– ¿Y has esperado hasta estas horas de la noche?
– Bueno, no. -Reiko vaciló, y añadió con tiento-: He ido esta mañana. Pero entonces mi padre me contó que había habido un incendio en la cárcel y Yugao se había fugado. Pensé que valía más que la buscara. Eso es lo que he estado haciendo todo el día.
– Espera. ¿Quieres decir que te has enredado todavía más en ese asunto de esa paria asesina? ¿Después de decirme que habías acabado con el asunto?
– Sí, te lo dije. Pero tenía que buscarla -repuso Reiko a la defensiva-. Es culpa mía que se escapara. No podía quedarme de brazos cruzados.
Aunque su explicación era razonable, el dolor de Sano estalló en cólera porque se había desentendido de sus deseos.
– Ya sabes lo difícil que es la posición en que me encuentro -gritó-. ¡No puedo creer que seas tan egoísta y testaruda!
Los ojos de Reiko destellaron.
– No me grites. Eres tú el egoísta y testarudo. Preferirías que dejara suelta a una asesina en lugar de hacer lo posible por atraparla, sólo porque tienes miedo del comisario Hoshina. ¿Dónde está tu valor de samurái? ¡Empiezo a pensar que lo perdiste al hacerte chambelán!
Sus palabras contenían suficiente verdad para clavársele a Sano en el corazón.
– ¿Cómo te atreves a insultarme? -dijo, levantando aun más la voz-. Durante cuatro años no me has dado más que problemas. ¡Ojalá nunca me hubiera casado contigo!
Reiko se lo quedó mirando, petrificada por el estupor, como si le hubiera pegado. Luego se le demudaron las facciones y le resbalaron lágrimas por las mejillas. Abrazó a Masahiro, que berreaba, alterado por la riña. La cólera de Sano se disolvió en horror ante la crueldad con que había hablado.
– Lo siento -musitó avergonzado. La actividad constante, la falta de sueño, el miedo y la desesperación lo habían llevado a explotar con Reiko-. No hablaba en serio.
Ella meció a Masahiro para calmarlo mientras se secaba torpemente las lágrimas con la manga.
– Yo tampoco -dijo con un susurro ahogado-. Perdóname, por favor.
Sano la estrechó entre los brazos y ella se apretó contra él, que sintió cómo se le estremecía el cuerpo con el llanto.
– Te perdono si tú me perdonas.
– No tendría que haberte dicho esa barbaridad -gimoteó Reiko-. Estoy asustada, alterada y preocupada, pero eso no es excusa.
– Yo me he pasado todo el día corriendo de un lado para otro intentando atrapar al asesino y fracasando, pero eso tampoco es excusa. Digamos que estamos iguales.
Si tan sólo le quedaba un día de vida, no quería que lo perdieran tirándose los trastos a la cabeza. Reiko asintió; sus ojos rebosaban amor, remordimiento y aprensión. Juntos acostaron a Masahiro y luego fueron a su dormitorio. Sano se derrumbó en la cama preparada por los sirvientes. Le dolían el cuerpo y la mente de fatiga. Intentó no pensar en la larga noche de trabajo que lo esperaba ni imaginarse qué sentiría si la muerte lo fulminaba al día siguiente o qué sería de su familia.
Reiko se arrodilló a su lado.
– Dejaré de buscar a Yugao. Será un problema menos del que tengas que preocuparte.
– No. -Sano no podía aceptar su ofrecimiento-. He cambiado de idea. Creo que debes seguir buscando. -Necesitaba algo que la distrajera de sus preocupaciones-. Es lo correcto. -Toda situación aciaga tenía su lado bueno, pensó Sano. Si moría al día siguiente, las tretas de Hoshina no podrían hacerle daño.
– ¿Estás seguro?
Oyó esperanza en la voz de Reiko y vio incredulidad en sus ojos.
– Sí. -Aunque tenía trabajo de sobra con su propia investigación para interesarse por la de Reiko, quería reparar el daño que le había hecho-. ¿Cómo ha ido tu búsqueda hoy? -preguntó, aparentando interés.
Ella sonrió, agradecida.
