– Algunos se enamoraron -dijo Tama-. Querían casarse con ella, pero ella era mala con ellos. Los llamaba idiotas y les decía que la dejaran en paz. Se iba fuera con otros delante de sus narices.
A lo mejor también anhelaba vengarse de su padre, ansia que satisfacía hiriendo a sus pretendientes, pensó Reiko.
– Pero más adelante hubo un hombre. Un samurái… -Tama tomó aliento entre dientes.
– ¿Qué pasa? -preguntó Reiko.
– Daba miedo.
– ¿En qué sentido?
Tama arrugó la frente e hizo memoria.
– Eran sus ojos, tan negros y… hostiles. Cuando me miraba daba la impresión de que pensaba en matarme. Y su voz. No hablaba mucho pero, cuando lo hacía, sonaba como el bufido de un gato.
Tama se estremeció, pese a su perplejidad.
– No sé por qué Yugao quiso tener nada que ver con él. Sabíamos que era peligroso. Un día, otro cliente chocó con él. Él lo tiró al suelo y le puso la espada en el cuello. Nunca he visto a nadie moverse tan rápido. -El estupor y el temor le velaban los ojos-. El hombre suplicó piedad, y el samurái lo soltó. Pero podría haberlo matado.
– A lo mejor Yugao buscaba otro hombre que le hiciera daño -caviló Reiko en voz alta.
– El se comportaba casi como si no la viera. Se sentaba y bebía, y ella se sentaba a su lado y le hablaba, y él nunca respondía; sólo miraba al vacío. Pero se enamoró de él. Esperaba todos los días delante del salón de té a que llegara. Cuando se iba, salía corriendo detrás de él. A veces me pasaba días sin verla, porque andaba con él por alguna parte.
Reiko comprendió que Yugao había transferido su amor no correspondido por su padre al misterioso samurái. Conjeturó que la chica se había mantenido en contacto con él tras su traslado al poblado hinin. En ese caso, tal vez hubiera acudido a él al fugarse de la cárcel.
La recorrió un hormigueo de esperanza al preguntar:
– ¿Quién es ese hombre?
– Se hacía llamar Jin. Es todo lo que sé.
Sin un nombre de clan, sería difícil seguirle el rastro.
– ¿Quién es su señor?
– No lo sé.
Reiko combatió el desengaño. El samurái misterioso era su única pista sobre el paradero de Yugao.
– ¿Qué aspecto tenía?
Tama arrugó la frente en un esfuerzo por recordar.
– Era guapo, supongo.
Tras muchos intentos de sonsacarle una mejor descripción, Reiko se rindió.
– ¿Sabes adonde iban él y Yugao al dejar el salón de té?
La chica sacudió la cabeza y luego reflexionó.
– Yo trabajé en una posada antes de venir aquí. A veces, cuando había una habitación libre, los dejaba pasar para que pudieran estar juntos.
Si Yugao y su amante se habían reunido, a lo mejor habían regresado al lugar que les era familiar.
– ¿Cómo se llama esa posada? ¿Dónde está?
Tama le dio las señas.
– Se llama El Pabellón de Jade. -Se desplazó hacia la puerta-. ¿Puedo irme ya? -preguntó con timidez-. Si paso demasiado tiempo fuera, mi señora se enfadará.
Reiko vaciló y luego asintió.
– Gracias por tu ayuda.
Mientras veía a Tama entrar en la casa, se preguntó si habría oído todo lo que la chica sabía sobre Yugao. Tenía la sensación de que la dócil y dulce Tama se las había ingeniado para mantenerle oculto algo.
El teniente Asukai metió la cabeza por la ventanilla del palanquín.
– He oído lo que os ha contado la chica -dijo-. ¿Queréis que vayamos al Pabellón de Jade?
Esa había sido la primera idea de Reiko pero, si Yugao se encontraba con su misterioso samurái y él era tan peligroso como decía Tama, más le valía prepararse para encontrar problemas. Sus guardias eran buenos para protegerla de bandidos y el ocasional soldado rebelde suelto, pero no quería enfrentarlos a una asesina y una incógnita total.
– Antes reuniremos refuerzos -dijo.
