirme si esos otros asesinatos llegaron a esclarecerse.
– ¿Qué otros asesinatos? -preguntó Reiko, impaciente porque dejara de llover para continuar con su búsqueda. Su pensamiento derivó hacia Sano, y el miedo la atenazó. ¿Haría efecto el toque de la muerte antes de que pasaran dos días?
– Los que se produjeron aquí, hará unos seis años. Apuñalaron a tres hombres en cuestión de unos meses.
La atención de Reiko volvió de golpe a su interlocutor.
– ¿Qué? ¿Quiénes eran?
– Soldados Tokugawa. Muchos vienen aquí a divertirse cuando están de permiso.
– ¿Cómo sucedió?
– Al parecer, se emborracharon en salones de té y salieron a los callejones a hacer pis. Los encontraron muertos en un charco de sangre.
Una inquietante sensación recorrió a Reiko. Los asesinatos se habían producido cuando Yugao vivía en el distrito, y las víctimas también habían sido apuñaladas.
– ¿Nunca atraparon al asesino?
– No que yo sepa. Lo último que oí fue que la policía decidió que los había matado un bandido errante. En los cuerpos no hallaron sus bolsas de dinero.
Debía de ser una coincidencia que Yugao y los apuñalamientos se ubicaran en la misma zona durante el mismo período. Los bandidos a menudo mataban para robar. Además, ¿cómo podía una joven asesinar a samuráis fuertes y armados? Con todo, Reiko no se fiaba de las coincidencias.
La lluvia amainó, pero el cielo siguió encapotado. La gente salió en tropel de los puestos a la avenida mojada.
– Ha sido un placer hablar con vos -dijo el Rata-. Si me llega alguna noticia de vuestra prisionera fugada, mandaré un mensaje. -Tiró de la correa de su mono y dijo a los guardias-: Se acabó la diversión.
Reiko pasó una hora interrogando a gente en el distrito del ocio, pero nadie había visto a Yugao. Al parecer era demasiado lista para ir a un sitio donde era probable que la policía la buscara. Aun así, podría haberlo hecho por no tener otro lugar adonde ir. Reiko amplió su búsqueda a los barrios vecinos y al final se encontró en una familiar calle de casas de vecindad y comercios. Vio un salón de té que reconoció. La camarera con la que había hablado el día anterior estaba apoyada en el mismo pilar.
– Vaya, mira quién ha vuelto -dijo la moza, y tendió la mano con la palma hacia arriba-. Me debéis dinero. He descubierto dónde está la tal Tama.
Los porteadores de Reiko posaron su palanquín en un enclave del distrito comercial de Nihonbashi. Lloviznaba sobre unas mansiones de dos pisos; pinos y arces rojos crecían en los espaciosos jardines ocultos tras cercas de bambú. Las calles estaban tranquilas y despobladas, alejadas del ajetreo del comercio presente a dos manzanas de distancia.
– Resulta que vino un antiguo cliente y contó que el padre de Tama se había matado con la bebida y que la hija se quedó sin una moneda para comer -le había contado a Reiko la camarera del salón de té-. Fue a trabajar de criada a casa de un prestamista rico.
Las señas que le había dado la camarera habían conducido a Reiko hasta allí. A lo mejor Tama la ayudaba a localizar a Yugao además de arrojar luz sobre los asesinatos. Miró por la ventanilla del palanquín mientras el teniente Asukai desmontaba, se acercaba a la mansión más grande de la calle y llamaba a la puerta. La abrió un criado.
– Quiero ver a Tama -dijo el teniente Asukai-. Hazla salir.
Al poco apareció una mujer. Tama era tan menuda que parecía una niña, aunque Reiko sabía que debía de tener la edad aproximada de Yugao, más de veinte. Llevaba un sencillo quimono añil, y el pelo recogido bajo un pañuelo de tela blanca. Tenía una cara suave y rechoncha, como de muñeca. Al contemplar a Asukai y los demás guardias, el miedo ensanchó sus ojos inocentes. El soldado la condujo hasta el palanquín de Reiko.