– He encontrado a la amiga de la infancia de Yugao, Tama. -Mientras le refería lo que ésta había explicado sobre aquella siniestra historia familiar que según Reiko había empujado a Yugao al asesinato, Sano intentó prestar atención, pero el cansancio lo superó; se adormiló-. Tama me ha hablado de un lugar al que podría haber acudido Yugao. Se trata de una posada llamada El Pabellón de Jade.
Una remota campanilla resonó en el recuerdo de Sano. Se despabiló de golpe. ¿De qué le sonaba ese nombre?
– He venido a casa a ver si podía llevarme algunos de tus soldados para que me acompañen y me ayuden a capturar a Yugao, si es que está allí -prosiguió Reiko.
Sano se incorporó de sopetón porque ya sabía dónde había visto mencionado El Pabellón de Jade. Hurgó por debajo de su faja y sacó la lista que le había dado el general Isogai.
– ¿Pasa algo? -preguntó Reiko, intrigada-. ¿Qué haces?
Sano sintió un arrebato de emoción mientras recorría con el dedo los caracteres del papel.
– Creo que el asesino es uno de los soldados de élite de Yanagisawa. Siete todavía andan sueltos. -Las palabras «Pabellón de Jade» le saltaron a los ojos-. Ésta es una lista de sitios que han frecuentado en el pasado. Y ésta es la posada donde crees que se encuentra Yugao.
Contemplaron la lista y luego se miraron, maravillados de que sus respectivas investigaciones de repente hubieran convergido. A Reiko se le agudizaron las facciones.
– Yugao tenía un amante. Era un samurái. Solían encontrarse en esa posada. ¿Tú crees…?
– No. No puede ser el Fantasma -dijo Sano, aunque el corazón se le aceleró. Que Reiko hubiera topado con una pista ya era demasiado pedir.
– ¿Por qué no? -Los ojos se le iluminaron de emoción-. Tama lo describió como un hombre peligroso. Vio cómo casi mataba a un hombre que lo empujó sin intención. ¿No te parece propio del tipo de persona que podría ser tu asesino?
Sano se previno contra los excesos de optimismo.
– Esa descripción se ajustaría a centenares de samuráis. No hay motivo para creer que él y Yugao estén relacionados. ¿Cómo iban a convertirse en amantes una mujer hinin y un oficial del escuadrón de élite de Yanagisawa? ¿Cómo iban siquiera a conocerse?
– Yugao no siempre fue una paria. Conoció a su hombre en un salón de té cercano a Riogoku Hirokoji, donde su padre era antes propietario de una feria. -Reiko estudió la lista-. Aquí no consta el salón de té, pero el Ejército no lo sabe todo. Podría haber sido un local frecuentado por las tropas de Yanagisawa.
– Podría -dijo Sano, permitiendo que ella lo convenciera a pesar de la falta de pruebas-. ¿Qué más has descubierto sobre ese hombre misterioso? ¿Su nombre?
– Se hacía llamar «Jin». Hablaba en susurros y sonaba como el bufido de un gato -añadió Reiko-. Yugao tuvo relaciones con muchos hombres. El Fantasma podría haber sido aquel del que Tama dice que se enamoró.
– En cualquier caso, vale la pena echar un vistazo en El Pabellón de Jade. -Sano se levantó de la cama-. Podría ser el próximo sitio en el que busque al Fantasma.
Reiko lo acompañó a la puerta.
– Estaba convencida de que había un motivo para seguir con mi investigación -dijo, radiante de excitación-. Si te conduce al Fantasma, espero que eso compense los problemas que te he causado.
– Si lo capturo en El Pabellón de Jade, jamás volveré a interponerme en nada que quieras hacer.
Una parte de él esperaba que Reiko pidiera permiso para acompañarlo, pero no lo hizo. Debía de saber que, si el Fantasma estaba allí, le diría que era demasiado peligroso para ella y que sería una molestia; y no quería otra discusión por mucho que hubiera desvelado lo que parecía ser la pista crucial. Se limitó a decir:
– ¡Ardo en deseos de ver qué pasa!
– Serás la primera en saberlo.
Se abrazaron en una ardorosa despedida. Reiko dijo:
– Si Yugao está allí…
– La capturaremos para ti -dijo Sano mientras salía con paso firme en busca de los detectives Marume, Fukida y un pelotón de soldados. Se sentía vigorizado por la esperanza; su cansancio se evaporó en la niebla. Hasta podía creer que viviría más allá del día siguiente.