Capítulo 24
En una cochambrosa calle del distrito maderero de Honjo, Sano y los detectives Marume y Fukida montaron a lomos de sus caballos delante de un salón de té. Las linternas rojas colgadas de sus aleros resplandecían en el neblinoso crepúsculo; sus reflejos en los charcos de lluvia parecían sangre derramada. Sano vio cómo sus guardias hacían salir al anciano propietario, dos camareras y tres clientes borrachos. Todos parecían confusos y asustados porque los había interrogado y arrestado, cosa que ya había hecho con todo aquel al que había encontrado en cinco lugares más de la lista que le había dado el general Isogai.
– No puedo creer que alguna de estas personas sea el Fantasma -comentó el detective Marume.
– Yo tampoco -dijo Fukida-. No son la clase de gente que conocería los secretos del dim-mak o integraría el escuadrón de élite de Yanagisawa.
Sano estaba de acuerdo. La frustración lo reconcomía porque había dedicado el día a esa búsqueda, y las personas que había atrapado en las otras redadas tenían tan pocos visos de ser el asesino como ésas. Con todo, dijo:
– Imaginemos que el Fantasma se mueve disfrazado. No voy a correr el riesgo de atraparlo y soltarlo. -Se dirigió a los guardias-. Metedlos en la cárcel con la gente que hemos detenido antes.
– ¿Probamos el siguiente sitio de la lista?
Sano echó un vistazo al cielo encapotado, que oscurecía con rapidez. A ese ritmo jamás lograría atrapar al asesino antes de la noche del día siguiente. Podía morir antes de poner freno al reinado del terror del Fantasma y cumplir su deber. Tenía los nervios a flor de piel y un impulso constante y obsesivo de buscar en su cuerpo la contusión con forma de huella, el heraldo de la muerte. No podía permitirse perder un momento. Aun así, si le quedaba poco más de un día por vivir, no quería pasarlo cazando a un espectro por calles mojadas y desoladas cuando ni siquiera podía estar seguro de que el Fantasma era uno de los siete soldados de élite fugitivos de Yanagisawa. Experimentó un anhelo abrumador de ver a Reiko y Masahiro. Las horas previas al día siguiente podían ser las últimas que pasara con ellos.
– Antes pasaremos por casa -dijo.
Cuando llegaron al castillo, la noche había caído sobre la ciudad. Las antorchas de la puerta destellaban y humeaban en la niebla. De vez en cuando el humo de una hoguera pasaba flotando sobre el paseo desierto. Sano y sus hombres recorrieron los pasajes vacíos, salvo por los centinelas de los controles. El castillo era una fortificación bajo asedio de un enemigo invisible, en que la mayoría de sus ocupantes se agazapaban tras puertas cerradas a cal y canto y legiones de guardaespaldas. En su complejo, Sano dejó a los detectives en sus dependencias y fue derecho a sus aposentos privados.
Masahiro se le acercó corriendo por el pasillo, con los brazos tendidos, gritando:
– ¡Papá, papá!
Sano lo levantó y lo abrazó. Apoyó la cara en su pelo suave e inspiró su aroma fresco y dulce. ¿Sería la última vez? El corazón le dolió al decir:
– ¿Dónde está mamá?
– Mama fuera.
– ¿Ah, sí? -Lo inquietó saber que Reiko andaba fuera a esas horas y en los tiempos que corrían, y lo sorprendió que, tras el ataque contra él de la noche anterior, ella hubiera seguido pendiente de sus asuntos como si nada. ¿No debería estar allí esperándolo?
Oyó unos pasos rápidos y ligeros en el pasillo, y apareció Reiko. Llevaba una capa de tono apagado sobre unos ropajes sencillos. Parecía cansada y triste, pero se animó al verlo con Masahiro.
– Cómo me alegro de encontrarte en casa -dijo. Masahiro se estiró hacia ella, que lo tomó de brazos de Sano-. Tenía miedo de que no volvieras.
– ¿Dónde has estado?
La sonrisa de Reiko se desvaneció ante el tono cortante.
– He ido a decirle a mi padre que he terminado con la investigación.
A Sano lo asombró y molestó. ¿Tan importante era esa tarea para dejar la casa? Podría no haber llegado a verla antes de retomar su caza del asesino. Debería haber mandado un mensajero.